Que la familia vuelva a ser el centro de la sociedad

edLa revista Q P ¿Qué  Pasa?, de «El País»,  entrevistó recientemente a ocho diputados de los tres principales partidos políticos del Uruguay. Cuatro titulares y cuatro suplentes, que alternan en la Cámara con frecuencia. Tienen en común estar entre los más jóvenes del Parlamento, la mayoría veinteañeros y dos apenas treintañeros.

Más allá de su preparación, de su capacidad y de sus ideas, nos llamó la atención algunos aspectos revelados en la entrevista, en algunos casos casi subrepticiamente.

En primer lugar, el hecho de que no todos sean varones, plantea una primera salvedad ¿tienen las mujeres las mismas posibilidades reales de llegar al parlamento a temprana edad?

Pero el segundo aspecto, que ni siquiera se destaca en la nota de referencia, es que ninguno de ellos sea casado. El mayor compromiso es uno en pareja, con una hija de 2 años y otro en camino. De los siete restantes, uno sólo admite estar de novio, los demás se declaran solteros y aún que en algunos casos no lo expresan, probablemente sin compromiso estable..

Precisamente  este aspecto, nos detiene en un hecho puntual, que estamos minimizando.

¿Qué mensaje estamos dando?

Antes de conocer sus ideas, de saber qué piensan y cómo se desenvuelven en el Parlamento. Sería importante que iniciaran ellos mismos una mirada a aspectos que probablemente sean  frecuentes en nuestra juventud actual.

A ninguno de ellos pareciera preocuparles este aspecto. El asumir compromisos, como la formación de una familia, es un aspecto relegado.

No estamos marcando una posición concreta en referencia a este tema, sino sencillamente, alertando de su existencia.

No hemos perdido la valoración del núcleo básico de la sociedad, como es la familia?.

No nos sirve el argumento que hemos escuchado frecuentemente, de que es mejor, que no asuman compromisos siendo muy jóvenes…

Nos asusta pensar que se está escapando a la responsabilidad de tener una pareja estable, de procrear, de ser responsable frente a los hijos.

La disgregación de la familia, promovida por un individualismo feroz, sólo puede desembocar en una comunidad hedonista, sólo preocupada por  su placer personal, que antepone a cualquier compromiso.

Es imprescindible rever esta realidad.