No es un problema menor

En estas columnas nos hemos ocupado muchas veces del tema de los animales sueltos. Estamos convencidos de que no es un problema menor.
En primer lugar, porque si alguien no demuestra la responsabilidad que corresponde para tener un animal doméstico, no debería de ser autorizado a tenerlo bajo ningún concepto. Si de todas formas adquiere un animal y lo tiene sin la cuota de responsabilidad que le cabe, debe despojársele del animal ante la sola constatación de esta conducta que supone un riesgo para otras personas.
En primer lugar, porque un animal debe ser alimentado y cuidado debidamente y cuando se lo tiene no sólo como mascota sino como un animal doméstico que presta determinada labor, ya sea de trabajo de vigilancia o similar, más debería cuidarse su salud y sus buenas condiciones físicas y de habitat.
Pero además y esencialmente, porque una tenencia irresponsable puede transformarse en una acción homicida hacia terceras personas.
Estamos de acuerdo en que el problema se debería de solucionar en la forma menos traumática posible. Esto es, sin recurrir a la tradicional “perrera”, por ejemplo, pero lamentablemente en algunas circunstancias el retiro forzado del animal se hace imprescindible, dado que las personas que aparecen como sus dueños o pseudos cuidadores no muestran la más mínima intención de hacerse responsables de ellos.
Seguramente que no es una medida simpática y puede acarrear un costo político a sus impulsores, pero quisiéramos saber qué es más importante, si el probable costo político para sus impulsores o la responsabilidad por algún accidente grave o, lo que es peor, fatal, como ha ocurrido y que indirectamente puede caer sobre la autoridad que tiene algún tipo de obligación de fiscalizar estos aspectos.
No puede haber un solo punto de comparación. La vida de un animal no compensará jamás ni una sola vida humana perdida o atrofiada para siempre.
Aún cuando haya gente en algunos barrios que no entienda por qué no puede tener un perro “si siempre tuvo” y nunca nadie les vino a controlar si lo alimentaba y cuidaba debidamente, hay responsabilidades concretas que son del gobierno  municipal y que por lo tanto debe asumirlas.
La forma y el momento en que lo haga puede dar lugar a diferentes interpretaciones, pero hay un elemento que no puede dejarse de lado, velar por la vida y la seguridad de la población. También en lo que tiene que ver con el tránsito, es una responsabilidad claramente establecida en referencia al gobierno departamental o nacional.

En estas columnas nos hemos ocupado muchas veces del tema de los animales sueltos. Estamos convencidos de que no es un problema menor.

En primer lugar, porque si alguien no demuestra la responsabilidad que corresponde para tener un animal doméstico, no debería de ser autorizado a tenerlo bajo ningún concepto. Si de todas formas adquiere un animal y lo tiene sin la cuota de responsabilidad que le cabe, debe despojársele del animal ante la sola constatación de esta conducta que supone un riesgo para otras personas.

En primer lugar, porque un animal debe ser alimentado y cuidado debidamente y cuando se lo tiene no sólo como mascota sino como un animal doméstico que presta determinada labor, ya sea de trabajo de vigilancia o similar, más debería cuidarse su salud y sus buenas condiciones físicas y de habitat.

Pero además y esencialmente, porque una tenencia irresponsable puede transformarse en una acción homicida hacia terceras personas.

Estamos de acuerdo en que el problema se debería de solucionar en la forma menos traumática posible. Esto es, sin recurrir a la tradicional “perrera”, por ejemplo, pero lamentablemente en algunas circunstancias el retiro forzado del animal se hace imprescindible, dado que las personas que aparecen como sus dueños o pseudos cuidadores no muestran la más mínima intención de hacerse responsables de ellos.

Seguramente que no es una medida simpática y puede acarrear un costo político a sus impulsores, pero quisiéramos saber qué es más importante, si el probable costo político para sus impulsores o la responsabilidad por algún accidente grave o, lo que es peor, fatal, como ha ocurrido y que indirectamente puede caer sobre la autoridad que tiene algún tipo de obligación de fiscalizar estos aspectos.

No puede haber un solo punto de comparación. La vida de un animal no compensará jamás ni una sola vida humana perdida o atrofiada para siempre.

Aún cuando haya gente en algunos barrios que no entienda por qué no puede tener un perro “si siempre tuvo” y nunca nadie les vino a controlar si lo alimentaba y cuidaba debidamente, hay responsabilidades concretas que son del gobierno  municipal y que por lo tanto debe asumirlas.

La forma y el momento en que lo haga puede dar lugar a diferentes interpretaciones, pero hay un elemento que no puede dejarse de lado, velar por la vida y la seguridad de la población. También en lo que tiene que ver con el tránsito, es una responsabilidad claramente establecida en referencia al gobierno departamental o nacional.