Mal que nos pese

La presencia de uno de los cruceros más grandes de “Royal Caribbean”, frente a Haití, disfrutando del puerto privado que posee la empresa tras un predio totalmente alambrado y contrastando con el drama de miles y miles de cadáveres, de cientos de miles de haitianos buscando agua y comida para subsistir y de un pueblo destrozado por la tragedia, despertó voces de protestas incluso entre quienes disfrutaban del paradisíaco barco.
Ante estas voces, la empresa aclaró cual ha sido su contribución solidaria con el pueblo haitiano y por qué ha decidido mantener la presencia de sus crucero en el lugar.
Al mismo tiempo se ha planteado una fuerte polémica en relación a la actitud de los medios de comunicación masiva tras la tragedia de Haití.
Se cuestiona el hecho de que cientos de periodistas – más de uno de Uruguay – se hayan dirigido al convulsionado pueblo que vive en un profundo caos, con muy poca agua potable y menos alimentos, con un ambiente nauseabundo en sus calles y con problemas incluso para pernoctar en un lugar mas o menos seguro, debido a las réplicas de sismos y a que la mayor parte de la edificación de la capital quedó en ruinas.
Se entiende que en estas circunstancias amontonar gente es lo menos recomendable, si lo que está en juego es esencialmente la subsistencia del sufrido pueblo haitiano.
Cuando escuchamos estas críticas, muy respetables por cierto, nos reafirmamos en nuestro concepto de qué mucho más importante que condolerse, es comprometerse.
Si los turistas que llegan hasta la costa de Haití, disfrutando de su paradisíaco pasar, sin preocuparse de lo que esté pasando quizás a pocos cientos de metros de ellos, asumieran que quizás podrían hacer mucho más que condolerse por la situación y contribuyeran de acuerdo a sus posibilidades reales, aunque nunca compartiríamos este “gusto”, por aparecer precisamente frente al dolor y sufrimiento de miles y miles de seres humanos, no lo veríamos tan mal.
Si la presencia “complicadora” de los periodistas en el lugar, sirve para sensibilizar a la opinión pública – que no es lo mismo que regodearse morbosamente con la tragedia de los demás – compartiríamos el riesgo de que el amontonamiento de gente de los medios pudiera acarrear más complicaciones.
En cambio no vemos ni factible, ni mucho menos aconsejable, la idea de “limitar” el ingreso de un número muy reducido de periodistas que hiciera el trabajo para las “agencias” y luego todos los medios tomaran su trabajo, volcando en contrapartida los recursos que se ahorraran para ayudar a las víctimas de la tragedia.
Esta posición puede ser muy “lírica”, pero absolutamente utópica. En este mundo ferozmente competitivo, ningún medio quiere quedar atrás de la competencia y por lo tanto “si el otro está, nosotros tenemos que estar…”. Son las reglas que hemos fijado, nosotros los consumidores, porque léase bien, somos los lectores, los oyentes, los televidentes quienes con nuestra preferencia, determinamos la acción de quienes informan, o entretienen.
Si estos medios no tuvieran una alta respuesta en materia de audiencia, seguramente que no se seguiría esta actitud ni se harían estos cuantiosos gastos.
¡Que conste!.