Nuestros adultos mayores

Mañana primero de octubre se conmemora el Día Internacional del Adulto Mayor y con este motivo se ha dispuesto una serie de actividades.
En nuestros días hemos visto difundir insistentemente premisas como “ser joven no es delito” y “estoy corriendo, no huyendo”.
El espíritu que guía estas premisas que compartimos – y felizmente la población así lo ha entendido porque así lo indica el rechazo a la rebaja de la edad para imputar de delitos a los jóvenes – debería hacerse extensivo también a la consideración que la sociedad toda debería tener con las personas de mayor edad.
Las sociedades donde a los ancianos se los considera sabios, no por sus conocimientos profesionales o su preparación, sino simplemente por su experiencia, por haber vivido otras épocas, otras instancias y haber ayudado a echar las raíces de nuestras comunidades, son a su vez las comunidades que aprovechan mejor el conocimiento empírico, esto es la experiencia que supone atesora una persona longeva.
La sociedad moderna en cambio, en las naciones que privilegian el materialismo, el bienestar económico y el confort, frente a cualquier valor humano, considera a los ancianos casi como un estorbo, como un problema molesto.
Aún cuando el Uruguay está entre los países que demuestra cierta atención a la situación de los adultos mayores, estamos lejos de prestarles la consideración que se supone deberían tener estas personas.
Existe sin embargo un campo muy amplio de posibilidades de insertar a los adultos mayores que aún están en condiciones de integrar la fuerza laboral activa, para que estas personas hagan un aporte intergeneracional muy importante, que significa la transmisión de conocimientos y de experiencia.
Son estas personas las que pueden aportar afecto y valores en el seno familiar a los niños y adolescentes, porque suponen una guía adecuada para ellos. Sin embargo, apenas se presentan dificultades de salud, los adultos mayores son dejados de lado, olvidados o sencillamente depositados en lugares pocos adecuados.
Es uno de los grandes “debes” que tiene nuestra sociedad y no queremos simplificar las cosas, porque sguramente que no tiene soluciones sencillas, pero es el Estado el que puede aportar para una salida adecuada, que no pasa sólo por otorgarles una “tablet” a los pasivos, sino esencialmente por supervisar los lugares que funcionan como “residencias” y dónde van los ancianos que no tienen personas que se hagan cargo de ellos o presentan algún tipo de dolencia que les impide valerse por sus propios medios.







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