Algunos recuerdos que nunca serán olvidados

Planificar, preparar, organizar y luego ejecutar, una visita papal, es asunto complicado. Cuesta trabajo, imaginación, disciplina, ejecutividad, coordinación, vocación y dinero. También meses  de previsiones y decisiones, para solamente dos horas de presencia. Así fue la visita del Papa Juan Pablo II a Salto, el 9 de mayo de 1988.

Anuncio
Una tarde fui convocado a la Curia Diocesana y me encontré allí con varias personas del laicato católico, acogidos en la Biblioteca por Monseñor Marcelo Mendiharat y los sacerdotes Emilio Ghidotti y Carlos Bernardi. Nos comunicaron que oficialmente se había confirmado la nueva visita de Juan Pablo II al Uruguay y que estaría en Montevideo, Florida, Melo y Salto. Una misa campal a las 10 de la mañana del 9 de mayo de 1988. Nos dieron, además, las informaciones básicas: la formación de una comisión ejecutiva de la propia sede episcopal, además de las diversas comisiones de carácter nacional y departamental que se formarían. La alegría fue total y total también, el trabajo que nos adjudicaron a cada uno. Desde la liturgia a la prensa, desde el lugar al altar más un larguísimo etcétera.
El lugar
El Comité comenzó a funcionar de inmediato. Cada uno buscando las soluciones de su trabajo específico y cada tanto en reuniones para poner cosas al día. Uno de los puntos clave fue elegir el lugar de la Misa.  Grande mi sorpresa al saber que para decidir, había que tener en cuenta muchas variables. Espacio para la concurrencia, acceso fácil, elementos de seguridad, cercanías al aeropuerto y muchas variables adicionales. Se anunció la visita del Nuncio, para dar el visto bueno. Monseñor Andrea Lanza di Montezémolo, quien era parte de esa familia del norte de Italia, vinculada a Fiat y Ferrari; y luego Cardenal. Hombre ejecutivo y visionario. Miró varios lugares, entre otros: el Parque Harriague,  el Dickinson; la Avenida Batlle, la subida al cuartel etc,; hasta que llegamos al sitio del Parque Mattos Netto. Entre pastizales y sin la calle que hoy pasa por frente al Monumento, se paró, miró hacia abajo, y dijo:” Acá”. Había visto la capacidad, la visual , la visión del río detrás.
El Altar
Alfredo y Gustavo Peirano quedaron a cargo de la idea y de su construcción. Se buscó y logró darle una identidad semejante a la vivienda de campaña, por sus materiales, que fuera digna y modesta al mismo tiempo. Los largos ,muy largos troncos que formaban la pirámide, en sus ejes, se seleccionaron de los montes de eucaliptos del ·El Espinillar. La construcción demando, además, todo un acondicionamiento de los costados, las escaleras, los sectores del público, las vallas de seguridad. Su posterior pérdida en un incendio previsible, dejó a las fotos como único recuerdo.
Los medios de
comunicación
Acá jugaba la modernización. Los medios de comunicación debían tener infraestructura y amplia posibilidad de acceso a todo, prioridad absoluta. La prensa local no era lo mismo, que las exigencias de la nacional, ni mucho menos, que los “monstruos” de la internacional. Una cosa éramos los que estábamos aquí en el país y otra-muy distinta- los especialistas vaticanistas que viajaban con S.S, ya hacía años. Acreditaciones oficiales, seguras, firmadas y selladas, sitio especial para cubrir la noticia, seguridad para cumplir sus funciones.
La televisión
Como encargado de prensa debí coordinar con la gente del canal 10, a cargo de la trasmisión internacional, la instalación de la torre de captación de imágenes, la ubicación de las demás cámaras y la seguridad de que las imágenes saldrían en vivo y con calidad, para todo el mundo. Esas visitas papales eran difundidas por la TV Vaticana, en directo al resto del mundo. Se puede afirmar que los técnicos nacionales y sus ayudantes locales, más la acción de ANTEL, cumplieron sus tareas.
La sala de prensa
Aunque la prensa local tenía sus modos de trasmitir en directo y la nacional también, era obvio que los periodistas extranjeros, que viajaban en el avión papal, llegaban, cubrían y se iban. Pero igual –por las dudas- se instaló una sala de prensa en la Casa Diocesana, dotada de comunicaciones telefónicas directas al mundo. No había celulares ni internet. Por las dudas recuerdo que no había celulares, ni cámaras digitales, y que la larga distancia internacional, había que pedirla por operadora. Se previó todo, pero el uso fue escaso. La única periodista que el día anterior anduvo por ahí fue Sonia Breccia. El único llamado telefónico lo aproveché yo, para hablar (gratis por supuesto) con mi hija que vivía en Alemania
La coordinación
No creo que nunca haya habido necesidad de coordinar más entre tanta gente. Había que hacer obras, por ejemplo la pavimentación a nuevo de Avenidas Solari, Pascual Harriague y Costanera sur hasta el Altar, limpieza, vallados, torres,  todo. La Intendencia, el Ministerio del Interior, la Cancillería, Defensa Nacional, el puente de la represa, los servicios de UTE,ANCAP, ANTEL, etc etc, la Salud, la Seguridad, el comercio y la industria, el transporte y las comunicaciones. Meses y meses de labor sin pausas.
La amplificación
“El Papa viene para que lo oigan, no para que lo vean”, así definió el Nuncio, la necesidad de que la amplificación fuera potente, clara y sin baches. Tenían que haber micrófonos para orquesta, coro, sacerdotes, el Papa, que no se acoplaran y el sonido fuera audible a miles de personas. Un equipo capaz de cubrir esa necesidad, no había entonces, en el Uruguay. Se contactó una empresa de Rosario, Argentina, con la cual hubo que negociar arduamente. Primero, por las garantías del servicios, luego por el costo, que llegó a los U$S 25.000 y después, por las facilidades de traslado, paso de frontera, instalación, alojamiento etc.  Nadie imagina las horas que costó llegar al punto exigido. Se cumplió.
Invitaciones y disposiciones
Un asunto aparte de allanar y limpiar el lugar, era donde se ubicaba la gente, sin que hubiera el mínimo desorden y cada uno llegara fácil, a donde le tocaba. Si se pone atención en las trasmisiones vaticanas de hechos importantes, se observará, que hay zonas delimitadas, donde van unos invitados, de diverso tipo y preferencia la misma clase, es decir hay jefes de estado, embajadores, visitantes ilustres y de los otros y público en general. Esa misma tarea –y sin la experiencia vaticana- debió armarse aquí. La zona fue perfectamente delimitada, así como los accesos y las invitaciones , con diversa redacción ,indicaban todo: desde que los sacerdotes debían llevar sus hábitos, hasta el acceso y la silla que le tocaba a los demás. Los carnecitos diferentes  para periodistas, cooperadores, comulgantes; los necesarios para los autos
Rigurosidad
Debió aplicarse en todo. No valía amistad alguna para hacer un favorcito, ubicar a alguien, darle noticias confidenciales a nadie. En especial, no violar la seguridad. Muy pocos sabían-ni saben- que detrás del papamovil, hubo un coche de emergencia, con solamente el conductor. Fue “Tomate” García, el empleado bancario. Pocos saben que el día anterior llegó el papamóvil,  en el Hercules C-130 de la FAU. Casi nadie vio al GEO, recién creado, tomando a su cargo la pista de Nueva Hespérides. Tanta  seguridad que casi me afecta. Fui uno de los 60 privilegiados que tomarían la Comunión, de las manos de Juan Pablo II , pero se habían olvidado de darme un carnecito amarillo, sin el cual no se podía pasar a hacer la fila. Diga que la chiquilina que estaba asegurando no se colara nadie, me identificó y corrió a traerme una. Si no, la quedo.
Chorizos
Se editó un boletín durante semanas antes, para informar de todos los detalles. En enero me reuní con la Directiva del Centro Comercial, para prever los temas de los “puestos”, aclarando que no se permitiría venta de nada. Menos si hacía ruido o provocaba humo. Ellos entendieron y apoyaron. Pero otra gente se aferró a que podrían hacer la zafra. La semana antes del día fijado, era vox populi que habría decenas de vendedores, sobre todo medio tanques. Pedí una asamblea con todos los interesados, que se hizo en el patio del Centro. No se eludió nada, desde que se sacaría a cualquiera que irrumpiera en el predio  boceando productos a que se desalojaría a quienes estuvieran en el predio o a la vista. Todavía más: se trató de convencerlos de que no había “Mercado”. La gente tenía tiempo de desayunar, trasladarse para estar a las 10 y regresar al mediodía para almorzar, en un día que era feriado local. Algunos entendieron y otros buscaron calles laterales, predios vacíos, algunos garajes. Les pasó lo mismo que al hombre de la película “El Baño del Papa”.. Al otro día andaban ofreciendo “el clavo”.
Los argentinos
Otro mito fue el de la concurrencia masiva de argentinos y el trancazo en el puente. Hablaban de 500 ómnibus y miles de autos. En un salón de la Intendencia traté de explicar que la cifra de ómnibus era exagerada, casi apocalíptica; que el Pontífice había estado hacía poco en Argentina, que allá no era feriado, etc etc. No me creyeron. Gente de muy buena voluntad se instaló desde el paso de fronteras hasta  elAltar, para aliviar el tránsito. A las 9 de la mañana uno de los entusiastas me llamó apara decirme que  “usted tenía razón, pasaron tres autos y un ómnibus.
Ensayo
Uno o dos días antes, cuando se suponía estaba todo pronto, alguien dispuso había que hacer un simulacro. Pero no cualquiera: el de un posible atentado contra el Pontífice, o la ocurrencia de una indisposición de salud. Se necesitaba un “doble”. Monseñor Nicolini se ofreció. Se sentó en la silla papal y se hizo el desmayado. El Dr, Leal que encabezaba el equipo de emergencia, demostró su agilidad subiendo desde el costado, con sus auxiliares, colocaron al desmayado en la camilla y lo reanimaron y llevaron a la sala de primeros auxilios. Lástima que cuando Monseñor Nicolini tuvo su infarto, nadie pudo ayudarlo.
Sala de urgencia
Debía haber cerca del sitio, una sala equipada de cuidados intensivos. Casi nadie sabe que estuvo en la Capilla Don Bosco, con equipo completo y a las órdenes del Dr. Néstor Campos. Felizmente nadie necesitó auxilios y todo transcurrió en paz. Cabe señalar que hubo gente presente en vigilia desde la noche anterior, que muchos pudieron sentirse mal, pero no ocurrió. El acceso del público a pie estaba bien marcado y tanto al llegar como al irse, nadie sufrió trastorno alguno.
La casa
para cambiarse
Juan Pablo II llegaba con revestimientos propios de su cargo, subía al papamóvil, hacía su recorrido, entraba saludando, pero debía revestirse para la Misa. En la manzana adjunta al sitio de la ceremonia, estaba el rancho de José Cujó y allí se efectuó esa parte, como la del final, para regresar. En la casa, entonces pequeña, se dispuso de todo, lo que se sabía el Santo Padre pudiera necesitar. Incluido un teléfono directo con el Vaticano, por si pasaba algo. No se usó.
Discusiones
en la noche
Nadie podrá suponer que en semejante experiencia, no haya habido alguna trifulca. Menores, de palabra no más. La noche anterior yo tuve dos. Una, con mi queridísimo Padre Emilio. El dueño de los servicios de amplificación, me exigía dos tarjetas para la zona preferencial, para dos de sus empleados y el P. Ghidotti (nunca entendí porqué) se enojó y dijo que no daba nada. El otro me amenazó con no hacer la amplificación. Yo caminaba desconcertado por el pasillo de la Curia, cuando llegó Mons.Marcelo, me dio los dos pases y me indicó silencio. La otra, fue el secretario de la Presidencia Walter Nessi, en presencia del Intendente Malaquina, parados frente al Altar. Nessi, vio unas nubecitas y se alarmó. Quería llamar al cuartel y a los camioneros y toldar todo el espacio. Yo sentí que era arruinar todo lo que se había preparado. Miré el cielo y le dije, de puro atrevido  :” Como salteño, le digo que mañana no llueve”. Malaquina asintió con la cabeza y Nessi se convenció. Bendito sea Dios que al otro día fue una espléndida mañana.  Pero que pasé la noche inquieto, no lo dude nadie.
Los saludantes
Cuando el avión levantó vuelo de Carrasco, estábamos en la estación de Nueva Hespérides, algunas autoridades, algunos encargados y alguien preguntó cuál era la fila para saludar. Es decir, quienes se formaban al costado de la escalerilla, para ser saludados por el Romano Pontífice. Cancillería no la había hecho. Vaticano decía debían ser no más de diez. Había más de diez que querían. Por esas cosas, me había reencontrado con el Dr. Jorge Carvalho Santini, amigo de la niñez, en ese momento embajador a cargo de la visita y en el mostrador del aeropuerto, hicimos la lista. Conformamos a todos, bueno, a casi todos.
Los muchachos exigen
Ya dije que había llegado el GEO (Grupo especial de Operaciones ) de la Policía capitalina, que hacía sus primera acción. Era la primera vez que veíamos a esos tipos todos de negro, con mil artefactos en la cabeza, las piernas, los tapabocas, los chalecos, las armas, bueno, esos de las películas. El jefe muy atento, pero riguroso, exigía la pista “limpia”. Solo para autorizados. Mientras tanto, afuera de la sala de pasajeros, los cronistas y fotógrafos de la prensa local y nacional, querían ingresar a la pista. El jefe no quería. Yo fui y vine varias veces, recibiendo los propios insultos que entre colegas nos damos. Muchos eran mis amigos, la cosa se ponía gruesa, hasta que no sé cómo, logré que el GEO aflojara y me dejara pasar a los muchachos.
Los otros muchachos
Mi posibilidad de andar suelto en la pista, se debía a que se me había asignado la tarea de recibir y trasladar a los periodistas que venían en el avión. Las instrucciones decían que mientras el Papa bajaba por la puerta delantera y saludaba, y antes de que saliera el papamóvil, los periodistas bajaban por la puerta trasera y yo debía acomodarlos en el ómnibus y salir antes que el Pontífice, para que ellos estuvieran en el Altar cuando arribara. Tenía un ómnibus de Agencia Central conducido por Urtarán, pronto, con motor prendido y puerta abierta. Me puse en la escalerilla y con cuanta forma rudimentaria de italiano, inglés y francés, pude ejercitar, los invitaba a subir al transporte. Ni pelota. Se fueron todos a captar la salutación del papa. Fueron segundos decisivos, hasta que por arte de magia, salimos un momento antes que el móvil papal.
De otra galaxia
Así me sentí , cuando quise , parado en el pasillo, contarles algo de Salto, mencionarles el río, la costa argentina, entregarle una carpetas informativas que habíamos preparado. Unos cerraban los ojos, otros armaban sus cámaras, alguno me recibía los folletos, otros hablaban entre ellos. Los señores de la prensa mundial, acostumbrados a hablar con el Santo Padre en los vuelos, ¿qué bolilla podían dar al pelado ese que molestaba con sus cosas?. Peor fue cuando al llegar al costado del Altar, les informé que debían ir al Palco que nos habían hecho hacer para la prensa y donde estaban los chicos de Salto y debajo, a la sombra, Sonia Brecia. Los tipos, siguieron caminando hasta donde quisieron, tenían la complicidad de toda la guardia vaticana ,que sabía quiénes eran. Entonces vino Rodolfo Katzenstein, encargado nacional de prensa de la visita, muy amigo y me dijo: “Quique, no te preocupes, es así siempre”.
Al retorno
La otra tarea que tenía, era llevar de regreso a los citados colegas, para que subieran al avión antes que Juan Pablo II. Es decir, que cuando el visitante regresara en su vehículo, saludara a quienes le despedían, unos pocos y subiera último, para partir. Ahí sí, me acataron las sugerencias. Subieron todos al avión de PLUNA, un 737, no de “estos de ahorita”. Cerraron la puerta. En ese instante llegaba el Papa. Me fui al costado de la puerta delantera. Bajó del coche y la Banda Municipal, dirigida por Bautista Peruchena, tocaba una pieza polaca. Wojtyla se separó de sus custodios y fue directamente a saludar a Bautista. Se dio vuelta y vino hacía donde estaba. Le tendí la mano para besar la suya y decirle gracias. Por más normas,  protocolos, previsiones, planes que se hagan, siempre hay un agujerito. Yo tuve el mío en ese momento.

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Una tarde fui convocado a la Curia Diocesana y me encontré allí con varias personas del laicato católico, acogidos en la Biblioteca por Monseñor Marcelo Mendiharat y los sacerdotes Emilio Ghidotti y Carlos Bernardi. Nos comunicaron que oficialmente se había confirmado la nueva visita de Juan Pablo II al Uruguay y que estaría en Montevideo, Florida, Melo y Salto. Una misa campal a las 10 de la mañana del 9 de mayo de 1988. Nos dieron, además, las informaciones básicas: la formación de una comisión ejecutiva de la propia sede episcopal, además de las diversas comisiones de carácter nacional y departamental que se formarían. La alegría fue total y total también, el trabajo que nos adjudicaron a cada uno. Desde la liturgia a la prensa, desde el lugar al altar más un larguísimo etcétera.

El lugar

El Comité comenzó a funcionar de inmediato. Cada uno buscando las soluciones de su trabajo específico y cada tanto en reuniones6  CESIO IMPONENTE VISTA para poner cosas al día. Uno de los puntos clave fue elegir el lugar de la Misa.  Grande mi sorpresa al saber que para decidir, había que tener en cuenta muchas variables. Espacio para la concurrencia, acceso fácil, elementos de seguridad, cercanías al aeropuerto y muchas variables adicionales. Se anunció la visita del Nuncio, para dar el visto bueno. Monseñor Andrea Lanza di Montezémolo, quien era parte de esa familia del norte de Italia, vinculada a Fiat y Ferrari; y luego Cardenal. Hombre ejecutivo y visionario. Miró varios lugares, entre otros: el Parque Harriague,  el Dickinson; la Avenida Batlle, la subida al cuartel etc,; hasta que llegamos al sitio del Parque Mattos Netto. Entre pastizales y sin la calle que hoy pasa por frente al Monumento, se paró, miró hacia abajo, y dijo:” Acá”. Había visto la capacidad, la visual , la visión del río detrás.

El Altar

Alfredo y Gustavo Peirano quedaron a cargo de la idea y de su construcción. Se buscó y logró darle una identidad semejante a la vivienda de campaña, por sus materiales, que fuera digna y modesta al mismo tiempo. Los largos ,muy largos troncos que formaban la pirámide, en sus ejes, se seleccionaron de los montes de eucaliptos del ·El Espinillar. La construcción demando, además, todo un acondicionamiento de los costados, las escaleras, los sectores del público, las vallas de seguridad. Su posterior pérdida en un incendio previsible, dejó a las fotos como único recuerdo.

Los medios de comunicación

Acá jugaba la modernización. Los medios de comunicación debían tener infraestructura y amplia posibilidad de acceso a todo, prioridad absoluta. La prensa local no era lo mismo, que las exigencias de la nacional, ni mucho menos, que los “monstruos” de la internacional. Una cosa éramos los que estábamos aquí en el país y otra-muy distinta- los especialistas vaticanistas que viajaban con S.S, ya hacía años. Acreditaciones oficiales, seguras, firmadas y selladas, sitio especial para cubrir la noticia, seguridad para cumplir sus funciones.

La televisión

Como encargado de prensa debí coordinar con la gente del canal 10, a cargo de la trasmisión internacional, la instalación de la torre de captación de imágenes, la ubicación de las demás cámaras y la seguridad de que las imágenes saldrían en vivo y con calidad, para todo el mundo. Esas visitas papales eran difundidas por la TV Vaticana, en directo al resto del mundo. Se puede afirmar que los técnicos nacionales y sus ayudantes locales, más la acción de ANTEL, cumplieron sus tareas.

La sala de prensa

Aunque la prensa local tenía sus modos de trasmitir en directo y la nacional también, era obvio que los periodistas extranjeros, que viajaban en el avión papal, llegaban, cubrían y se iban. Pero igual –por las dudas- se instaló una sala de prensa en la Casa Diocesana, dotada de comunicaciones telefónicas directas al mundo. No había celulares ni internet. Por las dudas recuerdo que no había celulares, ni cámaras digitales, y que la larga distancia internacional, había que pedirla por operadora. Se previó todo, pero el uso fue escaso. La única periodista que el día anterior anduvo por ahí fue Sonia Breccia. El único llamado telefónico lo aproveché yo, para hablar (gratis por supuesto) con mi hija que vivía en Alemania

La coordinación

No creo que nunca haya habido necesidad de coordinar más entre tanta gente. Había que hacer obras, por ejemplo la pavimentación a nuevo de Avenidas Solari, Pascual Harriague y Costanera sur hasta el Altar, limpieza, vallados, torres,  todo. La Intendencia, el Ministerio del Interior, la Cancillería, Defensa Nacional, el puente de la represa, los servicios de UTE,ANCAP, ANTEL, etc etc, la Salud, la Seguridad, el comercio y la industria, el transporte y las comunicaciones. Meses y meses de labor sin pausas.

La amplificación

“El Papa viene para que lo oigan, no para que lo vean”, así definió el Nuncio, la necesidad de que la amplificación fuera potente, clara y sin baches. Tenían que haber micrófonos para orquesta, coro, sacerdotes, el Papa, que no se acoplaran y el sonido fuera audible a miles de personas. Un equipo capaz de cubrir esa necesidad, no había entonces, en el Uruguay. Se contactó una empresa de Rosario, Argentina, con la cual hubo que negociar arduamente. Primero, por las garantías del servicios, luego por el costo, que llegó a los U$S 25.000 y después, por las facilidades de traslado, paso de frontera, instalación, alojamiento etc.  Nadie imagina las horas que costó llegar al punto exigido. Se cumplió.

Invitaciones y disposiciones

Un asunto aparte de allanar y limpiar el lugar, era donde se ubicaba la gente, sin que hubiera el mínimo desorden y cada uno llegara fácil, a donde le tocaba. Si se pone atención en las trasmisiones vaticanas de hechos importantes, se observará, que hay zonas delimitadas, donde van unos invitados, de diverso tipo y preferencia la misma clase, es decir hay jefes de estado, embajadores, visitantes ilustres y de los otros y público en general. Esa misma tarea –y sin la experiencia vaticana- debió armarse aquí. La zona fue perfectamente delimitada, así como los accesos y las invitaciones , con diversa redacción ,indicaban todo: desde que los sacerdotes debían llevar sus hábitos, hasta el acceso y la silla que le tocaba a los demás. Los carnecitos diferentes  para periodistas, cooperadores, comulgantes; los necesarios para los autos

Rigurosidad

Debió aplicarse en todo. No valía amistad alguna para hacer un favorcito, ubicar a alguien, darle noticias confidenciales a nadie. En especial, no violar la seguridad. Muy pocos sabían-ni saben- que detrás del papamovil, hubo un coche de emergencia, con solamente el conductor. Fue “Tomate” García, el empleado bancario. Pocos saben que el día anterior llegó el papamóvil,  en el Hercules C-130 de la FAU. Casi nadie vio al GEO, recién creado, tomando a su cargo la pista de Nueva Hespérides. Tanta  seguridad que casi me afecta. Fui uno de los 60 privilegiados que tomarían la Comunión, de las manos de Juan Pablo II , pero se habían olvidado de darme un carnecito amarillo, sin el cual no se podía pasar a hacer la fila. Diga que la chiquilina que estaba asegurando no se colara nadie, me identificó y corrió a traerme una. Si no, la quedo.

Chorizos

Se editó un boletín durante semanas antes, para informar de todos los detalles. En enero me reuní con la Directiva del Centro Comercial, para prever los temas de los “puestos”, aclarando que no se permitiría venta de nada. Menos si hacía ruido o provocaba humo. Ellos entendieron y apoyaron. Pero otra gente se aferró a que podrían hacer la zafra. La semana antes del día fijado, era vox populi que habría decenas de vendedores, sobre todo medio tanques. Pedí una asamblea con todos los interesados, que se hizo en el patio del Centro. No se eludió nada, desde que se sacaría a cualquiera que irrumpiera en el predio  boceando productos a que se desalojaría a quienes estuvieran en el predio o a la vista. Todavía más: se trató de convencerlos de que no había “Mercado”. La gente tenía tiempo de desayunar, trasladarse para estar a las 10 y regresar al mediodía para almorzar, en un día que era feriado local. Algunos entendieron y otros buscaron calles laterales, predios vacíos, algunos garajes. Les pasó lo mismo que al hombre de la película “El Baño del Papa”.. Al otro día andaban ofreciendo “el clavo”.

Los argentinos

6 CESIO FOTO PARQUE Otro mito fue el de la concurrencia masiva de argentinos y el trancazo en el puente. Hablaban de 500 ómnibus y miles de autos. En un salón de la Intendencia traté de explicar que la cifra de ómnibus era exagerada, casi apocalíptica; que el Pontífice había estado hacía poco en Argentina, que allá no era feriado, etc etc. No me creyeron. Gente de muy buena voluntad se instaló desde el paso de fronteras hasta  elAltar, para aliviar el tránsito. A las 9 de la mañana uno de los entusiastas me llamó apara decirme que  “usted tenía razón, pasaron tres autos y un ómnibus.

Ensayo

Uno o dos días antes, cuando se suponía estaba todo pronto, alguien dispuso había que hacer un simulacro. Pero no cualquiera: el de un posible atentado contra el Pontífice, o la ocurrencia de una indisposición de salud. Se necesitaba un “doble”. Monseñor Nicolini se ofreció. Se sentó en la silla papal y se hizo el desmayado. El Dr, Leal que encabezaba el equipo de emergencia, demostró su agilidad subiendo desde el costado, con sus auxiliares, colocaron al desmayado en la camilla y lo reanimaron y llevaron a la sala de primeros auxilios. Lástima que cuando Monseñor Nicolini tuvo su infarto, nadie pudo ayudarlo.

Sala de urgencia

Debía haber cerca del sitio, una sala equipada de cuidados intensivos. Casi nadie sabe que estuvo en la Capilla Don Bosco, con equipo completo y a las órdenes del Dr. Néstor Campos. Felizmente nadie necesitó auxilios y todo transcurrió en paz. Cabe señalar que hubo gente presente en vigilia desde la noche anterior, que muchos pudieron sentirse mal, pero no ocurrió. El acceso del público a pie estaba bien marcado y tanto al llegar como al irse, nadie sufrió trastorno alguno.

La casa para cambiarse

Juan Pablo II llegaba con revestimientos propios de su cargo, subía al papamóvil, hacía su recorrido, entraba saludando, pero debía revestirse para la Misa. En la manzana adjunta al sitio de la ceremonia, estaba el rancho de José Cujó y allí se efectuó esa parte, como la del final, para regresar. En la casa, entonces pequeña, se dispuso de todo, lo que se sabía el Santo Padre pudiera necesitar. Incluido un teléfono directo con el Vaticano, por si pasaba algo. No se usó.

Discusiones en la noche

Nadie podrá suponer que en semejante experiencia, no haya habido alguna trifulca. Menores, de palabra no más. La noche anterior yo tuve dos. Una, con mi queridísimo Padre Emilio. El dueño de los servicios de amplificación, me exigía dos tarjetas para la zona preferencial, para dos de sus empleados y el P. Ghidotti (nunca entendí porqué) se enojó y dijo que no daba nada. El otro me amenazó con no hacer la amplificación. Yo caminaba desconcertado por el pasillo de la Curia, cuando llegó Mons.Marcelo, me dio los dos pases y me indicó silencio. La otra, fue el secretario de la Presidencia Walter Nessi, en presencia del Intendente Malaquina, parados frente al Altar. Nessi, vio unas nubecitas y se alarmó. Quería llamar al cuartel y a los camioneros y toldar todo el espacio. Yo sentí que era arruinar todo lo que se había preparado. Miré el cielo y le dije, de puro atrevido  :” Como salteño, le digo que mañana no llueve”. Malaquina asintió con la cabeza y Nessi se convenció. Bendito sea Dios que al otro día fue una espléndida mañana.  Pero que pasé la noche inquieto, no lo dude nadie.

Los saludantes

Cuando el avión levantó vuelo de Carrasco, estábamos en la estación de Nueva Hespérides, algunas autoridades, algunos encargados y alguien preguntó cuál era la fila para saludar. Es decir, quienes se formaban al costado de la escalerilla, para ser saludados por el Romano Pontífice. Cancillería no la había hecho. Vaticano decía debían ser no más de diez. Había más de diez que querían. Por esas cosas, me había reencontrado con el Dr. Jorge Carvalho Santini, amigo de la niñez, en ese momento embajador a cargo de la visita y en el mostrador del aeropuerto, hicimos la lista. Conformamos a todos, bueno, a casi todos.

Los muchachos exigen

Ya dije que había llegado el GEO (Grupo especial de Operaciones ) de la Policía capitalina, que hacía sus primera acción. Era la primera vez que veíamos a esos tipos todos de negro, con mil artefactos en la cabeza, las piernas, los tapabocas, los chalecos, las armas, bueno, esos de las películas. El jefe muy atento, pero riguroso, exigía la pista “limpia”. Solo para autorizados. Mientras tanto, afuera de la sala de pasajeros, los cronistas y fotógrafos de la prensa local y nacional, querían ingresar a la pista. El jefe no quería. Yo fui y vine varias veces, recibiendo los propios insultos que entre colegas nos damos. Muchos eran mis amigos, la cosa se ponía gruesa, hasta que no sé cómo, logré que el GEO aflojara y me dejara pasar a los muchachos.

Los otros muchachos

Mi posibilidad de andar suelto en la pista, se debía a que se me había asignado la tarea de recibir y trasladar a los periodistas que venían en el avión. Las instrucciones decían que mientras el Papa bajaba por la puerta delantera y saludaba, y antes de que saliera el papamóvil, los periodistas bajaban por la puerta trasera y yo debía acomodarlos en el ómnibus y salir antes que el Pontífice, para que ellos estuvieran en el Altar cuando arribara. Tenía un ómnibus de Agencia Central conducido por Urtarán, pronto, con motor prendido y puerta abierta. Me puse en la escalerilla y con cuanta forma rudimentaria de italiano, inglés y francés, pude ejercitar, los invitaba a subir al transporte. Ni pelota. Se fueron todos a captar la salutación del papa. Fueron segundos decisivos, hasta que por arte de magia, salimos un momento antes que el móvil papal.

De otra galaxia

Así me sentí , cuando quise , parado en el pasillo, contarles algo de Salto, mencionarles el río, la costa argentina, entregarle una carpetas informativas que habíamos preparado. Unos cerraban los ojos, otros armaban sus cámaras, alguno me recibía los folletos, otros hablaban entre ellos. Los señores de la prensa mundial, acostumbrados a hablar con el Santo Padre en los vuelos, ¿qué bolilla podían dar al pelado ese que molestaba con sus cosas?. Peor fue cuando al llegar al costado del Altar, les informé que debían ir al Palco que nos habían hecho hacer para la prensa y donde estaban los chicos de Salto y debajo, a la sombra, Sonia Brecia. Los tipos, siguieron caminando hasta donde quisieron, tenían la complicidad de toda la guardia vaticana ,que sabía quiénes eran. Entonces vino Rodolfo Katzenstein, encargado nacional de prensa de la visita, muy amigo y me dijo: “Quique, no te preocupes, es así siempre”.

Al retorno

La otra tarea que tenía, era llevar de regreso a los citados colegas, para que subieran al avión antes que Juan Pablo II. Es decir, que cuando el visitante regresara en su vehículo, saludara a quienes le despedían, unos pocos y subiera último, para partir. Ahí sí, me acataron las sugerencias. Subieron todos al avión de PLUNA, un 737, no de “estos de ahorita”. Cerraron la puerta. En ese instante llegaba el Papa. Me fui al costado de la puerta delantera. Bajó del coche y la Banda Municipal, dirigida por Bautista Peruchena, tocaba una pieza polaca. Wojtyla se separó de sus custodios y fue directamente a saludar a Bautista. Se dio vuelta y vino hacía donde estaba. Le tendí la mano para besar la suya y decirle gracias. Por más normas,  protocolos, previsiones, planes que se hagan, siempre hay un agujerito. Yo tuve el mío en ese momento.







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