Un motivo de orgullo

A fines del presente mes llegarían las primeras familias de refugiados sirios que serán asiladas en nuestro país, escapando de la crueldad de la guerra que azota su patria.
Una comunidad religiosa se ha ofrecido para darles refugio y será la primera en recibirlos en esta tierra de solidaridad, que ojalá también les ofrezca la paz y tranquilidad que tanto necesitan.
Luego serán incorporados a una población probablemente de un pueblo de Colonia, para integrarse a nuestro país.
Lejos estamos de entender estas guerras impropias de los seres humanos. Mucho más lejos de justificar cualquier conflicto que invariablemente termina asesinando inocentes y desterrando a otros tantos.
Aunque estas columnas de opinión no han sido concebidas para albergar manifestaciones del corazón, de los afectos, sino para tratar de aportar a reflexionar y pensar, en estos casos no podemos evitar sentirnos orgullosos de las decisiones que toman quienes conducen al país.
Que un país chiquito como el nuestro y con problemas que impiden hasta el momento que el nivel de vida de sus ciudadanos sea mejor, ofrezca refugio a estas familias es algo que nos llena de satisfacción.
Nos habla de grandeza, de generosidad y de solidaridad, para demostrarle al mundo que a pesar de nuestras diminutas posibilidades, somos capaces de tener actitudes que ya quisiéramos ver en las denominadas grandes naciones.
Uruguay es una nación de emigrantes y difícilmente podamos encontrar un sólo apellido de gente aborigen, de pobladores autóctonos del lugar, porque la historia – no siempre feliz – nos indica que fueron los inmigrantes, españoles, italianos y de otras muchas comunidades los que fueron dándole forma a este país que tanto amamos y quienes nos enseñaron del trabajo y del esfuerzo que cimentaron las bases de nuestra nación.
Es justo por lo tanto que también tendamos una mano hoy a quienes la necesitan, como ayer el propio país, vale decir sus primeros pobladores la tendieron hacia nuestros antepasados.
Seguramente quienes prefieren mirar para otro lado o cerrarles las puertas a los inmigrantes “por las dudas”, no están haciendo otra cosa que pensar egoístamente en la competencia que estos recién llegados pueden llegar a significar un día.
Temer por sus bienes materiales, por su confort, por su comodidad y lo mejor que saben hacer es ignorar el problema de los demás, cerrarles las puertas y abandonarlos.
¡Por suerte en este caso no es lo que ha hecho Uruguay y ello nos llena de orgullo!

A fines del presente mes llegarían las primeras familias de refugiados sirios que serán asiladas en nuestro país, escapando de la crueldad de la guerra que azota su patria.

Una comunidad religiosa se ha ofrecido para darles refugio y será la primera en recibirlos en esta tierra de solidaridad, que ojalá también les ofrezca la paz y tranquilidad que tanto necesitan.

Luego serán incorporados a una población probablemente de un pueblo de Colonia, para integrarse a nuestro país.

Lejos estamos de entender estas guerras impropias de los seres humanos. Mucho más lejos de justificar cualquier conflicto que invariablemente termina asesinando inocentes y desterrando a otros tantos.

Aunque estas columnas de opinión no han sido concebidas para albergar manifestaciones del corazón, de los afectos, sino para tratar de aportar a reflexionar y pensar, en estos casos no podemos evitar sentirnos orgullosos de las decisiones que toman quienes conducen al país.

Que un país chiquito como el nuestro y con problemas que impiden hasta el momento que el nivel de vida de sus ciudadanos sea mejor, ofrezca refugio a estas familias es algo que nos llena de satisfacción.

Nos habla de grandeza, de generosidad y de solidaridad, para demostrarle al mundo que a pesar de nuestras diminutas posibilidades, somos capaces de tener actitudes que ya quisiéramos ver en las denominadas grandes naciones.

Uruguay es una nación de emigrantes y difícilmente podamos encontrar un sólo apellido de gente aborigen, de pobladores autóctonos del lugar, porque la historia – no siempre feliz – nos indica que fueron los inmigrantes, españoles, italianos y de otras muchas comunidades los que fueron dándole forma a este país que tanto amamos y quienes nos enseñaron del trabajo y del esfuerzo que cimentaron las bases de nuestra nación.

Es justo por lo tanto que también tendamos una mano hoy a quienes la necesitan, como ayer el propio país, vale decir sus primeros pobladores la tendieron hacia nuestros antepasados.

Seguramente quienes prefieren mirar para otro lado o cerrarles las puertas a los inmigrantes “por las dudas”, no están haciendo otra cosa que pensar egoístamente en la competencia que estos recién llegados pueden llegar a significar un día.

Temer por sus bienes materiales, por su confort, por su comodidad y lo mejor que saben hacer es ignorar el problema de los demás, cerrarles las puertas y abandonarlos.

¡Por suerte en este caso no es lo que ha hecho Uruguay y ello nos llena de orgullo!