Un desafío al sentido común

La conflictividad de nuestros días no es algo inesperado. Al contrario, lo inusual es que en un país donde hay trabajadores que ganan entre 10 y 12 mil pesos al mes y gerentes de instituciones financieras que ganan 400 o 450 mil al mes, es obvio que existan conflictos porque donde hay excluidos hay conflictos.
No estamos justificando conducta alguna, menos aún apostando a la intransigencia que hemos notado muchas veces de parte de quienes en alguna medida ya han dejado de lado las posibilidades de diálogo, de entendimiento para entrar en el choque frontal sin reparar consecuencias.
Por estos días en Salto se llevan adelante diferentes conflictos y si bien no queremos hablar de ninguno en particular, sí debemos decir que las motivaciones son muy diferentes, desde el despido de algunos trabajadores (por motivos que difieren según la campana que se escuche), hasta el cierre o la clausura de actividades de una empresa por entender que la actividad ya no le es rentable.
En medio de esto, se hallan situaciones diferentes, gente que con lógico derecho reclama un salario digno, a gente que entiende que el resarcimiento a su trabajo no es justo y adecuado y los inversores se llevan la parte del león, sin mirar la situación de sus trabajadores.
En todo esto hay términos medios. Hay intereses de uno y otro lado, pero la parte más débil es sin lugar a dudas la del asalariado. El sistema hace que las fuentes de trabajo sean muy valoradas hoy día y por lo tanto a veces se les conceden beneficios y se les toleran acciones que no conllevan al mejor entendimiento precisamente.
Esto a lo largo del tiempo lo más probable es que desemboque precisamente en una situación de conflicto, en un choque de intereses que el Estado y el gobierno nacional debieran atender desde un principio, supervisando y exigiendo pautas tanto de uno como de otro lado para que no se llegue a las situaciones lamentables que tenemos hoy.
No es sencillo seguramente, pero tampoco es inalcanzable si pretendemos tener una sociedad más justa, solidaria y sensible como corresponde si entendemos que tanto inversores como trabajadores resultan imprescindibles para la salud del sistema.
Lo difícil es lograr que en una sociedad donde se promueve exclusivamente el consumo, el placer, el bienestar por encima de cualquier otra cosa, tengamos una sociedad solidaria y ojo, una cosa es decirse solidario, muy otra mostrar solidaridad.
Es por lo tanto un verdadero desafío al sentido común, que ojalá se imponga por sobre todos los demás intereses.