Más allá de la fatalidad

La muerte de la Arq. Margarita Alcalde, al caer encima del automóvil que conducía, un árbol cuya antigüedad se estimó en los 50 años, de los cientos de estos árboles que existen en Montevideo, ha sido una verdadera infamia.
Sin descartar la fatalidad del hecho, porque nadie, ni siquiera el defensor del vecino se anima a afirmar categóricamente que haya reclamado la eliminación de estos árboles que adornan toda la avenida del lugar, temiendo que pudieran caer, de todas maneras la responsabilidad del ornato público es ineludiblemente de la Intendencia, en este caso de Montevideo.
Salto debería de poner las barbas en remojo en este sentido. Ojalá nunca suceda, pero el gobierno departamental debería de tener un estudio actualizado del estado de la arboleda, bastante abundante que adorna sus calles.
Es más, tenemos nuestras dudas que los hermosos ibirapitáes, con que se han adornado nuestras calles años atrás, sean una variedad apropiada desde este punto de vista.
Basta recorrer las calles de la ciudad tras una tormenta de fuerte viento para sacar las conclusiones correspondientes. Seguramente después de cada tormenta fuerte siempre han caído ramas y árboles de cierto porte, pero la cuestión es saber si la realidad está dentro de lo que corresponde esperar o si estamos arriesgando más de la cuenta.
Salto es una ciudad que tiene alrededor de 40 mil motos matriculadas y la mayoría de ellas en circulación.
Todos sabemos la cantidad de motos que a diario transitan por Salto. Ni que hablar de la fragilidad de estos vehículos ante la caída, no ya de un árbol, sino sencillamente de una rama y las nefastas consecuencias que puede acarrear.
No queremos desatar una psicosis de eliminación de árboles, porque nadie puede desconocer lo beneficioso que resulta su sombra en estos meses, sino una campaña de actitud responsable en la materia, para evitar males mayores que nadie quiere.
Los vecinos debemos colaborar debidamente, dando cuenta de aquello árboles que muestran signos de vejez o fragilidad ante los vientos.
En este punto es imprescindible armonizar, nuestro apego al patrimonio, a la conservación de los añejos árboles que son vestigios de la ciudad de nuestros abuelos y los elementos de seguridad y de responsabilidad que nos cabe cuando se trata de preservar la integridad física de la población.

La muerte de la Arq. Margarita Alcalde, al caer encima del automóvil que conducía, un árbol cuya antigüedad se estimó en los 50 años, de los cientos de estos árboles que existen en Montevideo, ha sido una verdadera infamia.

Sin descartar la fatalidad del hecho, porque nadie, ni siquiera el defensor del vecino se anima a afirmar categóricamente que haya reclamado la eliminación de estos árboles que adornan toda la avenida del lugar, temiendo que pudieran caer, de todas maneras la responsabilidad del ornato público es ineludiblemente de la Intendencia, en este caso de Montevideo.

Salto debería de poner las barbas en remojo en este sentido. Ojalá nunca suceda, pero el gobierno departamental debería de tener un estudio actualizado del estado de la arboleda, bastante abundante que adorna sus calles.

Es más, tenemos nuestras dudas que los hermosos ibirapitáes, con que se han adornado nuestras calles años atrás, sean una variedad apropiada desde este punto de vista.

Basta recorrer las calles de la ciudad tras una tormenta de fuerte viento para sacar las conclusiones correspondientes. Seguramente después de cada tormenta fuerte siempre han caído ramas y árboles de cierto porte, pero la cuestión es saber si la realidad está dentro de lo que corresponde esperar o si estamos arriesgando más de la cuenta.

Salto es una ciudad que tiene alrededor de 40 mil motos matriculadas y la mayoría de ellas en circulación.

Todos sabemos la cantidad de motos que a diario transitan por Salto. Ni que hablar de la fragilidad de estos vehículos ante la caída, no ya de un árbol, sino sencillamente de una rama y las nefastas consecuencias que puede acarrear.

No queremos desatar una psicosis de eliminación de árboles, porque nadie puede desconocer lo beneficioso que resulta su sombra en estos meses, sino una campaña de actitud responsable en la materia, para evitar males mayores que nadie quiere.

Los vecinos debemos colaborar debidamente, dando cuenta de aquello árboles que muestran signos de vejez o fragilidad ante los vientos.

En este punto es imprescindible armonizar, nuestro apego al patrimonio, a la conservación de los añejos árboles que son vestigios de la ciudad de nuestros abuelos y los elementos de seguridad y de responsabilidad que nos cabe cuando se trata de preservar la integridad física de la población.