La nueva evangelización

LA HOMILÍA
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los que sufren (Isaías 61,1). Estas palabras del profeta Isaías que acabamos de escuchar fueron escritas varios siglos antes de la venida de Cristo.
El mismo día en que daba comienzo a su actividad mesiánica –como nos narra el evangelista San Lucas- Jesús, tomando el volumen del profeta Isaías en la sinagoga de Nazaret leyó estas mismas palabras . Ante la gente de su misma ciudad, con quien había vivido durante treinta años declaró: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lucas 4,21).
El Señor se presenta abiertamente como Aquel a quien el Padre “ha ungido” (Is.6l,1) y “ha enviado” al mundo, el que viene con la potencia del Espíritu de Dios para anunciar la Buena Nueva del Evangelio.
Las palabras del profeta Isaías que Jesús aplicó a sí mismo en la sinagoga de Nazaret, señalan el comienzo de la proclamación del Evangelio: el comienzo de la evangelización.
Jesucristo es el primer evangelizador, y así, dondequiera que se anuncia la Buena Nueva en nombre de Cristo, allí mismo actúa. Él como mensajero de salvación. Esta es la salvación que toda la asamblea ha invocado, dirigiéndose a Dios: “Muéstranos, Señor tu misericordia, y danos tu salvación” (Salmo 84/85,8).
El Evangelio es la revelación de Dios, el cual tanto amó al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que el hombre tenga la vida eterna (Cf. Juan 3,15), porque anuncia la liberación a aquellos que se encuentran en la  esclavitud del pecado y de la muerte (Cf.Ibid.); porque sana las llagas del corazón destrozado (Cf.Ibid.) y proclama el “año de gracia del Señor” (Is.6,21), es decir la vida de Dios en los corazones humanos.
500 AÑOS DE DIFUSION
DE LA BUENA NUEVA
Jesucristo, a la vez que dio el Evangelio a la Iglesia, ordenó a los Apóstoles –a ellos en primer lugar-  pero con ellos a todos nosotros: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Marcos 16,15) “hasta los confines de la tierra (Act.1,8).
Se acerca, hermanos míos, el año en que el continente americano –y particularmente América Latina- dará gracias a la Santísima Trinidad por los quinientos años de evangelización, es decir, por los quinientos años de la llegada de la “Buena Nueva” hasta lo que entonces eran “los confines de la tierra”. Discípulos de Cristo proclamaron el Evangelio en las tierras recién descubiertas. Entonces como ahora, seguían teniendo vigencia las palabras que había pronunciado el Maestro: “el que crea y sea bautizado se salvará, el que no crea se condenará” (Mc. 16,16). Conscientes de ello, los primeros evangelizadores, movidos por la fe en las palabras de Cristo y por su amor a las almas, realizaron una labor admirable para acercar a Cristo a los pueblos recién conocidos. Al mismo tiempo, llevaron a cabo un ingente trabajo de promoción social y cultural que hoy es orgullo y patrimonio de todo el Continente, y forma parte del ser nacional de todos estos países. Monumentos artísticos y literarios, gramáticas y catecismos en las principales lenguas indígenas, las ordenanzas y leyes de Indias, son algunos de los frutos de esa obra de civilización. La “Buena Nueva” se extendió en muchas ocasiones, antes de que se instalaran de manera permanente los pobladores europeos y fue siempre un factor de armonía y defensa de los derechos de los más débiles.
LA CONTINUIDAD DE
LA EVANGELIZACIÓN
Jesucristo, a la vez que dio el Evangelio a la Iglesia, ordeno a los Apóstoles- a ellos en primer lugar- pero con ellos a todos nosotros: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc.16,15) “hasta los confines de la tierra (Act.1,8).
Se acerca, hermanos, el año en que el continente americano –y particularmente América Latina- dará gracias a la Santísima Trinidad por los quinientos años de evangelización, es decir, por los quinientos años de  la llegada de “Buena Nueva” hasta lo que entonces eran “los confines de la tierra”. Discípulos de Cristo proclamaron el Evangelio en las tierras recién descubiertas. Entonces, como ahora, seguían teniendo vigencia las palabras que había pronunciado el Maestro: “el que crea y sea bautizado se salvará, el que no crea se condenará” (Mc.16,16).Conscientes de ello, los primeros evangelizadores, movidos por la fe en las palabras de Cristo y por su amor a las almas, realizaron una labor admirable para acercar a Cristo a los pueblos recién conocidos. Al tiempo, llevaron a cabo un ingente trabajo de promoción social y cultural que hoy es orgullo y patrimonio de todo el Continente, y forma parte del ser nacional de todos estos países. Monumentos artísticos y literarios, gramáticas y catecismos en las principales lenguas indígenas, las ordenanzas y leyes de Indias, son algunos de los frutos de esa obra de civilización. La “Buena Nueva” se extendió, en muchas ocasiones, antes de que se instalaran de manera permanente los pobladores europeos y fue siempre un factor de armonía y defensa de los derechos de los más débiles.
LA CONTINUIDAD DE
LA EVANGELIZACIÓN
Este proceso –con sus variaciones locales- tuvo lugar también en el Uruguay. En efecto, las reducciones guaraníticas en el norte y las fundaciones de los Padres Franciscanos en las desembocaduras de los ríos  Negro y Uruguay precedieron en vuestro país a los nuevos asentamientos urbanos, indios misioneros, procedentes de aquellas históricas instituciones, participaron activamente en el establecimiento, construcción y defensa de las poblaciones que fueron apareciendo sucesivamente. La Iglesia estuvo también presente en Montevideo desde su nacimiento como ciudad, cuando fue fundada bajo el patrocinio de los santos Felipe y Santiago, por familias venidas de las Islas Canarias en el navío “Nuestra Señora de la Encina”, siendo acompañadas por algunos eclesiásticos. Es motivo de sano orgullo para los uruguayos representar la presencia constante de Nuestra Señora de los Treinta y Tres en la configuración de esta tierra como nación. El trabajo denodado de tantos sacerdotes, religiosos y laicos, y la llama de la fe siempre viva en las familias cristianas, verdaderas iglesias domésticas, hicieron  posible la continuidad de aquella primera evangelización, y la gozosa realidad de vida cristiana que he comprobado entre vosotros durante mi estancia entre vosotros. Vuestra presencia aquí es una muestra clara de ese “fruto” (Sal.84/85, 13) que ha dado la “tierra” (ibid,) regada por la lluvia del Señor. Todos los que me acompañáis en esta Eucaristía sois parte de esa corona y de esas joyas (cf. Is. 61,10) con que Dios adorna a los que son fieles, a cuantos no cesan  en su empeño por mantener la fe en este país. Por eso es para mí motivo de alegría estar en Salto entre vosotros. A todos saludo con entrañable afecto: al Obispo de esta diócesis, a las autoridades, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, y a todos los fieles. Saludo también a todos los Hermanos en el Episcopado aquí presentes, en especial al Obispo de Tacuarembó y a los fieles de Tacuarembó, así como a los venidos de otros lugares del Uruguay, y a los llegados de regiones limítrofes de Argentina y Brasil.
NUEVA EN SU ARDOR,
MÉTODO Y EXPRESIÓN.
Del profeta Isaías hemos escuchado: “Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos” (Is.61,11). En el año 1992 daremos gracias a Dios, de modo particular, por los continuos brotes y las  continuas “semillas” que ha producido la evangelización, iniciada siglos atrás.  Recordaremos también con gratitud a aquellos que incansablemente han proclamado aquí la “Buena Nueva”, generación tras generación. Llegaremos , en fin, con grata memoria hasta aquellos “primeros cristianos” de América Latina que fueron como tierra buena en la cual la semilla enraizó y dio “fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta” (cf. Mt.13,8). Dispongamos ahora nuestro espíritu para celebrar este V Centenario llevando a cabo en todo el continente americano y en el Uruguay en particular, uma “evangelización nueva”- Nueva en su ardor, en sus métodos en su expresión” (Discurso al CELAM 9.11.83).
Será nueva en su ardor si a medida que se va obrando, corroboráis y más a la unión con Cristo, primer evangelizador. “Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos, los que se convierten de corazón” (Sal. 84/85-9)- El tiempo nuevo de evangelización se inicia por la conversión del corazón. Para entender este anuncio de paz hemos de ser sus amigos, hemos de descubrir nuevamente que la vocación cristiana es vocación de santidad (cf. Lumen gentium 11), pues Dios dijo “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt.5,48). Como ya indicó mi venerable predecesor Pablo VI en el Concilio Vaticano II “ha exhortado con premurosa insistencia a todos los fieles de cualquier condición o grado, a alcanzar la plenitud de la vida cristiana, la perfección de la caridad. Esta fuerte vocación a la santidad puede ser considerada como el elemento más característico de todo el Magisterio conciliar, y por así decir, su último fin” (Sanctitatis clarior 19.3.69)  Es la clave del ardor renovado de la nueva evangelización.
LA PATRIA NACIO CATÓLICA
Vuestra patria, como os recordé el año pasado en Tres Cruces, nació católica y ha dado muchos frutos de apostolado. Ahora ha llegado el momento de la maduración de vuestra fe y el tiempo de una “nueva evangelización”. El renovado ardor apostólico que se requiere en nuestros días para la evangelización arranca de un reiterado acto de confianza en Jesucristo; porque El es quien mueve los corazones. El es el único que tiene palabras de vida eterna para alimentar a las almas hambrientas de eternidad. El es quien nos trasmite su fuego apostólico en la oración, en los sacramentos y especialmente en la Eucaristía. “He venido a traer fuego la tierra y ¿qué quiero sino que arda?” (Lc.12,49). Estas ansias de Cristo siguen vivas en su corazón.
La evangelización, que tiene como proyección necesaria también la preocupación por el bienestar material del prójimo y por hallar remedio a sus necesidades, será eficaz si culmina en la práctica sacramental, que es el cauce por donde discurre la nueva vida que Cristo ofrece como fruto de la redención. A este propósito, aliento vivamente la iniciativa pastoral de vuestros Obispos al haber convocado un Año Eucarístico para que la virtud del amor de Cristo que se nos entrega como alimento, sea la fuente de donde broten los nuevos apóstoles que necesita el Uruguay de hoy.
Sentir ardor apostólico significa tener hambre de contagiar a otros la alegría de la fe. Ciertamente respetando la libertad del prójimo, lo cual no quiere decir indiferencia respecto a la verdad que Dios nos ha revelado. “La palabra que oís no es mía, sino de Aquel que me ha enviado, nos dice Jesús (Jn.14,24). El cristiano por tanto, no da testimonio de un hallazgo humano, sino de una certeza que procede de Dios. Por eso, en un clima de diálogo sincero y de amistad no puede ocultar nunca su fe o prescindir de ella en el enfoque y en la resolución de las distintas cuestiones que plantea la convivencia entre los hombres. El ardor apostólico no es, pues, fanatismo, sino coherencia de vida cristiana. Sin juzgar las intenciones ajenas debemos llamar bien al bien y mal al mal. Es de sobra sabido que desfigurando la verdad no se solucionan los problemas. Es la apertura a la verdad de Cristo  la que trae la paz a las almas. No tengáis miedo a las dificultades ni a las incomprensiones tantas veces inevitables, que produce en el mundo el esfuerzo por ser fieles al Señor. Ya sabemos que el cristianismo nunca fue un camino cómodo y también sabemos que vale la pena gastar la vida día a día, en un trabajo constante por ser coherentes con la fe que hemos recibido.  Abrid a Cristo las puertas de vuestros corazones para que os transforme en propagadores de su Evangelio.
NUEVA EN
SUS MÉTODOS
La evangelización será “nueva en sus métodos si cada uno de los miembros de la Iglesia se hace protagonista de la difusión del mensaje de Cristo”. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor () me ha enviado para dar la Buena Noticia”(Is.61,1) Cada cristiano, puede repetir estas palabras del profeta. Cada uno puede escuchar también, como dirigidas a él , las palabras de Cristo a los Apóstoles poco antes de la Ascensión : “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mt. 16,15). “Todos los fieles –os digo con palabras del Concilio Vaticano II- tienen el deber de hacer apostolado según su condición y capacidad”. La evangelización, pues es la tarea de todos los miembros de la Iglesia. Todos los fieles bajo la guía de sus Pastores, han de ser verdaderos apóstoles. Se trata  de un apostolado que está al alcance de todos los cristianos en su entorno familiar, laboral y social. Es un apostolado que tiene como principio imprescindible el buen ejemplo en la conducta diaria – a pesar de las propias limitaciones personales- y que debe continuarse con la palabra, cada uno de acuerdo con su situación en la vida privada y en la vida pública.
NUEVA EN
SU EXPRESION
Para que la evangelización seá nueva también en su expresión, debéis estar con los oídos atentos a lo que dice el Señor, esto  es, siempre en actitud de escucha a lo que el mismo Señor puede sugerir, en cualquier momento “Muéstranos, Seño, tu misericordia y danos tu salvación. Voy a escuchar lo que dice el Señor (Sal. 84/85, 8-9). Cada hombre y cada mujer cristiano ha de adquirir un sólido conocimiento de las verdades  adecuado a su propia formación cultural e intelectual, siguiendo las enseñanzas de la Iglesia. Cada uno ha de pedir al Espíritu Santo que le permita llevar el “alegre anuncio”, la Buena Nueva”, a todos los ambientes en que se desarrolla su existencia. Esa profunda transformación cristiana le permitirá  verter “el vino nuevo” de que nos habla el Evangelio, en “odres nuevos” (Mt.7,17), anunciar la Buena Noticia con un lenguaje que todos puedan entender.
Los grupos y asociaciones apostólicas han de demostrar particular interés en una mayor profundización en la vida cristiana, en un conocimientos más hondo de la fe católica, así como una participación más frecuente y activa en la vida litúrgica de la Iglesia. Por su parte, los diversos movimientos de apostolado en el Uruguay, los grupos de reflexión y oración, las comunidades de base y asociaciones eclesiales, han dado y continuarán dando, con la gracia de Dios,  frutos que manifiesten la vitalidad propia de la Iglesia. A todos deseo recordarles que “deben ser destinatarios especiales de la evangelización y al mismo tiempo evangelizadores” (Evangeli nuntiandi,58), mostrando en todo momento su genuina fidelidad al Magisterio de la Iglesia, al Papa y a  los Obispos, así como su proyección universalista y misionera, y un decidido compromiso por la justicia.
PROMOCIÓN DE
LA  JUSTICIA
La lectura de hoy, tomada del evangelio de San Lucas, nos muestra a Jesús que siente compasión por la muchedumbre, y que realiza la multiplicación de los panes. Nos dice el texto sagrado que cuando se hizo tarde, se acercaron los discípulos de Jesús a decirle –“despídelos..que vayan a los expendios y aldeas de alrededor y se compren de comer (Mc.6,36). El Señor  respondió_-“Dadles vosotros de comer” (Mc.6,37). Y cuando se vio que las provisiones eran insuficientes, Cristo tomó lo poco que tenían, mandó que se sentaran  todos sobre la hierba y se produjo el milagro: cinco panes y dos peces fueron suficientes para saciar el hambre de cinco mil hombres (cf. Mc.6,44). San Marcos añade que sobraron “doce cestos de pan y  sobras de peces”. (Mc.6,43).
Este acontecimiento es un testimonio elocuente de que la preocupación por el pan para el hombre acompaña siempre la evangelización. Y el pan es símbolo de sus necesidades temporales. La Iglesia ha entendido la evangelización a lo largo de la historia, y por esto, junto con la proclamación de la Buena Nueva se emprendían iniciativas que buscaban satisfacer tales necesidades. Como bien lo señalaba mi predecesor Pablo VI, de feliz memoria, “evangelizar para la Iglesia es llevar la Buena Nueva a todos los estratos de la humanidad, es, con su influjo, transformar desde dentro, hacer nueva la humanidad misma: “Mira que hago un mundo nuevo” (Ap. 21,5 –Evangeli nuntiandi 18). La nueva evangelización, impulsada por el mandamiento del amor, hará brotar la deseada promoción de la justicia y el desarrollo  en su sentido más pleno, así como la justa distribución de las riquezas y el respeto de la dignidad de la persona, como imperativo ineludible para todos y cada uno de los uruguayos. Y “en este empeño –como he indicado en la encíclica “Sollicitudo rei sociales”- deben ser ejemplo y guía los hijos de la Iglesia, llamados según el programa anunciado por el mismo Jesús en la sinagoga de Nazaret, a anunciar a los pobres la Buena Noticia…a proclamar la liberación de los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar  un año de gracia del Señor (Lc.4, 18-19).
EL EVANGELIO DE
LOS POBRES
Leemos también en el libro de Isaías: “Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios, porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo (61,10). Así habla la Iglesia a Cristo. En efecto, Cristo es el Esposo de la Iglesia, según leemos en la carta a los Efesios (cf.Ef.,5,25- 27.32). Como Esposo se preocupa de que su Esposa sea revestida con el manto de salvación. Dios, en efecto, ha amado tanto al mundo que le dio su Hijo unigénito “para que el mundo se salve por El” (Jn.3,17) El Hijo de Dios, se ha dado a sí mismo para restituir al hombre la belleza de la imagen y de la semejanza de Dios. En la Cruz de Cristo y en su resurrección encuentra la fuente el “Evangelio de los pobres” y el “pan de la Eucaristía, así como la fuerza curativa del sacramento de la Reconciliación para vendar los corazones desgarrados (Is.61,1) Y por más que en el camino de la evangelización a lo largo de la historia de la Iglesia- también en este continente- no falten las huellas propias de la debilidad y el pecado multiforme- a pesar de todo, elevemos nuestros ojos con gratitud a Aquel que “nos amó hasta el extremo (Jn.13,1) y nos ha revestido con el manto de salvación (Is. 61,10). Démosle gracias por el amor, por la redención, por la Alianza con Dios en su Sangre. Por la fe y por la vida de fe. Agradezcamos al Señor los cinco siglos de evangelización en toda la América Latina. ¡Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo!”-

LA HOMILÍA

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los que sufren (Isaías 61,1). Estas palabras del profeta Isaías que acabamos de escuchar fueron escritas varios siglos antes de la venida de Cristo.

El mismo día en que daba comienzo a su actividad mesiánica –como nos narra el evangelista San Lucas- Jesús, tomando el volumen del profeta Isaías en la sinagoga de Nazaret leyó estas mismas palabras . Ante la gente de su misma ciudad, con quien había vivido durante treinta años declaró: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lucas 4,21).

El Señor se presenta abiertamente como Aquel a quien el Padre “ha ungido” (Is.6l,1) y “ha enviado” al mundo, el que viene con la potencia del Espíritu de Dios para anunciar la Buena Nueva del Evangelio.

Las palabras del profeta Isaías que Jesús aplicó a sí mismo en la sinagoga de Nazaret, señalan el comienzo de la proclamación del Evangelio: el comienzo de la evangelización.

Jesucristo es el primer evangelizador, y así, dondequiera que se anuncia la Buena Nueva en nombre de Cristo, allí mismo actúa. Él como mensajero de salvación. Esta es la salvación que toda la asamblea ha invocado, dirigiéndose a Dios: “Muéstranos, Señor tu misericordia, y danos tu salvación” (Salmo 84/85,8).

El Evangelio es la revelación de Dios, el cual tanto amó al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que el hombre tenga la vida eterna (Cf. Juan 3,15), porque anuncia la liberación a aquellos que se encuentran en la  esclavitud del pecado y de la muerte (Cf.Ibid.); porque sana las llagas del corazón destrozado (Cf.Ibid.) y proclama el “año de gracia del Señor” (Is.6,21), es decir la vida de Dios en los corazones humanos.

500 AÑOS DE DIFUSION

DE LA BUENA NUEVA

Jesucristo, a la vez que dio el Evangelio a la Iglesia, ordenó a los Apóstoles –a ellos en primer lugar-  pero con ellos a todos nosotros: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Marcos 16,15) “hasta los confines de la tierra (Act.1,8).

Se acerca, hermanos míos, el año en que el continente americano –y particularmente América Latina- dará gracias a la Santísima Trinidad por los quinientos años de evangelización, es decir, por los quinientos años de la llegada de la “Buena Nueva” hasta lo que entonces eran “los confines de la tierra”. Discípulos de Cristo proclamaron el Evangelio en las tierras recién descubiertas. Entonces como ahora, seguían teniendo vigencia las palabras que había pronunciado el Maestro: “el que crea y sea bautizado se salvará, el que no crea se condenará” (Mc. 16,16). Conscientes de ello, los primeros evangelizadores, movidos por la fe en las palabras de Cristo y por su amor a las almas, realizaron una labor admirable para acercar a Cristo a los pueblos recién conocidos. Al mismo tiempo, llevaron a cabo un ingente trabajo de promoción social y cultural que hoy es orgullo y patrimonio de todo el Continente, y forma parte del ser nacional de todos estos países. Monumentos artísticos y literarios, gramáticas y catecismos en las principales lenguas indígenas, las ordenanzas y leyes de Indias, son algunos de los frutos de esa obra de civilización. La “Buena Nueva” se extendió en muchas ocasiones, antes de que se instalaran de manera permanente los pobladores europeos y fue siempre un factor de armonía y defensa de los derechos de los más débiles.

LA CONTINUIDAD DE

LA EVANGELIZACIÓN

Jesucristo, a la vez que dio el Evangelio a la Iglesia, ordeno a los Apóstoles- a ellos en primer lugar- pero con ellos a todos nosotros: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc.16,15) “hasta los confines de la tierra (Act.1,8).

Se acerca, hermanos, el año en que el continente americano –y particularmente América Latina- dará gracias a la Santísima Trinidad por los quinientos años de evangelización, es decir, por los quinientos años de  la llegada de “Buena Nueva” hasta lo que entonces eran “los confines de la tierra”. Discípulos de Cristo proclamaron el Evangelio en las tierras recién descubiertas. Entonces, como ahora, seguían teniendo vigencia las palabras que había pronunciado el Maestro: “el que crea y sea bautizado se salvará, el que no crea se condenará” (Mc.16,16).Conscientes de ello, los primeros evangelizadores, movidos por la fe en las palabras de Cristo y por su amor a las almas, realizaron una labor admirable para acercar a Cristo a los pueblos recién conocidos. Al tiempo, llevaron a cabo un ingente trabajo de promoción social y cultural que hoy es orgullo y patrimonio de todo el Continente, y forma parte del ser nacional de todos estos países. Monumentos artísticos y literarios, gramáticas y catecismos en las principales lenguas indígenas, las ordenanzas y leyes de Indias, son algunos de los frutos de esa obra de civilización. La “Buena Nueva” se extendió, en muchas ocasiones, antes de que se instalaran de manera permanente los pobladores europeos y fue siempre un factor de armonía y defensa de los derechos de los más débiles.

LA CONTINUIDAD DE

LA EVANGELIZACIÓN

Este proceso –con sus variaciones locales- tuvo lugar también en el Uruguay. En efecto, las reducciones guaraníticas en el norte y las fundaciones de los Padres Franciscanos en las desembocaduras de los ríos  Negro y Uruguay precedieron en vuestro país a los nuevos asentamientos urbanos, indios misioneros, procedentes de aquellas históricas instituciones, participaron activamente en el establecimiento, construcción y defensa de las poblaciones que fueron apareciendo sucesivamente. La Iglesia estuvo también presente en Montevideo desde su nacimiento como ciudad, cuando fue fundada bajo el patrocinio de los santos Felipe y Santiago, por familias venidas de las Islas Canarias en el navío “Nuestra Señora de la Encina”, siendo acompañadas por algunos eclesiásticos. Es motivo de sano orgullo para los uruguayos representar la presencia constante de Nuestra Señora de los Treinta y Tres en la configuración de esta tierra como nación. El trabajo denodado de tantos sacerdotes, religiosos y laicos, y la llama de la fe siempre viva en las familias cristianas, verdaderas iglesias domésticas, hicieron  posible la continuidad de aquella primera evangelización, y la gozosa realidad de vida cristiana que he comprobado entre vosotros durante mi estancia entre vosotros. Vuestra presencia aquí es una muestra clara de ese “fruto” (Sal.84/85, 13) que ha dado la “tierra” (ibid,) regada por la lluvia del Señor. Todos los que me acompañáis en esta Eucaristía sois parte de esa corona y de esas joyas (cf. Is. 61,10) con que Dios adorna a los que son fieles, a cuantos no cesan  en su empeño por mantener la fe en este país. Por eso es para mí motivo de alegría estar en Salto entre vosotros. A todos saludo con entrañable afecto: al Obispo de esta diócesis, a las autoridades, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, y a todos los fieles. Saludo también a todos los Hermanos en el Episcopado aquí presentes, en especial al Obispo de Tacuarembó y a los fieles de Tacuarembó, así como a los venidos de otros lugares del Uruguay, y a los llegados de regiones limítrofes de Argentina y Brasil.

NUEVA EN SU ARDOR,

MÉTODO Y EXPRESIÓN.

Del profeta Isaías hemos escuchado: “Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos” (Is.61,11). En el año 1992 daremos gracias a Dios, de modo particular, por los continuos brotes y las  continuas “semillas” que ha producido la evangelización, iniciada siglos atrás.  Recordaremos también con gratitud a aquellos que incansablemente han proclamado aquí la “Buena Nueva”, generación tras generación. Llegaremos , en fin, con grata memoria hasta aquellos “primeros cristianos” de América Latina que fueron como tierra buena en la cual la semilla enraizó y dio “fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta” (cf. Mt.13,8). Dispongamos ahora nuestro espíritu para celebrar este V Centenario llevando a cabo en todo el continente americano y en el Uruguay en particular, uma “evangelización nueva”- Nueva en su ardor, en sus métodos en su expresión” (Discurso al CELAM 9.11.83).

Será nueva en su ardor si a medida que se va obrando, corroboráis y más a la unión con Cristo, primer evangelizador. “Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos, los que se convierten de corazón” (Sal. 84/85-9)- El tiempo nuevo de evangelización se inicia por la conversión del corazón. Para entender este anuncio de paz hemos de ser sus amigos, hemos de descubrir nuevamente que la vocación cristiana es vocación de santidad (cf. Lumen gentium 11), pues Dios dijo “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt.5,48). Como ya indicó mi venerable predecesor Pablo VI en el Concilio Vaticano II “ha exhortado con premurosa insistencia a todos los fieles de cualquier condición o grado, a alcanzar la plenitud de la vida cristiana, la perfección de la caridad. Esta fuerte vocación a la santidad puede ser considerada como el elemento más característico de todo el Magisterio conciliar, y por así decir, su último fin” (Sanctitatis clarior 19.3.69)  Es la clave del ardor renovado de la nueva evangelización.

LA PATRIA NACIO CATÓLICA

Vuestra patria, como os recordé el año pasado en Tres Cruces, nació católica y ha dado muchos frutos de apostolado. Ahora ha llegado el momento de la maduración de vuestra fe y el tiempo de una “nueva evangelización”. El renovado ardor apostólico que se requiere en nuestros días para la evangelización arranca de un reiterado acto de confianza en Jesucristo; porque El es quien mueve los corazones. El es el único que tiene palabras de vida eterna para alimentar a las almas hambrientas de eternidad. El es quien nos trasmite su fuego apostólico en la oración, en los sacramentos y especialmente en la Eucaristía. “He venido a traer fuego la tierra y ¿qué quiero sino que arda?” (Lc.12,49). Estas ansias de Cristo siguen vivas en su corazón.

La evangelización, que tiene como proyección necesaria también la preocupación por el bienestar material del prójimo y por hallar remedio a sus necesidades, será eficaz si culmina en la práctica sacramental, que es el cauce por donde discurre la nueva vida que Cristo ofrece como fruto de la redención. A este propósito, aliento vivamente la iniciativa pastoral de vuestros Obispos al haber convocado un Año Eucarístico para que la virtud del amor de Cristo que se nos entrega como alimento, sea la fuente de donde broten los nuevos apóstoles que necesita el Uruguay de hoy.

Sentir ardor apostólico significa tener hambre de contagiar a otros la alegría de la fe. Ciertamente respetando la libertad del prójimo, lo cual no quiere decir indiferencia respecto a la verdad que Dios nos ha revelado. “La palabra que oís no es mía, sino de Aquel que me ha enviado, nos dice Jesús (Jn.14,24). El cristiano por tanto, no da testimonio de un hallazgo humano, sino de una certeza que procede de Dios. Por eso, en un clima de diálogo sincero y de amistad no puede ocultar nunca su fe o prescindir de ella en el enfoque y en la resolución de las distintas cuestiones que plantea la convivencia entre los hombres. El ardor apostólico no es, pues, fanatismo, sino coherencia de vida cristiana. Sin juzgar las intenciones ajenas debemos llamar bien al bien y mal al mal. Es de sobra sabido que desfigurando la verdad no se solucionan los problemas. Es la apertura a la verdad de Cristo  la que trae la paz a las almas. No tengáis miedo a las dificultades ni a las incomprensiones tantas veces inevitables, que produce en el mundo el esfuerzo por ser fieles al Señor. Ya sabemos que el cristianismo nunca fue un camino cómodo y también sabemos que vale la pena gastar la vida día a día, en un trabajo constante por ser coherentes con la fe que hemos recibido.  Abrid a Cristo las puertas de vuestros corazones para que os transforme en propagadores de su Evangelio.

NUEVA EN

SUS MÉTODOS

La evangelización será “nueva en sus métodos si cada uno de los miembros de la Iglesia se hace protagonista de la difusión del mensaje de Cristo”. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor () me ha enviado para dar la Buena Noticia”(Is.61,1) Cada cristiano, puede repetir estas palabras del profeta. Cada uno puede escuchar también, como dirigidas a él , las palabras de Cristo a los Apóstoles poco antes de la Ascensión : “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mt. 16,15). “Todos los fieles –os digo con palabras del Concilio Vaticano II- tienen el deber de hacer apostolado según su condición y capacidad”. La evangelización, pues es la tarea de todos los miembros de la Iglesia. Todos los fieles bajo la guía de sus Pastores, han de ser verdaderos apóstoles. Se trata  de un apostolado que está al alcance de todos los cristianos en su entorno familiar, laboral y social. Es un apostolado que tiene como principio imprescindible el buen ejemplo en la conducta diaria – a pesar de las propias limitaciones personales- y que debe continuarse con la palabra, cada uno de acuerdo con su situación en la vida privada y en la vida pública.

NUEVA EN

SU EXPRESION

Para que la evangelización seá nueva también en su expresión, debéis estar con los oídos atentos a lo que dice el Señor, esto  es, siempre en actitud de escucha a lo que el mismo Señor puede sugerir, en cualquier momento “Muéstranos, Seño, tu misericordia y danos tu salvación. Voy a escuchar lo que dice el Señor (Sal. 84/85, 8-9). Cada hombre y cada mujer cristiano ha de adquirir un sólido conocimiento de las verdades  adecuado a su propia formación cultural e intelectual, siguiendo las enseñanzas de la Iglesia. Cada uno ha de pedir al Espíritu Santo que le permita llevar el “alegre anuncio”, la Buena Nueva”, a todos los ambientes en que se desarrolla su existencia. Esa profunda transformación cristiana le permitirá  verter “el vino nuevo” de que nos habla el Evangelio, en “odres nuevos” (Mt.7,17), anunciar la Buena Noticia con un lenguaje que todos puedan entender.

Los grupos y asociaciones apostólicas han de demostrar particular interés en una mayor profundización en la vida cristiana, en un conocimientos más hondo de la fe católica, así como una participación más frecuente y activa en la vida litúrgica de la Iglesia. Por su parte, los diversos movimientos de apostolado en el Uruguay, los grupos de reflexión y oración, las comunidades de base y asociaciones eclesiales, han dado y continuarán dando, con la gracia de Dios,  frutos que manifiesten la vitalidad propia de la Iglesia. A todos deseo recordarles que “deben ser destinatarios especiales de la evangelización y al mismo tiempo evangelizadores” (Evangeli nuntiandi,58), mostrando en todo momento su genuina fidelidad al Magisterio de la Iglesia, al Papa y a  los Obispos, así como su proyección universalista y misionera, y un decidido compromiso por la justicia.

PROMOCIÓN DE

LA  JUSTICIA

La lectura de hoy, tomada del evangelio de San Lucas, nos muestra a Jesús que siente compasión por la muchedumbre, y que realiza la multiplicación de los panes. Nos dice el texto sagrado que cuando se hizo tarde, se acercaron los discípulos de Jesús a decirle –“despídelos..que vayan a los expendios y aldeas de alrededor y se compren de comer (Mc.6,36). El Señor  respondió_-“Dadles vosotros de comer” (Mc.6,37). Y cuando se vio que las provisiones eran insuficientes, Cristo tomó lo poco que tenían, mandó que se sentaran  todos sobre la hierba y se produjo el milagro: cinco panes y dos peces fueron suficientes para saciar el hambre de cinco mil hombres (cf. Mc.6,44). San Marcos añade que sobraron “doce cestos de pan y  sobras de peces”. (Mc.6,43).

Este acontecimiento es un testimonio elocuente de que la preocupación por el pan para el hombre acompaña siempre la evangelización. Y el pan es símbolo de sus necesidades temporales. La Iglesia ha entendido la evangelización a lo largo de la historia, y por esto, junto con la proclamación de la Buena Nueva se emprendían iniciativas que buscaban satisfacer tales necesidades. Como bien lo señalaba mi predecesor Pablo VI, de feliz memoria, “evangelizar para la Iglesia es llevar la Buena Nueva a todos los estratos de la humanidad, es, con su influjo, transformar desde dentro, hacer nueva la humanidad misma: “Mira que hago un mundo nuevo” (Ap. 21,5 –Evangeli nuntiandi 18). La nueva evangelización, impulsada por el mandamiento del amor, hará brotar la deseada promoción de la justicia y el desarrollo  en su sentido más pleno, así como la justa distribución de las riquezas y el respeto de la dignidad de la persona, como imperativo ineludible para todos y cada uno de los uruguayos. Y “en este empeño –como he indicado en la encíclica “Sollicitudo rei sociales”- deben ser ejemplo y guía los hijos de la Iglesia, llamados según el programa anunciado por el mismo Jesús en la sinagoga de Nazaret, a anunciar a los pobres la Buena Noticia…a proclamar la liberación de los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar  un año de gracia del Señor (Lc.4, 18-19).

EL EVANGELIO DE

LOS POBRES

Leemos también en el libro de Isaías: “Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios, porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo (61,10). Así habla la Iglesia a Cristo. En efecto, Cristo es el Esposo de la Iglesia, según leemos en la carta a los Efesios (cf.Ef.,5,25- 27.32). Como Esposo se preocupa de que su Esposa sea revestida con el manto de salvación. Dios, en efecto, ha amado tanto al mundo que le dio su Hijo unigénito “para que el mundo se salve por El” (Jn.3,17) El Hijo de Dios, se ha dado a sí mismo para restituir al hombre la belleza de la imagen y de la semejanza de Dios. En la Cruz de Cristo y en su resurrección encuentra la fuente el “Evangelio de los pobres” y el “pan de la Eucaristía, así como la fuerza curativa del sacramento de la Reconciliación para vendar los corazones desgarrados (Is.61,1) Y por más que en el camino de la evangelización a lo largo de la historia de la Iglesia- también en este continente- no falten las huellas propias de la debilidad y el pecado multiforme- a pesar de todo, elevemos nuestros ojos con gratitud a Aquel que “nos amó hasta el extremo (Jn.13,1) y nos ha revestido con el manto de salvación (Is. 61,10). Démosle gracias por el amor, por la redención, por la Alianza con Dios en su Sangre. Por la fe y por la vida de fe. Agradezcamos al Señor los cinco siglos de evangelización en toda la América Latina. ¡Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo!”-







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