Seguimos derrochando el agua dulce

Ciudad del Cabo en Sudáfrica dio la alarma el mes pasado, porque cada vez son más los científicos que coinciden en que esta podría ser la primera ciudad del mundo en quedarse sin agua.
Esto ha determinado que en otras partes del mundo, incluida Sud América, se hayan tomado algunas medidas. En Perú, por ejemplo, se ha decidido tomar algunas medidas para cuidar el agua dulce, un elemento vital para la vida humana, como para toda la vida en general, incluida la vegetal.
Se ha llegado a prohibir el llenado de las denomiandas “piscinas portátiles”, porque para llenarlas se requieren – según sostienen – 7.000 litros de agua, cantidad equivalente al consumo familiar de 15 días.
Hasta el momento “la culpa” se atribuye a fenómenos climáticos, dado que según se señala el Fenómeno del Niño en esta parte del sub continente ha determinado una fuerte sequía que tiene a los ríos que abastecen de agua potable a grandes áreas, como la propia capital peruana, con un caudal mínimo.
Pero estos casos no son tenidos en cuenta más que en forma anecdótica en otras partes del mundo, incluido nuestro país.
Varios años hace que hemos escuchado a científicos coincidir que en nuestro país las fuentes de agua están amenazadas por varios motivos.
Recordamos uno de ellos, el exceso de residuos de fósforo en los ríos y sus afluentes que determinan la eutrofixación, o sea el exceso de fósforo que determina la aparición de algas tóxicas que conforman grandes manchas verdes en los ríos.
Este es sólo uno de los factores que amenazan las fuentes de agua en nuestro país. Los ríos y arroyos son tomados como verdaderos basurales adonde arrojamos todos los residuos que nos molestan y la cuestión es que no se vean. A nadie parece importarle las consecuencias que esta conducta pueda tener sobre estos cursos de agua, que es decir sobre la vida en el futuro.
Las fuentes de agua que pasan por las ciudades “recogen” todas las inmundicias que los habitantes de las cercanías arrojan en ellas.
Sabemos que es un tema difícil. Que generalmente se lo elude para “no alarmar”, cosa que entendemos, pero lamentablemente también ha servido para justificar la irresponsabilidad, la desidia de quienes se tendrían que preocupar más por el estado de los cursos de agua.
Estas fuentes son receptoras de todo lo que les arrojamos y lo más preocupante es que se están muriendo silenciosamente, sin que su estado trascienda demasiado y sin que “se alarme” a la opinión pública, pero probablemente cuando pretendamos recuperarlas las posibilidades de hacerlo ya no serán las mismas.
Que no sea que cuando abramos el grifo y ya no salga más agua, recién comencemos a pensarlo seriamente, porque hace ya tiempo que cada vez es menos la cantidad de personas que aún bebe agua de la canilla.
Alberto Rodríguez Díaz







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