Mucho mejor que los buenos deseos

Por estos tiempos es habitual la expresión de buenos deseos y de los mejores augurios para todas las personas que apreciamos y aún aquellos que no conocemos mayormente, pero como “se estila”, también le hacemos llegar nuestros buenos deseos.
Es una buena costumbre, un hábito gentil, agradable y está muy bien. Claro que si se agota en estos buenos deseos, poco o nada aporta al mejoramiento de la convivencia ciudadana.
Si apenas dejamos atrás las “fiestas tradicionales” para el común de la gente o la Navidad que recuerda el Nacimiento de Cristo, para el mundo cristiano, volvemos a comportarnos como siempre, a tener las mismas actitudes, a seguir los mismos caminos de individualismo, en nuestro comportamiento social, es poco o nada lo que podemos esperar en cuanto a la materialización de tantos y tan buenos augurios.
No dudamos que estos se expresan con la mejor buena voluntad, pero muchas veces vacíos de contenido, “de la boca para afuera”, porque no están acompañados de la voluntad de cambiar las bases de una sociedad con tantos desarreglos, materialista y consumista. En el interior de nosotros mismos no estamos dispuestos a hacer nada diferente.
Casi que para acallar nuestra conciencia, para adormecer nuestros más íntimos reclamos, expresamos voluntarismo, pero no pasamos de esto. No estamos dispuestos a llegar más allá.
Este es el fondo de la cuestión.
Mucho más que la mejor tarjeta, que las bonitas palabras.
Incluso mejor que el más fino gesto, es el más pequeño, pero firme y valedero compromiso de revisar nuestra conducta ciudadana diaria.
La actitud de llevar a la práctica nuestro aporte por un mundo más justo y solidario.
No importa tanto “proclamarnos” solidarios, sino ser solidarios con el que menos tiene, con el que más sufre, aunque nadie se entere.
No se trata de vivir condenando la actitud de los demás, que corren tras los bienes materiales, tras la satisfacción de su propio placer, sin reparar en el daño que pueden hacer, sino mostrar con una vida sencilla, austera y auténtica, que no se trata de “consejos para los demás”, sino de convicciones profundas y valederas que ponemos en práctica en nuestra vida diaria y cuya coherencia podemos demostrar.







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