Que no se olvide el gran cachetazo

En 1980 se vivía en plena dictadura militar. El regimen autoritario había “ajustado” su mecanismo de arbitrariedades, perseguía minuciosamente a todos quienes opinaba distinto a él y sólo aspiraba a perpetuarse en el poder, sin más, ni más.

Para conseguir este propósito pergeñó una reforma constitucional que le daba precisamente las atribuciones  que habrían de establecer por siempre al militarismo por sobre el pueblo.

En un tiempo donde estaba prohibido reunirse, donde “hasta las paredes escuchaban”, las críticas contra la dictadura, donde existía aún la famosa clasificación de ciudadanos en “A”, “B” y “C”, según fuera más o menos manejables por los usurpadores del poder, el pueblo organizado fue puesto contra la pared para pronunciarse sobre esta Reforma.

Sus impulsores estaban seguros de que el resultado del plebiscito no podía ser otro que la aprobación de sus planes, de la Reforma propuesta que los convertiría en amos y señores de la nación para siempre.

Casi no se podía hacer publicidad por el NO. No se podía explicar ni opinar públicamente.

Felizmente se equivocaron, silenciosamente, subrepticiamente, pero también con una gran convicción la ciudadanía fue comunicándose, trasmitiéndose el mensaje de rechazo a los planes nefastos de una dictadura que luego se probaría que fue de las más tenebrosas de la región.

El rechazo alcanzó casi el 60 por ciento y hoy es de justicia señalar que en esto obraron en forma mancomunada todos los partidos políticos, que salvo algún sector de tan efímera aparición como desaparición, de blancos y colorados, la enorme mayoría condenó la Reforma.

Quienes habían usurpado el poder recibieron un cachetazo histórico.

Fue para ellos el principio del fin.

Allí pudieron palpar que el pueblo uruguayo nunca acompañaría un régimen de fuerza, donde quienes tenían las armas y las botas, pretendían constituirse en una casta superior, de “iluminados”, que se mantendría permanentemente por encima del pueblo.

Vimos derrumbarse y convertirse en escombros a encumbrados “señores”, “mandamases” del momento, que hacían y deshacían a su antojo y por supuesto a espaldas del pueblo.

Aquellos que se olvidaron de la Justicia, para hacer sus propias “leyes”.

Ojalá que no olvidemos la historia y en especial, que no la olviden quienes aquel 30 de Noviembre de 1980 recibieron el gran cachetazo del pueblo.

Alberto Rodríguez Díaz.







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