No es sólo “cosa vieja”

El patrimonio cultural de una nación no se remite únicamente a antiguas edificaciones o vestigios de ellas. El patrimonio cultural de una nación es también su música, su vestimenta, sus hábitos y costumbres. ¿Pero qué importancia tiene para los pueblos conservar este patrimonio? ¿Se agota en una nostalgia?
Mucho más allá de poder visitar y recordar nuestras raíces, el patrimonio de cada nación y del mundo entero debería servir para hacernos entender que el mundo que hoy tenemos y disfrutamos no ha llegado por generación espontánea, sino que es fruto de un pasado en el que hubo mucho esfuerzo, mucho trabajo y mucho sacrificio porque el desarrollo humano, la ciencia y la tecnología no ofrecían las mismas posibilidades que tenemos hoy.
Tampoco se acabará con nuestra generación, sino que nuestra responsabilidad es también asegurar su preservación.
Es frecuente entre las nuevas generaciones imbuidas de una premisa de absoluta utilidad donde nada tiene razón de ser si no deja rendimiento económico, defensores en alguna medida de que no tiene objeto seguir conservando algunos monumentos, algunas edificaciones y demás que bien podrían dejar paso a las construcciones modernas, a grandes extensiones comerciales, edificios, empresas y negocios más “rentables”, pero seguramente también más dañinas para nuestro ambiente y en especial las generaciones futuras.
Este concepto materialista y hedonista es el que hemos permitido que predomine, no sólo a nivel local, sino en el mundo entero donde hoy lo más común es que todo se evalúe a través del rendimiento económico y en este camino todo lo que no produce un buen rendimiento en este sentido “no sirve”.
Los pueblos que olvidan sus raíces están condenados a vivir a la deriva. Están condenados a ser utilizados y llevados a destinos no siempre felices, porque han olvidado las enseñanzas de la historia de la humanidad, llena de momentos tristes y amargos, además de aquellos felices y satisfactorios.
Esto también es patrimonio de la humanidad y esto también debe recordarse porque las lecciones que nos ha dejado la historia son permanentes, nos gritan desde todos los rincones que la ambición humana no es una buena conductora hacia la felicidad de los pueblos.
Mal que nos pese, si nos dejamos obnubilar por la ambición de tener y “ser “, por la premisa aquella de “cuanto tienes, cuanto vales”, seguramente vamos hacia la infelicidad, hacia nuestra propia frustración porque este camino sólo nos puede acarrear miseria.
El hombre consciente, responsable y disciplinado debe ordenar su sitio en el mundo y dentro de él necesariamente debe reservar un lugar de privilegio para el patrimonio, no como cosa vieja, sino como símbolo del esfuerzo y sacrificio de las generaciones que nos precedieron.







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