Reglamentar el trabajo de las encuestas

ue el Uruguay es un país politizado no es ningún descubrimiento, aunque no tenemos referencias para saber si lo es en mayor o menor medida que otros países.
Ahora bien, en todos lados en estos tiempos electorales, evidentemente que el mayor riesgo es el de dejarse llevar por la pasión.
Lo vemos a diario pero sobre todo a medida que se acerca la fecha de la definición. En el Uruguay prácticamente se les exige a las encuestadoras que pronostiquen el resultado, con exactitud, aún cuando se trata de elecciones muy ajustadas como las que motivan este comentario.
Se deja de lado el hecho de que las encuestas no tienen la bola de cristal. Son una herramienta técnica, ajustada y regida por la ciencia social y cuando se hacen con seriedad, por técnicos y personas responsables, spn muy respetables por cierto, pero no son un sistema infalible de predicción, como se pretende en algunos casos.
En base a esto  luego se pasa factura a las encuestadoras, se les acusa de querer manipular la intención de votos, de manejar de acuerdo a determinados intereses – fundamentalmente económicos – los resultados.
Ningún político en cambio va a reconocer nunca que directa o indirectamente ha pretendido influir en determinada encuestadora para forzar sus conclusiones.
En esto queremos ser claros. No se trata de creer que las encuestas pueden darnos el resultado de una elección por adelantado. Quien piensa que esto es posible se equivoca. Esto no significa que se descarten los resultados de estas ni mucho menos. A la prueba está la enorme trascendencia que se les asignan a las encuestas en el país a punto tal que aún aquellas fuerzas que lo niegan, que dicen restarles importancia, en realidad son las que no aparecen en una buena posición.
Claro está, que esta herramienta tambien se presta para ser manipulada y por lo tanto coincidimos con quienes sostienen que estas empresas deben estar sometidas a determinada reglamentación, para que no aparezcan a último momento empresas “fantasmas” que nadie conoce ni sabe de su existencia, aportando cifras e interpretaciones, sin que nadie pueda corroborar si realmente las encuestas fueron hechas, de la forma  en que fueron hechas, quienes las hicieron, donde y en qué tiempo.
Más  importante aún, es para quien fue hecha.
Estos trabajos que generalmente aparecen “sobre la hora” de inicio de la veda de publicidad, suelen desaparecer tan rápidamente como aparecieron.
Esto si es manoseo y la ciudadanía no debe prestarse a ello.
Que el Uruguay es un país politizado no es ningún descubrimiento, aunque no tenemos referencias para saber si lo es en mayor o menor medida que otros países.
Ahora bien, en todos lados en estos tiempos electorales, evidentemente que el mayor riesgo es el de dejarse llevar por la pasión.
Lo vemos a diario pero sobre todo a medida que se acerca la fecha de la definición. En el Uruguay prácticamente se les exige a las encuestadoras que pronostiquen el resultado, con exactitud, aún cuando se trata de elecciones muy ajustadas como las que motivan este comentario.
Se deja de lado el hecho de que las encuestas no tienen la bola de cristal. Son una herramienta técnica, ajustada y regida por la ciencia social y cuando se hacen con seriedad, por técnicos y personas responsables, spn muy respetables por cierto, pero no son un sistema infalible de predicción, como se pretende en algunos casos.
En base a esto  luego se pasa factura a las encuestadoras, se les acusa de querer manipular la intención de votos, de manejar de acuerdo a determinados intereses – fundamentalmente económicos – los resultados.
Ningún político en cambio va a reconocer nunca que directa o indirectamente ha pretendido influir en determinada encuestadora para forzar sus conclusiones.
En esto queremos ser claros. No se trata de creer que las encuestas pueden darnos el resultado de una elección por adelantado. Quien piensa que esto es posible se equivoca. Esto no significa que se descarten los resultados de estas ni mucho menos. A la prueba está la enorme trascendencia que se les asignan a las encuestas en el país a punto tal que aún aquellas fuerzas que lo niegan, que dicen restarles importancia, en realidad son las que no aparecen en una buena posición.
Claro está, que esta herramienta tambien se presta para ser manipulada y por lo tanto coincidimos con quienes sostienen que estas empresas deben estar sometidas a determinada reglamentación, para que no aparezcan a último momento empresas “fantasmas” que nadie conoce ni sabe de su existencia, aportando cifras e interpretaciones, sin que nadie pueda corroborar si realmente las encuestas fueron hechas, de la forma  en que fueron hechas, quienes las hicieron, donde y en qué tiempo.
Más  importante aún, es para quien fue hecha.
Estos trabajos que generalmente aparecen “sobre la hora” de inicio de la veda de publicidad, suelen desaparecer tan rápidamente como aparecieron.
Esto si es manoseo y la ciudadanía no debe prestarse a ello.






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