No es un tema menor

La palabra de técnicas y autoridades directamente relacionadas a la temática de los menores de edad que se hallan desamparados o en conflicto con la ley, reafirman lo que siempre hemos sostenido desde estas columnas.

No es un tema que se deba enfrentar sólo con medidas correctivas y mucho menos creyendo que el endurecimiento de las sanciones o la rebaja de la edad para imputarles ante la ley a aquellos que cometen delitos graves, sea capaz de solucionar el problema de fondo.

El tema va mucho más allá de los delitos que puedan cometer o de la «mala imagen» que pueda dar a una ciudad  la presencia de estos niños, muchos de ellos de muy corta edad, deambulando por las calles de la ciudad, pidiendo monedas.

Queda claro que el problema no nace en los niños, sino en sus padres y nosotros, las personas adultas que integramos la sociedad. No es «su» problema, es «nuestro» problema, como sociedad.

Ellos sufren las consecuencias de los males sociales y luego, en la necesidad de sobrevivir caen en la delincuencia.

Pero hay que tener muy claro, que ellos son las primeras víctimas. Generalmente hijos de hogares disgregados, de padres alcohólicos o sin hábitos de trabajo, cuando no de gente que ha tomado el camino del delito como medio de vida, tienen pocas o ninguna chance de hallar otro camino, aunque excepciones siempre hay.

Es obvio que esos padres no cumplen el rol que la patria potestad les exige. Esto explica por qué en algunos casos dejan la escuela a los 8 años, sin saber leer ni escribir y sin que nadie se los impida, cuando apenas si estarían promediando la educación Primaria.

Es claro también que la educación es el camino más importante, la herramienta capaz de evitar que esos niños tomen la senda equivocada.

El mayor esfuerzo debería de apuntarse en este sentido y los padres o personas mayores responsables de aquellos niños que no van a la escuela deberían ser debidamente responsabilizados ante la ley, y si no asumen a tiempo esos niños deben de pasar la cuidado de organismos que velen para que vayan a la escuela, desde la primera edad en que se hace obligatoria y no se les permita abandonarla.

Por último, queda claro que la inseguridad no se debe únicamente a los menores -que seguramente la agravan con sus andanzas – sino que la mayor parte de los delitos graves son cometidos por personas adultas y son consecuencias de muchos de los problemas sociales que tenemos y no queremos ver en profundidad, porque cada uno de nosotros está preocupado por su situación individual y poco o nada de compromiso dedicamos a los problemas comunitarios.