Un triunfo de la conciencia

El Tribunal de lo Contencioso Administrativo acaba de respaldar la apelación presentada por un grupo de cien médicos ginecólogos que alegaban su derecho a la objeción de conciencia para negarse a practicar abortos.
Francamente nos alegramos y creemos que en esto todos los uruguayos amantes de la vida y en especial los médicos ginecólogos locales que fueron los primeros del país en negarse en bloque a la práctica abortiva, deben estar satisfechos.
No se puede obligar a matar por más ley que se haya votado.
La ley del aborto no es otra cosa y nadie que se considere cristiano puede estar de acuerdo con esto.
No es más que una forma -absolutamente inaceptable – de hacerle pagar a los más vulnerables e inocentes totales, por los errores y los desórdenes de sus mayores.
Es una práctica hedonista que privilegia el placer por sobre cualquier otra manifestación humana e incluso por el inalienable derecho a la vida.
Los médicos están formados y capacitados para defender y preservar la salud, que es lo mismo que preservar la vida.
Lamentablemente la mayoría de los legisladores de la pasada legislatura no lo han entendido así y llevados, quizás por algunos aspectos entendibles (aunque no aceptables), como los casos de enfermedades crónicas o de alto riesgo para la madre, de violaciones, terminaron votando afirmativamente esta ley que en realidad resulta inaceptable.
Los médicos de Salto han tenido que pasar por muchas presiones para defender su posición e incluso han sido veladamente amenazados por su posición.
Hoy pueden sentirse satisfechos, finalmente el máximo tribunal judicial que tiene el sistema en el país (porque se trata de un órgano independiente de los tres poderes del Estado), les ha dado la razón en varios de los puntos que rechazaban los ginecólogos y éstos podrán seguir negándose a practicar abortos.
Es en contrapartida una derrota para quienes desde el gobierno sostenían la legitimidad de todo lo fijado por la ley y finalmente se han puesto las cosas en su lugar, al menos nadie será obligado a realizar una práctica con la que no está de acuerdo.
No se trata de recurrir a los aspectos de mayor sensiblería, pero nada mejor que la sonrisa de un niño para explicar por qué para cualquier comunidad es esencial defender el derecho a nacer.
Si no hubiéramos tenido nosotros ese derecho, si alguien hubiera puesto en vigencia la denominada “interrupción voluntaria del embarazo” o como quieran llamarlo, sencillamente no habríamos disfrutado de la vida y atribuirse la potestad de quien puede vivir y quien no, es sencillamente criminal.
Alberto Rodríguez Díaz







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