Más sobre el tema carcelario

Cinco meses de trabajo y siete millones de dólares demandará la reparación del Complejo Carcelario (ComCar), tras el amotinamiento registrado días atrás. No sólo se trata del daño del amoblamiento, la ropa de cama, colchones y demás, sino que también se ha destrozado hasta la edificación al menos en dos de los módulos donde se registró el motín.
Unido a esto, hay que señalar que mediante un llamado incluso a la comunidad, se logró reunir cierta cantidad de frazadas y de utensilios, como platos, que una vez entregados a los reclusos fueron inmediatamente  destruidos nuevamente.
En esta ocasión el Ministerio del Interior se puso firme, en cuanto a que no se repondrían los utensilios y los demás elementos que fueron destruidos de ex profeso por los reclusos amotinados.
El problema carcelario nunca ha sido debidamente encarado en nuestro país. Son contados con los dedos de una mano los casos de las personas que pasaron por una cárcel y la experiencia les sirvió para no volver a ella por el resto de su vida.
Es que todos sabemos -porque se lo ha señalado hasta el cansancio – las cárceles del país no sirven para recuperar a nadie, sino para hacer caer hasta el fondo del abismo a los que han delinquido.
De allí que en estos momentos sólo asistimos a un empuje más del delito y de las “estrategias” que siguen los propios reclusos para tratar de zafar de su reclusión. Hay nuevos elementos que hoy complican las cosas, el dinero que se maneja a través de la droga y de las acciones delictivas de mayor gravedad, como rapiñas armadas y demás de alguna manera va a parar al entorno de los reclusos, para corromper todo el sistema de vigilancia.
Si se pretende encarar el tema carcelario a fondo, es necesario “comenzar por el principio”. En primer lugar, determinar con la mayor precisión posible que tipo de delito ha cometido cada recluso, para saber su peligrosidad.
No se puede seguir cometiendo el error de recluir personas procesadas por delitos primarios, o quizás jóvenes que han cometido un error, con aquellos autores de crímenes y otros delitos de gravedad que los ubican en los últimos escalones de la dignidad humana.
No es lo habitual, pero en algunas ocasiones se verifica esta situación.
Tampoco es aconsejable la existencia de determinadas celdas “vip”, para quienes manejan más dinero o han podido salvar del alcance de la Justicia todo o parte de lo logrado mediante los delitos cometidos.
Tengamos claro que las cárceles no deben ser lugares de tormento, pero tampoco hoteles de cinco estrellas. Si hay reclusos que destruyen lo que se les proporciona y complican de ex  profeso la situación para sacar provecho del traslado o de la confusión que pudiera establecerse, deben de ser responsabilizados de su accionar.
Hablemos claro: salvo algún caso muy puntual, quienes están en estas cárceles son los procesados por delitos más graves y no “inocentes corderos”, como suele mostrarse.
Alberto Rodríguez Díaz

Cinco meses de trabajo y siete millones de dólares demandará la reparación del Complejo Carcelario (ComCar), tras el amotinamiento registrado días atrás. No sólo se trata del daño del amoblamiento, la ropa de cama, colchones y demás, sino que también se ha destrozado hasta la edificación al menos en dos de los módulos donde se registró el motín.

Unido a esto, hay que señalar que mediante un llamado incluso a la comunidad, se logró reunir cierta cantidad de frazadas y de utensilios, como platos, que una vez entregados a los reclusos fueron inmediatamente  destruidos nuevamente.

En esta ocasión el Ministerio del Interior se puso firme, en cuanto a que no se repondrían los utensilios y los demás elementos que fueron destruidos de ex profeso por los reclusos amotinados.

El problema carcelario nunca ha sido debidamente encarado en nuestro país. Son contados con los dedos de una mano los casos de las personas que pasaron por una cárcel y la experiencia les sirvió para no volver a ella por el resto de su vida.

Es que todos sabemos -porque se lo ha señalado hasta el cansancio – las cárceles del país no sirven para recuperar a nadie, sino para hacer caer hasta el fondo del abismo a los que han delinquido.

De allí que en estos momentos sólo asistimos a un empuje más del delito y de las “estrategias” que siguen los propios reclusos para tratar de zafar de su reclusión. Hay nuevos elementos que hoy complican las cosas, el dinero que se maneja a través de la droga y de las acciones delictivas de mayor gravedad, como rapiñas armadas y demás de alguna manera va a parar al entorno de los reclusos, para corromper todo el sistema de vigilancia.

Si se pretende encarar el tema carcelario a fondo, es necesario “comenzar por el principio”. En primer lugar, determinar con la mayor precisión posible que tipo de delito ha cometido cada recluso, para saber su peligrosidad.

No se puede seguir cometiendo el error de recluir personas procesadas por delitos primarios, o quizás jóvenes que han cometido un error, con aquellos autores de crímenes y otros delitos de gravedad que los ubican en los últimos escalones de la dignidad humana.

No es lo habitual, pero en algunas ocasiones se verifica esta situación.

Tampoco es aconsejable la existencia de determinadas celdas “vip”, para quienes manejan más dinero o han podido salvar del alcance de la Justicia todo o parte de lo logrado mediante los delitos cometidos.

Tengamos claro que las cárceles no deben ser lugares de tormento, pero tampoco hoteles de cinco estrellas. Si hay reclusos que destruyen lo que se les proporciona y complican de ex  profeso la situación para sacar provecho del traslado o de la confusión que pudiera establecerse, deben de ser responsabilizados de su accionar.

Hablemos claro: salvo algún caso muy puntual, quienes están en estas cárceles son los procesados por delitos más graves y no “inocentes corderos”, como suele mostrarse.

Alberto Rodríguez Díaz