Sin apoyo del hogar resulta estéril

Las autoridades de la Educación adoptaron para este año disposiciones especiales en relación a los alimentos que pueden o mejor dicho deben (o deberían) consumir los escolares y en menor medida también los alumnos de secundaria.
Las disposiciones en su mayoría no pasan de ser “recomendaciones” y prohibición de publicitar ciertos alimentos, sobre todo aquellos que son conservados en sal o elaborados casi exclusivamente en base a azúcar.
Las autoridades apuntan a disminuir por esta vía los casos de enfermedades como la obesidad, la hipertensión arterial y similares que hoy afectan a grandes y chicos, cuando hasta hace pocos años atrás eran enfermedades típicas de los adultos mayores o de la vejez.
En marzo último entró en vigencia la ley de promoción de hábitos saludables en establecimientos educativos, la cual promueve una alimentación saludable en los centros educativos, como forma de prevenir el sobrepeso, la obesidad, la hipertensión arterial, así como otras enfermedades vinculadas, y regula los alimentos que pueden publicitarse.
En mayor o menor medida y pese al costo que tienen por ello, los centros educativos están cumpliendo con las disposiciones establecidas en la ley. Las cantinas han dejado de vender los productos salados, como papas fritas y maníes, aunque existe una polémica sobre si la disposición prohibe la venta o solo restringe la publicidad.
Pero el esfuerzo que hacen los centros educativos por acatar las disposiciones, se ve entorpecido y muchas veces anulado por la acción, o falta de colaboración de los padres o personas a cargo de los estudiantes en los hogares, dado que los estudiantes dejan de comprar estos alimentos en los centros de estudio a los que concurren, pero los traen de sus casas.
Este es el punto, los padres responsables no pueden hacer otra cosa que compartir el esfuerzo de las autoridades en este sentido, aunque no se puede imponer nada ni es lo que se pretende con estas disposiciones. Lo imprescindible es que los padres entiendan que se está defendiendo la salud de sus hijos y se trata de que lleven una vida sana y saludable y todo padre consciente debe apoyar este esfuerzo.
Claro está que si esto no nace en el hogar del niño, el esfuerzo es estéril. Nada se logrará impidiendo que el niño compre las denominadas comidas “chatarra” en la escuela, si la trae de la casa y por lo tanto la consume igual.
Es hora de involucrarnos en las medidas que son positivas y beneficiosas para todos y en especial para nuestros niños, sin importar de dónde provienen o quién las ha puesto en práctica.
Entendámoslo de una vez.

Las autoridades de la Educación adoptaron para este año disposiciones especiales en relación a los alimentos que pueden o mejor dicho deben (o deberían) consumir los escolares y en menor medida también los alumnos de secundaria.

Las disposiciones en su mayoría no pasan de ser “recomendaciones” y prohibición de publicitar ciertos alimentos, sobre todo aquellos que son conservados en sal o elaborados casi exclusivamente en base a azúcar.

Las autoridades apuntan a disminuir por esta vía los casos de enfermedades como la obesidad, la hipertensión arterial y similares que hoy afectan a grandes y chicos, cuando hasta hace pocos años atrás eran enfermedades típicas de los adultos mayores o de la vejez.

En marzo último entró en vigencia la ley de promoción de hábitos saludables en establecimientos educativos, la cual promueve una alimentación saludable en los centros educativos, como forma de prevenir el sobrepeso, la obesidad, la hipertensión arterial, así como otras enfermedades vinculadas, y regula los alimentos que pueden publicitarse.

En mayor o menor medida y pese al costo que tienen por ello, los centros educativos están cumpliendo con las disposiciones establecidas en la ley. Las cantinas han dejado de vender los productos salados, como papas fritas y maníes, aunque existe una polémica sobre si la disposición prohibe la venta o solo restringe la publicidad.

Pero el esfuerzo que hacen los centros educativos por acatar las disposiciones, se ve entorpecido y muchas veces anulado por la acción, o falta de colaboración de los padres o personas a cargo de los estudiantes en los hogares, dado que los estudiantes dejan de comprar estos alimentos en los centros de estudio a los que concurren, pero los traen de sus casas.

Este es el punto, los padres responsables no pueden hacer otra cosa que compartir el esfuerzo de las autoridades en este sentido, aunque no se puede imponer nada ni es lo que se pretende con estas disposiciones. Lo imprescindible es que los padres entiendan que se está defendiendo la salud de sus hijos y se trata de que lleven una vida sana y saludable y todo padre consciente debe apoyar este esfuerzo.

Claro está que si esto no nace en el hogar del niño, el esfuerzo es estéril. Nada se logrará impidiendo que el niño compre las denominadas comidas “chatarra” en la escuela, si la trae de la casa y por lo tanto la consume igual.

Es hora de involucrarnos en las medidas que son positivas y beneficiosas para todos y en especial para nuestros niños, sin importar de dónde provienen o quién las ha puesto en práctica.

Entendámoslo de una vez.