Opinar con argumentos

Los uruguayos gustamos ser todos “opineros”, vale decir de opinar a la ligera, por la información primaria o elemental -no siempre verídica – que nos llega.

Es el error más común. Deberíamos saber que nada más revelador de la capacidad analítica de una persona que su opinión.
Y en este sentido digamos antes que nada que opinar frente a un tema determinado es plantear tajantemente, sin confusión alguna que “esto está bien o está mal”, que no queden dudas y para los que entienden del tema esto es “jugarse”, pronunciarse a favor o en contra de algo.
Es la diferencia entre una reflexión que procura aportar elementos para el análisis y una opinión que condena o absuelve vale decir “juzga” con claridad, emitiendo un juicio de valor.
Por eso entendemos que las opiniones deben estar siempre firmadas o con iniciales fácilmente identificables, pueden compartirse o no, pero reflejan la forma de pensar de quien firma y en alguna medida desnudan la profundidad analítica de su autor.
En lo personal nunca apuntamos con nuestra opinión, contra persona alguna, sino contra acciones, iniciativas, porque somos demasiado respetuosos de las personas.
Una opinión debe basarse en datos concretos, demostrables e irrefutables, nunca en vaguedades como “dicen que…”, o “fuentes de la investigación…” No lo que confiere credibilidad y respeto a una opinión es la consistencia de los argumentos en que se basa y la identificación de sus fuentes, con pelos y señales.
Pocas veces he coincidido plenamente con la opinión de alguien, porque es algo personal, pero todas las opiniones bien intencionadas me han merecido siempre el mayor de los respetos, puedo discrepar, disentir, pero jamás denigrar a quien opina diferente.
Entiendo que así debe ser la democracia. Opinar, discutir, discrepar en el libre juego de la democracia, nunca imponer.
Quien opina con propiedad, con argumentos sólidos, no grita, no impone, trata de mostrar sus razones y la justicia de lo que piensa, buscando el bien de las mayorías.
El que levanta la voz, el que grita, es para nosotros al menos, una clara señal que no tiene argumentos convincentes, que no tiene otra razón que la violencia para imponer lo que piensa.
Esto ha sido siempre un camino equivocado y es culpa nuestra si le hemos dejado avanzar. Por educación, por cultura y sobre todo por sabiduría, deberíamos acostumbrarnos a rechazar las opiniones violentas y aprender a dialogar con firmeza y serenidad, antes que a gritar e imponer nuestra opiniones a la fuerza.

Alberto Rodríguez Díaz