Se llama “tirar el chico lejos…”

Es probable que sólo los jugadores de billar entiendan lo que decimos. Pero la manipulación y desviación del centro de esto: el vil asesinato del estudiante de agronomía Roberto Gomensoro, hacia las responsabilidades del presidente de la república u otras autoridades es una maniobra estúpida y cobarde que intenta desviar el centro de la cuestión.
Aquí el centro de la cuestión es el cobarde asesinato y las torturas previas a que fue sometido el joven tupamaro. No tiene sentido, más que la intención explícita o implícita de disimular este crimen y esta acción que “no salpica el honor de las fuerzas armadas”.
Que quede claro, no somos tupamaros ni mucho menos participamos de lo que han hecho las fuerzas armadas en los años de dictadura y los momentos previos.
Hoy para algunos ya es “historia vieja” no hay que estancarse en la historia antigua, bla, bla, bla…Es lamentable, quienes así piensan están condenados a repetir estos errores.
Dejar pasar impunemente estos crímenes significa aceptar que hay gente que por llevar armas de fuego puede someter y hacer lo que se le antoja ante el pueblo.
Se nos ha dicho y entendemos que es un hecho cierto, que la ideología de las fuerzas armadas, se halla “contaminada” por la doctrina de la seguridad nacional, la que guio y fue seguida al pie de la letra por los militares de la dictadura, poniendo en práctica el tristemente célebre Plan Cóndor.
No somos partidarios de darle nuevas atribuciones a las fuerzas armadas en el Uruguay en tanto no expresen específicamente su subordinación al poder del pueblo, al Estado democrático y sobre todo, mientras no se pongan en práctica los mecanismos ineludibles que obligarán a los militares a someterse al poder popular.
Esta es la única forma de que el pueblo las respete, que las consideren su misma vereda y no en la de enfrente.
Por estos días hay una persona acusada de un crimen atroz, sindicado por todas las semiplenas pruebas como autor de un asesinato horrendo. Sin embargo se mantiene en silencio y no habla. El hecho nos rechina a todos los ciudadanos de este país y se oye más de una voz diciendo “si estuviéramos en dictadura, seguramente ya lo hubieran hecho hablar…”
Y seguro que hubiera sido así. Pero por más que nos rechinen los dientes, comprobando como hay asesinos que se valen de los derechos que otorga la democracia para tratar de ocultar sus acciones, mantenemos nuestra convicción de que no se puede por ello justificar la tortura y los apremios ilegales.
Corresponde a quienes defendemos la democracia y los derechos humanos, preparar debidamente a quienes imparten justicia para desbaratar la acción de estos criminales.
Al menos es lo que pensamos.
Alberto Rodríguez Díaz