Una muestra más de una comunidad enfermiza

A pesar de que estamos en pleno invierno y las temperaturas son extremadamente bajas se vienen registrando incendios a diario. El hecho es que la mayoría de estos incendios se producen por descuidos o en forma intencional y dado que la vegetación se halla reseca por efecto de las heladas, la extensión es igualmente rápida.
Este hecho demuestra la insanía de la población que tiende a provocar daño a terceros, vaya a saber por qué desequilibrio psicológico que le lleva a regocijarse con el daño cometido.
La sequía han aumentando notoriamente el riesgo de incendio en los campos y otros lugares, pero el riesgo no sería mayor si no hubiera una conducta delictiva en algunas personas que aprovechando el anonimato inician el fuego, confiadas en que no serán descubiertos.
Pese a todas las exhortaciones y advertencias que se han formulado, precisamente alertando de este riesgo, hay gente que no sólo comete imprudencias, como el abuso de la pirotecnia sin tener en cuenta los sitios donde se lanzan, sino que en muchos casos encienden las fogatas como «diversión», para provocar situaciones de emergencia.
Cuesta creer que estos malvivientes constituyan un número cada vez más preocupante y es indudable que estas patologías responden a una «enfermedad» social que se hace evidente.
Es la misma que determina un total desprecio por los bienes ajenos la que profesan ciertos muchachones, cuyo número también aumenta, deambulando en las calles con las primeras sombras o aún a plena luz del día en búsqueda de víctimas  solitarias o más vulnerables para sus arrebatos.
Es una muestra también que necesitamos revertir muchas cosas, sobre todo a nivel educativo, para volver a creer en los valores comunitarios, en las acciones que suponen solidaridad, respeto y orden para defender la comunidad y en este marco los bienes comunitarios, que son de todos, que todos podemos usufructuar.
Quienes los destruyan o dañan de ex profeso, sin lugar a dudas que no han comprendido o no entienden que es esencial el respeto a los derechos ajenos, para que se respeten nuestros derechos.
Comencemos por poner las cosas en su lugar, contribuyendo a identificar a los autores de estas acciones, pero no nos quedemos en esto, porque no basta con apagar el fuego, sino que hay que hacer lo posible para que no sigan apareciendo estos incendiarios y las personas que son capaces de realizar estas acciones vandálicas de cualquier forma.
Para esto, hay que trabajar en una educación con contenidos interesantes y suficientemente atractivos para que los individuos que integramos esta comunidad compartamos la responsabilidad y el placer de vivir en ella.

A pesar de que estamos en pleno invierno y las temperaturas son extremadamente bajas se vienen registrando incendios a diario. El hecho es que la mayoría de estos incendios se producen por descuidos o en forma intencional y dado que la vegetación se halla reseca por efecto de las heladas, la extensión es igualmente rápida.

Este hecho demuestra la insanía de la población que tiende a provocar daño a terceros, vaya a saber por qué desequilibrio psicológico que le lleva a regocijarse con el daño cometido.

La sequía han aumentando notoriamente el riesgo de incendio en los campos y otros lugares, pero el riesgo no sería mayor si no hubiera una conducta delictiva en algunas personas que aprovechando el anonimato inician el fuego, confiadas en que no serán descubiertos.

Pese a todas las exhortaciones y advertencias que se han formulado, precisamente alertando de este riesgo, hay gente que no sólo comete imprudencias, como el abuso de la pirotecnia sin tener en cuenta los sitios donde se lanzan, sino que en muchos casos encienden las fogatas como «diversión», para provocar situaciones de emergencia.

Cuesta creer que estos malvivientes constituyan un número cada vez más preocupante y es indudable que estas patologías responden a una «enfermedad» social que se hace evidente.

Es la misma que determina un total desprecio por los bienes ajenos la que profesan ciertos muchachones, cuyo número también aumenta, deambulando en las calles con las primeras sombras o aún a plena luz del día en búsqueda de víctimas  solitarias o más vulnerables para sus arrebatos.

Es una muestra también que necesitamos revertir muchas cosas, sobre todo a nivel educativo, para volver a creer en los valores comunitarios, en las acciones que suponen solidaridad, respeto y orden para defender la comunidad y en este marco los bienes comunitarios, que son de todos, que todos podemos usufructuar.

Quienes los destruyan o dañan de ex profeso, sin lugar a dudas que no han comprendido o no entienden que es esencial el respeto a los derechos ajenos, para que se respeten nuestros derechos.

Comencemos por poner las cosas en su lugar, contribuyendo a identificar a los autores de estas acciones, pero no nos quedemos en esto, porque no basta con apagar el fuego, sino que hay que hacer lo posible para que no sigan apareciendo estos incendiarios y las personas que son capaces de realizar estas acciones vandálicas de cualquier forma.

Para esto, hay que trabajar en una educación con contenidos interesantes y suficientemente atractivos para que los individuos que integramos esta comunidad compartamos la responsabilidad y el placer de vivir en ella.