No por imposición

La violencia doméstica causa en nuestro país la muerte de una mujer cada 15 días aproximadamente. Pero además de estos casos extremos, son miles los hechos que llegan a la denuncia policial y no todos los hechos de estas característicos llegan a denunciarse.
No se trata sólo de la violencia contra la mujer, porque también tenemos violencia contra los niños y en algunas ocasiones puntualmente contra los adultos mayores.
La lucha por darle visibilidad al tema es sumamente meritoria, dignifica a la persona y habla bien de la comunidad que integramos, donde todos sus integrantes deberían de ser realmente iguales en todo sentido en cuanto a derechos se refiere.
Esto resulta inocultable, como también es inocultable que aún existen muchos bastiones de machismo, donde el hombre se considera “amo y señor” incluso del sexo opuesto y por lo tanto hace uso y abuso de las ventajas de este concepto machista sometiendo a determinada situación de inferiodidad o dependencia a todo ser más frágil de los que integran la comunidad.
Esto es tan injusto como necio, en cuanto la vida misma le pasará factura y llegará el momento en que como adultos mayores van a sufrir las mismas consecuencias que las que aplicaron siendo jóvenes contra sus mayores.
Pero esta situación no se plantea de por si, sino que aparece como fruto de algo que subrepticiamente admitimos o incluso fomentamos, es probable que quien aplica la violencia en sus días haya sufrido la misma situación siendo niño. Es lo que vio y aprendió y por lo tanto a la hora de exigirle un cambio de conducta, sólo será posible si le demostramos otra cosa, un cambio de actitud.
Nada que se imponga “por decreto” puede dar buenos frutos. Es imprescindible que se lo haga poor convicción, por demostración de lo que es injusto y errado y a su vez demostrando otras actitudes y dicho sea de paso, no depende sólo del hombre.
Esto comienza inexorablemente por la educación. El niño debe vivir en un ambiente familiar sano, donde la tolerancia, el diálogo y la comprensión sean la esencia de la cuestión.
Este es el verdadero tema de fondo. ¿En que medida podemos dar fe que hoy las familias de la sociedad uruguaya – o la mayoría de ellas al menos – pueden demostrar que es este el clima que reina en su seno?
En una palabra, sólo con el ejemplo de lo que pretendemos, con la coherencia de vida podremos cambiar el rumbo, mientras tratemos de cambiar por imposiciones o “por decreto”, será imposible hacerlo.

La violencia doméstica causa en nuestro país la muerte de una mujer cada 15 días aproximadamente. Pero además de estos casos extremos, son miles los hechos que llegan a la denuncia policial y no todos los hechos de estas característicos llegan a denunciarse.

No se trata sólo de la violencia contra la mujer, porque también tenemos violencia contra los niños y en algunas ocasiones puntualmente contra los adultos mayores.

La lucha por darle visibilidad al tema es sumamente meritoria, dignifica a la persona y habla bien de la comunidad que integramos, donde todos sus integrantes deberían de ser realmente iguales en todo sentido en cuanto a derechos se refiere.

Esto resulta inocultable, como también es inocultable que aún existen muchos bastiones de machismo, donde el hombre se considera “amo y señor” incluso del sexo opuesto y por lo tanto hace uso y abuso de las ventajas de este concepto machista sometiendo a determinada situación de inferiodidad o dependencia a todo ser más frágil de los que integran la comunidad.

Esto es tan injusto como necio, en cuanto la vida misma le pasará factura y llegará el momento en que como adultos mayores van a sufrir las mismas consecuencias que las que aplicaron siendo jóvenes contra sus mayores.

Pero esta situación no se plantea de por si, sino que aparece como fruto de algo que subrepticiamente admitimos o incluso fomentamos, es probable que quien aplica la violencia en sus días haya sufrido la misma situación siendo niño. Es lo que vio y aprendió y por lo tanto a la hora de exigirle un cambio de conducta, sólo será posible si le demostramos otra cosa, un cambio de actitud.

Nada que se imponga “por decreto” puede dar buenos frutos. Es imprescindible que se lo haga poor convicción, por demostración de lo que es injusto y errado y a su vez demostrando otras actitudes y dicho sea de paso, no depende sólo del hombre.

Esto comienza inexorablemente por la educación. El niño debe vivir en un ambiente familiar sano, donde la tolerancia, el diálogo y la comprensión sean la esencia de la cuestión.

Este es el verdadero tema de fondo. ¿En que medida podemos dar fe que hoy las familias de la sociedad uruguaya – o la mayoría de ellas al menos – pueden demostrar que es este el clima que reina en su seno?

En una palabra, sólo con el ejemplo de lo que pretendemos, con la coherencia de vida podremos cambiar el rumbo, mientras tratemos de cambiar por imposiciones o “por decreto”, será imposible hacerlo.