Nuestra propia conciencia

Es increíble pero cierto… el que existan hoy los semáforos, las cebras y otras señales marcadas en los lugares donde tienen prioridad para transitar no es garantía de preservar la integridad física de los transeúntes…y esto es una realidad por demás preocupante.

Parece ser que el hecho de conducir un vehículo o moto otorga el derecho de poseer la exclusividad en la circulación de las calles, cuando debe ser exactamente lo contrario.

Días pasados fuimos testigos de un joven que venía conduciendo una motocicleta a una velocidad considerable y atravesó raudamente sin mirar siquiera la luz verde y que escolares se hallaban  cruzando la acera como corresponde, con toda la prioridad que las disposiciones del tránsito establecen.

¿Las cebras? ¿Quién las respeta?… se da casi en forma permanente que se atropellen a los peatones sin miramientos… las señales ya no son garantía de nada.

Una verdadera pena…a las jóvenes generaciones se le explica y orienta en el aula que respeten los semáforos y las señales de tránsito…y cuando salen a la calle es otro cantar….

Este fenómeno revela un sinfín de problemáticas crecientes en la sociedad, el individualismo extremo, la no valoración de la vida de los demás y en muchos casos, tampoco de la propia.

Estamos promoviendo un mensaje contradictorio que redunda nefastamente sobre todo en los niños y jóvenes…un absurdo doble discurso.

Y lo que es peor aún… un hecho cotidiano como es el cruzar una calle, se torna un hecho inseguro… ¿Quién nos garantiza que el conductor va a respetar la señal?

Vale decir que los hechos también se dan a la inversa… los peatones que a menudo infringimos las reglas, pasando en cualquier lugar de la calle donde no corresponde.

Lo más malo de esto es que indirectamente todos vemos que las transgresiones suceden a diario, pero no les prestamos la más mínima atención, salvo que nos afecten directamente. Este es el problema, mientras continuemos considerando que es un tema ínfimo, no tendrá salida.

Simplemente para reflexionar, pues tal vez la solución no alcanzará nunca, si sólo apunta a poner mano dura mediante las normas.

También es necesario que encontremos la forma de educar y de asumir la necesidad de respetar para respetarnos, terminando con el mal hábito de transgredir las normas y disposiciones.