Que no se corte el hilo por el punto más débil

Casi 200 países han confirmado su asistencia a la cumbre de medio ambiente que se realizará el mes próximo en Francia. Considerada la última oportunidad que tiene el planeta para frenar el avance del recalentamiento global, la instancia se enmarca en una gran expectativa y ha fijado como meta reducir de cuatro a dos por ciento el aumento de la temperatura del planeta para fines del presente siglo.
La mayoría de los científicos afirma que de no frenarse el recalentamiento global, el aumento de la temperatura podría situarse en un cuatro por ciento y esto aceleraría un proceso de catástrofes que ya se está viviendo.
Hay países isleños que incluso temen desaparecer si no se detiene o enlentece al menos este recalentamiento que hoy ya nadie niega que constituye la principal amenaza medioambiental del planeta.
Hasta aquí todo bien, nada más compartible y loable que la intención de detener el desorden ambiental que es el mayor causante de la cantidad de CO2 (anhídrido carbónico) que se acumula y produce cada vez más temperatura.
Para encarar este problema, los países participantes en la cumbre mencionada aprobarían las denominadas “restricciones verdes”, un conjunto de medidas que establecerían sanciones concretas para las naciones que no las cumplan.
Esto obligaría a cambiar los sistemas de producción de alimentos, sobre todo para los países productores de “commodities”, como Uruguay. A pesar de que nuestro país está muy por debajo de los que producen mayor contaminación y la apuesta gradual a las energías renovables ha mejorado más aún nuestra posición, el país debe estar alerta porque en estas restricciones también hay intereses comerciales, de otros países y de grandes corporaciones, que inciden también en el tema.
No pretendemos desconocer el acierto del objetivo de reducción de los gases invernaderos, pero entendemos que ninguna de las medidas a tomar deben tener un efecto de “shock” para nadie y si se entiende que se debe cambiar los sistemas de producción de algunos países pobres, es el mundo rico, el que más ha contaminado y contamina, el que debe asumir el compromiso de asistir a aquellos países para hacer frente a los cambios necesarios, aportando ya sea tecnologías y recursos para hacerlo.
Debe además definirse con precisión cuáles son los grandes contaminantes y quiénes son los responsables de su emisión, para que no se desvíe la atención hacia aspectos de menor incidencia, como sospechamos que puede estar sucediendo ya a esta altura.







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