Que los remiendos no pasen a ser esencia

Días atrás en el contexto del análisis del proyecto que apunta a quitar a los padres procesados por violencia doméstica, el derecho a compartir la tenencia de los hijos, sosteníamos que se trata de un riesgo, porque si bien son los hombres la mayoría de los violentos, también hay mujeres y penar a uno de los progenitores por su sólo género y no a los dos, cuando existen motivos similares (también hay madres procesadas por este tema), nos parece harto riesgoso.
Pero también dijimos que se corre un riesgo cuando no se acierta con los límites en estos casos. Finalmente el proyecto de declarar un delito específico (femicidio), cuando la víctima de un homicidio es una mujer, tiene también un gran riesgo, porque, ¿qué pasará cuando la víctima es un niño o un anciano?, estamos discriminando, ¿estamos sobrentendiendo que “no es tan grave” como matar a una mujer?
Felizmente todo indica que cuando la víctima del homicidio es una mujer será considerado un agravante, pero no un delito específico. Al menos no se comete la flagrante discriminación de la que hablamos.
Ahora, en el ámbito de discusión de los acuerdos en materia de seguridad que buscan todos los partidos políticos, se informa que será discutida la posibilidad de considerar un agravante matar a un trabajador mientras cumple funciones.
Honestamente, nos parece que estamos poniendo remiendos a la situación. Si las leyes fueran justas y adecuadas deberían de sancionar de entrada con el rigor que corresponde y no sólo si el juez considera que hay agravantes.
Mientras desde el gobierno nacional se hace saber que no tranzará en materia de agravamiento de las penas, existe la convicción generalizada de que estas no son suficientes o no protegen como deberían a los ciudadanos.
Mientras todos los días vemos cómo se registran homicidios, en un índice que antes era impensado en el país, quienes tienen por lo menos la mayor parte de la responsabilidad en la cuestión, se pasan discutiendo, analizando y sometiendo a consideración de sus mandamases las leyes que deberían establecerse para dar paz y tranquilidad a quienes han optado por vivir honestamente de su trabajo.
Vivimos en el país del recelo, de la desconfianza, toda persona mayor que transita después de determinada hora, al ver venir a un joven o dos en una moto, se pone alerta, lo mira con desconfianza, intenta protegerse al menos.
Esta es la cuestión. Ya no estamos en aquel país solidario, donde el bien colectivo era prioridad para todos y la protección a los seres más frágiles, niños, ancianos, mujeres, era un bien innegociable.
Puede que exageremos, pero lamentablemente hoy, más allá del cambio de valores, estamos en una comunidad que no le presta la debida atención a la realidad en que vivimos y cada uno de nosotros parece inmerso en su propia vida y le importa un bledo lo que le suceda a los demás, de allí que el legislador tampoco quiera arriesgar quedar “huérfano” de apoyo en esto.
Seguramente por este camino no llegaremos a nada bueno.