“Y voló nomas”

Cuando entré a trabajar al diario hace casi 15 años, uno de los trabajadores más experientes del lugar se acercó a mí, por entonces yo era un joven de apenas 20 años sin conocimiento alguno del oficio, y vino solamente para  saludarme, para estrecharme su mano y presentarse, y para ponerse a las órdenes. Una de las cosas que me impactó de aquel veterano macanudo, además de su fina y educada cortesía, fue su carisma, su manera de hacer sentir al otro como en casa y de paso cañazo, con esas cosas que solo tienen los caballeros, brindar un par de consejos como para que la vayas llevando, hasta emprender el camino propio en el trajín cotidiano y ahí arrancar a cosechar tu propia experiencia.
Ese hombre macanudo, bueno, simpático, siempre alegre, justo, tenaz, sacrificado, pero a su vez inteligente y analítico, era Néstor Flores, a quien cariñosamente apodábamos “Pajarito”. Nunca supe por qué, tampoco se lo pregunté, no lo creí necesario, lo dejábamos a la libre interpretación de cada uno y estoy seguro que fue eso lo que él, con una sonrisa cómplice, era lo que siempre quería.
Quizás muchos piensen que cuando alguien parte de este mundo, es fácil llenarlo de elogios y hablar bien de esa persona, porque como dice el dicho, cuando nos morimos todos somos buenos. Pero ese no era el caso de Néstor, para nosotros Pajarito era siempre una persona de consulta permanente, de charlas deliciosas, cargadas de anécdotas, siempre tenía una historia sobre cualquier tema y su condición de pensador abrigaba ese sentimiento de humildad que solo tienen los grandes,  porque cada vez que tenía una duda,  por más pueril que pareciera su pregunta, siempre consultaba, preguntaba y buscaba hasta el último recurso para no quedarse con la duda de absolutamente nada.
Con esa forma de ser, nos enseñaba a ser buscadores, a ser prolijos con nosotros mismos, a ser inquietos, a no quedarnos con la primera cosa que nos decían, a valorar nuestro conocimiento y a decirnos que estar ilustrados era lo más importante. Para los más jóvenes eso era muy importante, porque desde su sencillez nos estaba dando una lección de vida.
Cuando estas cosas pasan, cuando un amigo, una persona de bien, un hombre sabio a su manera, un hombre bueno y digno, se va en forma repentina, nos deja su enseñanza. Y su semblanza no es otra que la de hacer el bien, en primer lugar con nosotros mismos, porque de lo contrario no tendríamos manera de hacer aprender a hacer el bien para otros.
Pero aprendemos en forma muy acabada que la vida es algo tan delicado y digno de ser vivido con felicidad y alegría, que no podemos desperdiciar un solo minuto en conflictos primitivos, en pensar que los resultados positivos se dan si se plasman en cuestiones materiales, en cosas tan banales como un muro, un ladrillo, un coche o dinero. Pajarito siempre nos decía que lo importante era vivir y vivir bien, disfrutando de la familia, pero sobre todo de hacer lo que uno quería, aprovechando nuestra capacidad para exprimirla al máximo y ser útiles en la vida.
Largas charlas en la Redacción hemos mantenido hablando de todo, diciéndonos las cosas a la cara y pensando al final del día, que el simple hecho de conocernos y compartir aspectos cotidianos eran algo que valía cada minuto en el que pasábamos en este recinto lejos de nuestras familias. Porque la experiencia era enriquecedora, él con sus casi cuarenta años más que yo a cuestas y con una vida signada por los milagros más hermosos que podamos tener y que la misma nos puede dar. Él tenía seis milagros y varias derivaciones, porque hasta bisnietos en vida llegó a ver. Yo apenas llevo uno, y siento que vale por todo lo que he vivido hasta ahora.
Cuando a veces hemos tenido alguna confrontación con otros compañeros de trabajo por diferencias naturales que se dan en personas distintas, pero como suceden en cualquier familia  o grupo humano, porque uno al convivir con un grupo tan heterogéneo de personas por tanto tiempo como es mi caso, que más de la tercera parte de mi vida la he pasado escribiendo para estas páginas, compartiendo noches enteras con mis compañeros de trabajo, que son mi segunda familia, él siempre era como el soberano de la tribu, el que venía a dar el consejo y a poner los paños tibios cuando alguna discusión nos llevaba a enfrascarnos en sinrazones que no conducen a ninguna parte. Y todos lo escuchábamos porque tenía el respeto y la altura suficiente como para hacer pesar su manera de ser y de pensar, algo que todos admirábamos y que la mayor parte del tiempo lo hicimos en el más absoluto silencio, pero haciéndole saber que así era.
Cuando hechos así suceden, siempre traigo a colación las palabras de mi tía abuela Cora, quien ya dejó este mundo hace más de una década, quien decía en estos casos “no es que los perdamos, sino que se van primero”. Y estoy completamente seguro que así es.
Pajarito se fue primero por una cuestión hasta biológica, aunque con sus jóvenes 73 años a cuestas y su jovialidad ininterrumpida, su ausencia nos causó, además de dolor, mucha sorpresa, porque recuerdo el último día que nos vimos, que terminamos hablando de todos los temas como era nuestra costumbre, sin notar ningún tipo de advertencia de que algo de esto podía pasar.
Pero hoy ya no está, aunque lo recordaremos siempre, porque está en nuestros pensamientos diarios, en nuestra risa cada vez que nos acordemos de todas las anécdotas que tenemos junto a él, en nuestro accionar cuando nos conduzcamos con dignidad, bondad y alegría, en nuestra manera de ser solidaria y de mano tendida, de hacer el bien sin mirar a quien, porque así era él, y ese es su legado para conmigo al menos.
Pajarito estuvo ahí en los momentos más importantes de mi vida. Cuando nació mi hijo, cuando me casé, cuando me iba bien y cuando me iba mal. Cuando lo precisé nunca me dijo que no, y cuando me veía en caídas no me consultaba, se acercaba sigilosamente y me decía algo que me dejara contento, sin tocarme el tema para hacerme ver que la vida, desde sus propios ojos, era por sobre todas las cosas alegre y libre, con una libertad que explota y con una alegría por tener la oportunidad de estar vivo que era desmesurada. Por eso para él no había llanto ni dolor, solamente angustias pasajeras que eran parte del aprendizaje por el que teníamos que pasar en este transitorio pasaje en el que estamos para aprender.
Pajarito es un hombre bueno, así lo recordaré siempre, era un hombre libre y respetuoso de la libertad de los demás. Volaba en sus pensamientos, pero también en sus valores y en su hombría de bien.
Su partida nos deja una enseñanza muy grande y es este un momento con un sabor muy extraño, donde se entremezclan sensaciones de nostalgia por lo vivido junto a él durante estos 15 años, tristeza por saber que su sonrisa estará solo en la memoria y a su vez alegría, mucha alegría y agradecimiento por haber tenido la milagrosa oportunidad de haberlo conocido. Gracias Pajarito, volá tranquilo que desde acá acariciaremos en tus alas, tu recuerdo y todo lo que nos regalaste para toda la vida. Y te aplaudo hasta reventarme las manos saludándote hasta el reencuentro, que seguro será alguna vez, pero todavía no, ahora me toca saber que estuviste y darte las gracias.

Cuando entré a trabajar al diario hace casi 15 años, uno de los trabajadores más experientes del lugar se acercó a mí, por entonces yo era un joven de apenas 20 años sin conocimiento alguno del oficio, y vino solamente para  saludarme, para estrecharme su mano y presentarse, y para ponerse a las órdenes. Una de las cosas que me impactó de aquel veterano macanudo, además de su fina y educada cortesía, fue su carisma, su manera de hacer sentir al otro como en casa y de paso cañazo, con esas cosas que solo tienen lospajaro caballeros, brindar un par de consejos como para que la vayas llevando, hasta emprender el camino propio en el trajín cotidiano y ahí arrancar a cosechar tu propia experiencia.

Ese hombre macanudo, bueno, simpático, siempre alegre, justo, tenaz, sacrificado, pero a su vez inteligente y analítico, era Néstor Flores, a quien cariñosamente apodábamos “Pajarito”. Nunca supe por qué, tampoco se lo pregunté, no lo creí necesario, lo dejábamos a la libre interpretación de cada uno y estoy seguro que fue eso lo que él, con una sonrisa cómplice, era lo que siempre quería.

Quizás muchos piensen que cuando alguien parte de este mundo, es fácil llenarlo de elogios y hablar bien de esa persona, porque como dice el dicho, cuando nos morimos todos somos buenos. Pero ese no era el caso de Néstor, para nosotros Pajarito era siempre una persona de consulta permanente, de charlas deliciosas, cargadas de anécdotas, siempre tenía una historia sobre cualquier tema y su condición de pensador abrigaba ese sentimiento de humildad que solo tienen los grandes,  porque cada vez que tenía una duda,  por más pueril que pareciera su pregunta, siempre consultaba, preguntaba y buscaba hasta el último recurso para no quedarse con la duda de absolutamente nada.

Con esa forma de ser, nos enseñaba a ser buscadores, a ser prolijos con nosotros mismos, a ser inquietos, a no quedarnos con la primera cosa que nos decían, a valorar nuestro conocimiento y a decirnos que estar ilustrados era lo más importante. Para los más jóvenes eso era muy importante, porque desde su sencillez nos estaba dando una lección de vida.

Cuando estas cosas pasan, cuando un amigo, una persona de bien, un hombre sabio a su manera, un hombre bueno y digno, se va en forma repentina, nos deja su enseñanza. Y su semblanza no es otra que la de hacer el bien, en primer lugar con nosotros mismos, porque de lo contrario no tendríamos manera de hacer aprender a hacer el bien para otros.

Pero aprendemos en forma muy acabada que la vida es algo tan delicado y digno de ser vivido con felicidad y alegría, que no podemos desperdiciar un solo minuto en conflictos primitivos, en pensar que los resultados positivos se dan si se plasman en cuestiones materiales, en cosas tan banales como un muro, un ladrillo, un coche o dinero. Pajarito siempre nos decía que lo importante era vivir y vivir bien, disfrutando de la familia, pero sobre todo de hacer lo que uno quería, aprovechando nuestra capacidad para exprimirla al máximo y ser útiles en la vida.

Largas charlas en la Redacción hemos mantenido hablando de todo, diciéndonos las cosas a la cara y pensando al final del día, que el simple hecho de conocernos y compartir aspectos cotidianos eran algo que valía cada minuto en el que pasábamos en este recinto lejos de nuestras familias. Porque la experiencia era enriquecedora, él con sus casi cuarenta años más que yo a cuestas y con una vida signada por los milagros más hermosos que podamos tener y que la misma nos puede dar. Él tenía seis milagros y varias derivaciones, porque hasta bisnietos en vida llegó a ver. Yo apenas llevo uno, y siento que vale por todo lo que he vivido hasta ahora.

Cuando a veces hemos tenido alguna confrontación con otros compañeros de trabajo por diferencias naturales que se dan en personas distintas, pero como suceden en cualquier familia  o grupo humano, porque uno al convivir con un grupo tan heterogéneo de personas por tanto tiempo como es mi caso, que más de la tercera parte de mi vida la he pasado escribiendo para estas páginas, compartiendo noches enteras con mis compañeros de trabajo, que son mi segunda familia, él siempre era como el soberano de la tribu, el que venía a dar el consejo y a poner los paños tibios cuando alguna discusión nos llevaba a enfrascarnos en sinrazones que no conducen a ninguna parte. Y todos lo escuchábamos porque tenía el respeto y la altura suficiente como para hacer pesar su manera de ser y de pensar, algo que todos admirábamos y que la mayor parte del tiempo lo hicimos en el más absoluto silencio, pero haciéndole saber que así era.

Cuando hechos así suceden, siempre traigo a colación las palabras de mi tía abuela Cora, quien ya dejó este mundo hace más de una década, quien decía en estos casos “no es que los perdamos, sino que se van primero”. Y estoy completamente seguro que así es.

Pajarito se fue primero por una cuestión hasta biológica, aunque con sus jóvenes 73 años a cuestas y su jovialidad ininterrumpida, su ausencia nos causó, además de dolor, mucha sorpresa, porque recuerdo el último día que nos vimos, que terminamos hablando de todos los temas como era nuestra costumbre, sin notar ningún tipo de advertencia de que algo de esto podía pasar.

Pero hoy ya no está, aunque lo recordaremos siempre, porque está en nuestros pensamientos diarios, en nuestra risa cada vez que nos acordemos de todas las anécdotas que tenemos junto a él, en nuestro accionar cuando nos conduzcamos con dignidad, bondad y alegría, en nuestra manera de ser solidaria y de mano tendida, de hacer el bien sin mirar a quien, porque así era él, y ese es su legado para conmigo al menos.

Pajarito estuvo ahí en los momentos más importantes de mi vida. Cuando nació mi hijo, cuando me casé, cuando me iba bien y cuando me iba mal. Cuando lo precisé nunca me dijo que no, y cuando me veía en caídas no me consultaba, se acercaba sigilosamente y me decía algo que me dejara contento, sin tocarme el tema para hacerme ver que la vida, desde sus propios ojos, era por sobre todas las cosas alegre y libre, con una libertad que explota y con una alegría por tener la oportunidad de estar vivo que era desmesurada. Por eso para él no había llanto ni dolor, solamente angustias pasajeras que eran parte del aprendizaje por el que teníamos que pasar en este transitorio pasaje en el que estamos para aprender.

Pajarito es un hombre bueno, así lo recordaré siempre, era un hombre libre y respetuoso de la libertad de los demás. Volaba en sus pensamientos, pero también en sus valores y en su hombría de bien.

Su partida nos deja una enseñanza muy grande y es este un momento con un sabor muy extraño, donde se entremezclan sensaciones de nostalgia por lo vivido junto a él durante estos 15 años, tristeza por saber que su sonrisa estará solo en la memoria y a su vez alegría, mucha alegría y agradecimiento por haber tenido la milagrosa oportunidad de haberlo conocido. Gracias Pajarito, volá tranquilo que desde acá acariciaremos en tus alas, tu recuerdo y todo lo que nos regalaste para toda la vida. Y te aplaudo hasta reventarme las manos saludándote hasta el reencuentro, que seguro será alguna vez, pero todavía no, ahora me toca saber que estuviste y darte las gracias.

Por Hugo Lemos







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