Reconocer los derechos de la diáspora

Los ciudadanos uruguayos que se hallan radicados en el extranjero y que integran lo que conocemos como el departamento 20, por el número de integrantes o más concretamente por la “diáspora” – dispersión de un pueblo de su lugar de origen – han vuelto a insistir en sus derechos ciudadanos, algo que legítimamente pueden y a nuestro juicio deben reclamar.
Muchas de estas familias debieron irse en aquellos años duros, difíciles, no tanto para buscar mejores condiciones económicas, sino un poco de libertad, cuando en el país no se la tenía y vivíamos subyugados por quienes usurparon el poder durante doce años.
Posteriormente muchas de ellas echaron raíces, sus hijos nacieron lejos y ya no los une como a sus progenitores y  mayores los mismos vínculos, los afectos y vivencias con el “paisito”, aunque tengan aquí familiares.
En más de una oportunidad estos compatriotas han reclamado su derecho a participar en las elecciones de autoridades del país y el parlamento – que para esto requiere de una mayoría especial – les ha negado esta posibilidad.
Siempre lo dijimos, para nosotros es vergonzoso decirle a un compatriota que no puede votar, porque como “está lejos no tiene conocimiento de la realidad”, ha sido el argumento más usado y es hasta ridículo.
La verdadera historia es que se cree que todos los que están en el exterior son votos de la izquierda uruguaya y honestamente se ha especulado con esto. Es absurdo porque la mayoría de las naciones tratan de darle oportunidad a quienes se hallan fuera del país de votar aún cuando sean descendientes y no ciudadanos de primera generación.
Un país con tan poca población como la uruguaya debería de tratar de captar más ciudadanos y no de vetarlos.
Pero no solo se trata de esto, sino de una reivindicación justa y honesta. Quienes se fueron por lo general han seguido pendientes de lo que aquí sucede y son tanto o más uruguayos que nosotros mismos.
Valdría la pena sentir lo que sienten los compatriotas cuando escuchan el himno en tierras lejanas o ven una bandera uruguaya. No es solo una emoción, sino un corazón que late y nada mejor que esos sentimientos para entender por qué su reclamo estará siempre latente.
Habilitarles la posibilidad de participar en la vida cívica del país no es una concesión gratuita, es reconocer un derecho inalienable a estos compatriotas, ojalá lo hagamos cuanto antes.

Los ciudadanos uruguayos que se hallan radicados en el extranjero y que integran lo que conocemos como el departamento 20, por el número de integrantes o más concretamente por la “diáspora” – dispersión de un pueblo de su lugar de origen – han vuelto a insistir en sus derechos ciudadanos, algo que legítimamente pueden y a nuestro juicio deben reclamar.

Muchas de estas familias debieron irse en aquellos años duros, difíciles, no tanto para buscar mejores condiciones económicas, sino un poco de libertad, cuando en el país no se la tenía y vivíamos subyugados por quienes usurparon el poder durante doce años.

Posteriormente muchas de ellas echaron raíces, sus hijos nacieron lejos y ya no los une como a sus progenitores y  mayores los mismos vínculos, los afectos y vivencias con el “paisito”, aunque tengan aquí familiares.

En más de una oportunidad estos compatriotas han reclamado su derecho a participar en las elecciones de autoridades del país y el parlamento – que para esto requiere de una mayoría especial – les ha negado esta posibilidad.

Siempre lo dijimos, para nosotros es vergonzoso decirle a un compatriota que no puede votar, porque como “está lejos no tiene conocimiento de la realidad”, ha sido el argumento más usado y es hasta ridículo.

La verdadera historia es que se cree que todos los que están en el exterior son votos de la izquierda uruguaya y honestamente se ha especulado con esto. Es absurdo porque la mayoría de las naciones tratan de darle oportunidad a quienes se hallan fuera del país de votar aún cuando sean descendientes y no ciudadanos de primera generación.

Un país con tan poca población como la uruguaya debería de tratar de captar más ciudadanos y no de vetarlos.

Pero no solo se trata de esto, sino de una reivindicación justa y honesta. Quienes se fueron por lo general han seguido pendientes de lo que aquí sucede y son tanto o más uruguayos que nosotros mismos.

Valdría la pena sentir lo que sienten los compatriotas cuando escuchan el himno en tierras lejanas o ven una bandera uruguaya. No es solo una emoción, sino un corazón que late y nada mejor que esos sentimientos para entender por qué su reclamo estará siempre latente.

Habilitarles la posibilidad de participar en la vida cívica del país no es una concesión gratuita, es reconocer un derecho inalienable a estos compatriotas, ojalá lo hagamos cuanto antes.