Fausto Bentancur ha sido una de tantas caras visibles del Grupo Oncológico Vivir Mejor que pudieron hacer de la nada una obra maravillosa con el apoyo solidario de la gente. Nos dijo que cuando se jubile escribirá un libro contando “la verdadera historia de Casa Amiga”, es por ello que hemos decidido dejar algunos detalles de esa historia fuera de esta entrevista para que sean rebelados en ese momento. De todas formas es buena cosa contar otro aspecto, la batalla contra el cáncer, la génesis del Grupo Oncológico Vivir Mejor y la demostración que pese a los obstáculos que surgen en la vida, por terribles que fuesen, si se quiere salir adelante, se puede.
- ¿Qué pasó por su cabeza cuando se enteró que tenía cáncer?
- El cáncer me lo palpé yo, encontré un bultito en un testículo y me fui al médico. Enseguida se vino la ecografía y cuando quise acordar ya estaba operado. El radiólogo de ese momento que me hizo la ecografía era Germán Amorim, con quien somos muy amigos, me dijo, “mirá Fausto, por lo que veo si esto es un tumor, yo ya actúo”, y ya habló con mi primo, había faltado una operación y justo estaba Villar, así que me llevaron al Panamericano, y cuando quise acordar ya estaba operado. Sinceramente capaz que en ese momento no me dio para darme cuenta de lo que estaba pasando, sabía que era un tumor pero no sabía si era bueno o malo. Pero mi cabeza era, “ta, me operan, me extirpan el testículo y se terminaba todo”. Justo venía semana santa o de turismo, esto fue en abril de 2000, y bueno, pasamos esa semana, me fui para casa, cuando tuve que volver el lunes después de esa semana de descanso, me acuerdo que mi primo no se animó y le dice a Miguel hablá vos y me dijo, “mirá Fausto, estás con un tumor maligno, vas a pasar para el oncólogo, vas a hacer el tratamiento que se necesite, fue agarrado a tiempo, pero no podemos jugar con esto”.
Sigo diciendo lo mismo, al cáncer hay que respetarlo un montón. No hay que tener miedo a hacer lo que indican los médicos,
hay que confiar mucho, tener mucha fe, ser muy positivo, estar como en mi caso rodeado de una familia extraordinaria, mi señora, mi hija, mi suegra, mi madre, mi cuñado, todos estaban al pie del cañón, muchos amigos… y la fe de uno. Pero que la cosa es brava, es brava. Me acuerdo que cuando llegué a casa ese día me puse a llorar, no tengo vergüenza en decirlo porque dicen que los hombres no lloran, pero a veces para sacar eso de adentro… pasa que en ese momento tenía una hijita chica, uno piensa todo, porque antes cáncer era muerte y hoy es sinónimo de lucha, posibilidad de seguir viviendo…
- ¿La mitad de la batalla contra el cáncer pasa por tener la cabeza en orden y en positivo?
- Vos sabés que sí. Cuando empezaron a hacerme la quimio, a mi concuñado –porque soy de una familia de muchos médicos- el doctor Pamparatto, le pregunté directamente, “Marcos, ¿esto me puede matar?”, “Sí”, me dijo. La quimio fue muy agresiva, muy fuerte, y bueno, yo estuve adentro del cajón, y ahí, cuando toqué fondo, cuando me dije, “bueno, si no pongo de mí de acá no salgo”… miraba a mi hija, miraba a mi señora, miraba a mis amigos que me estaban dando fuerza pero faltaba lo mío. Te digo que es un noventa por ciento lo que uno tiene que poner de ganas de vivir y decir que hay algo por qué salir, se puede, se puede y se puede, era constante. Recuerdo que mi señora me ponía la canción de Sergio Dénis, “la vida vale la pena”, canción que tiene un contenido, un mensaje, y bueno, ahí empezamos a remarla.
Te voy a contar algo que solo se lo he contado a amigos. Cuando estaba en el sanatorio Panamericano, que no me pudieron poner ni en el CTI porque entré sin nada de defensas, me pusieron en una pieza aparte porque no sabían que iba a pasar. Algunos creerán, otros no, en esos días qué no tenía fuerzas ni para levantar una taza con café, vi la virgen y a mi padre que había perdido en setiembre del 99, al cual siempre adoré, como a mi abuela que fue la que me crió, había perdido a los dos en el 99, enero y setiembre de ese año fueron crueles, un cuñado también en febrero… y vi a la virgen y a mi padre que me decía “vamos arriba que se puede, tenés que salir, tenés mucho por hacer”… Recuerdo como el día de hoy cuando Daniel entra y me pega un abrazo y me dijo, “ahora sí, estás fuera de peligro”. Fueron tres días que no daban nada por mí porque no tenía ni defensas.
- Luego de pasar por esta experiencia tan extrema, incluso de llegar a tocar el cajón como recién dijo, ¿se mira la vida desde otra perspectiva o nada cambia?
- Sin duda, la vida se ve de otra forma. En aquel momento uno estaba enfrascado en tantas cosas, en aquella vorágine de querer más de aquello y de esto, y el Señor me mostró que venimos y nos vamos desnudos, aquella locura de mucha gente, en donde me encontraba incluido de querer tener algo más debienestar, es algo tan simple, una cosa tan sin sentido, porque hoy estamos y dentro de un segundo no sabemos qué nos puede pasar.
Iba por ejemplo a Salto Chico, y si me preguntás si escuchaba el sonido del agua chocando con las piedras, te digo que no. Hoy es un disfrute ir con mi señora a tomar mate ahí. El sentir cantar los pájaros, nunca me había puesto a pensar en una cosa de esas, es hermoso. El ver el atardecer en nuestro querido río Uruguay, bueno, todos esos paisajes que te decían que eran hermosos no los veía, hoy veo eso y mucho más. Pero no solo a mí me pasa eso, en el grupo siempre contamos eso.
- ¿En qué momento surge la idea de juntarse personas que han pasado por esta experiencia y formar el grupo?
- La idea fue de dos amigas, Teresita Artave, que es nuestra vicepresidenta, y Silvia Tarabini que por motivos personales se alejó del grupo pero siempre está, ellas fueron las que empezaron con esto. Enseguida me llamó Teresita, los dos somos del mismo club, de Chaná, todos se ríen porque dicen que somos los únicos dos o tres socios que tiene (risas), y me dice, “che Fausto, estamos por hacer tal y tal cosa, ¿qué te parece?”. Me acuerdo que los primeros que nos reunimos en el Club Chaná eran ellas dos, estaba yo, la Pocha, una señora que ya no está más entre nosotros, un ejemplo de vida a quien seguimos adorando, y dos o tres personas más, como mi señora, Berta Chiesa, Anita Giambiagi. Hoy el grupo de autoayuda no te baja de treinta o cuarenta personas, se van renovando porque hay gente que cumple su ciclo o dejan pasar un tiempo y vuelven a entrar, pero siempre anda en esa cantidad de gente. En principio eran reuniones para ayudarnos mutuamente…
- ¿Era para sobrellevar la enfermedad o se trataba de personas que ya habían pasado por esa experiencia?
- Algunos estaban en plena enfermedad, otros habíamos pasado pero estábamos en plenos controles con los miedos naturales que hoy sigo teniendo, te soy bien sincero, cada vez que tengo que ir a hacerme un estudio voy en positivo pero pensando en eso, te queda esa sensación. Pero bueno, gracias a Dios muchos hemos pasado, seguimos peleándola y estamos en el grupo.
El grupo se formó el 13 de febrero de 2003, éramos de Salud Pública y de la mutualista privada. Veíamos que eran muy bien atendidos en nuestro querido hospital pero la parte edilicia era un desastre, en aquel momento el director del hospital era Richard Boucq, con quien tuvimos un gran entendimiento desde el comienzo. Ahí empezamos a hacer el Hospital de Día que hoy es una belleza por cómo se dejó equipado. Hay dos salas para hacerse la quimio, cada uno con sus baños privados, con televisión, con aire acondicionado, con equipos de música, sillones que vinieron de regalo de Montevideo, es decir, con todo lo que tiene que tener.
Eso fue lo primero que hicimos. Me acuerdo que faltaba la cámara de flujo laminar, lo que llevó su proceso conseguirla, que la importamos de los Estados Unidos por medio del Ministerio de Salud Pública. Pero cuando estábamos en eso, surgió a pedido de nuestro querido “hermano mayor” –porque no le gusta que le digamos padrino-, el doctor Ignacio Miguel Musé, el construir la Sala de Cuidados Paliativos. Se empezó con eso, ahí termina la parte de Boucq y empezamos con Juan Pablo Cesio. Seguimos luego con el colposcopio y con todo lo que nos pidió el “Traca” que necesitaba tener sus análisis on line para hacer consultas al instante con alguna universidad o alguien del exterior, así como todo el material técnico. Después fuimos al ecógrafo eco dirigido que precisaba Villar.
- Con toda esta importante obra que han venido haciendo como Grupo Oncológico Vivir Mejor desde el año 2003, sin embargo lo que nos queda a todos en la memoria es el trabajo por “Casa Amiga”.
- Las etapas las veníamos haciendo y nunca nos tomamos un tiempo para festejar los logros porque por ejemplo, terminamos el Hospital de Día y nos pusimos a trabajar en la Sala de Cuidados Paliativos, del Santa Lucía para acá es la única que se hizo, se terminó y a otra cosa. Se pedían los distintos equipos, como recién comentaba, lo pedían los médicos, lo consultábamos al doctor Ignacio Miguel Musé, nos daba la orden y salíamos a recolectar la plata, y se terminaba. En 2007 cae esta idea loca, porque vi la necesidad y se lo comenté al grupo, se pusieron las pilas y me dijeron –como me dicen “locura” en el grupo-, “bueno, vamos a seguir tu locura”, y hoy es una realidad “Casa Amiga”, que viene a ser un brazo del Grupo Oncológico Vivir Mejor. El primer brazo es el grupo de autoayuda, de ahí nacemos como grupo, después viendo la necesidad que había en el hospital, saltamos para hacer las cosas en el hospital, y viendo la necesidad que tenía la gente que venía de nuestro interior, del país hacia Salto, de Paysandú, Bella Unión, Artigas, se vio la necesidad de conseguir una casa o hacer una casa.
- ¿Cómo explican esa empatía que lograron inmediatamente con la gente?
- Pienso que sucedió porque desde el comienzo fue mostrarle al pueblo lo que nos daban, dónde estaba la plata. Como tú decís, nos conocen por Casa Amiga, pero en aquel momento nosotros hacíamos una obra y se llamaba inmediatamente a conferencia de prensa y ustedes mismos, los periodistas, eran sabedores de lo que se había conseguido. Pienso que ahí está, el haber llegado al corazón, mucha gente que nos conoce de muchos años. Estamos vinculados en forma personal al campo hace treinta años y el campo ha donado, me animo a decir de esa obra el ochenta por ciento. La cristalinidad y la confiabilidad de la gente es lo que nos ha permitido hacer esta tarea, de la que aún quedan cosas por hacer, y en eso estamos.






