La historia de los Mundiales

“Fue el momento más sublime de mi carrera”, subraya el argentino Diego Armando Maradona, mientras las imágenes se suceden en su mente: los goles ante Inglaterra -la “mano de Dios” y la obra de arte donde eludió a medio conjunto británico-, la asistencia magnífica para que Jorge Burruchaga definiera la final ante Alemania anotando el definitivo 3-2 y el alocado festejo en el estadio Azteca levantando la Copa del Mundo.
“No fui yo solo, hubo un equipo. Argentina fue campeón no solo por mí. Yo aporté, otros me ayudaron y todos ganamos. Agradezco que me consideraran como el mejor jugador del Mundial, pero yo triunfé con Argentina, no gané solo”, aclara Maradona en su libro “Yo soy El Diego”.
Sin embargo, el peso individual de Maradona en aquel equipo dirigido por Carlos Bilardo -no solo por sus cinco goles en el torneo- superó quizá cualquier otro antecedente histórico de la influencia de un solo jugador sobre un conjunto.
“No quiero desmerecer al resto de los jugadores de Argentina, pero no recuerdo a otro futbolista tan decisivo para ganar un título como lo fue Maradona en México 1986”, aseguró el español Emilio Butragueño, quien disputó aquel Mundial.
“ERA UNA OBLIGACIÓN”
En la semifinal ante Bélgica, Maradona anotó los dos goles que valieron el pasaporte a la gran final. “El Mundial lo tomé como una obligación. Quería hacer goles, distribuir juego, tirarme a los pies, ordenar, marcar… Me lo prometí como un deber, no lo hice para que dijeran que Maradona era una estrella. Lo hice para que Argentina fuera campeón”, afirma.
“El Pibe de Oro” llegó al Mundial en su plenitud futbolística: tenía 25 años y ya era ídolo en el Nápoli de Italia. Sin embargo, antes del inicio, la mayoría de los críticos profetizaba que el próximo “rey” sería el francés Michel Platini o el brasileño Zico.
Hasta entonces, los mundiales habían sido un recuerdo doloroso para Maradona: en Argentina 1978 fue excluido del plantel a último momento, y en España 1982 debió absorber la eliminación en la segunda fase y tras ser expulsado en el último partido ante Brasil. Pero en México 1986 todo cambiaría.
EL ÚNICO TITULAR
Tres años antes, el flamante entrenador argentino Carlos Salvador Bilardo le aseguró a Maradona que era el único titular seguro y que la capitanía sería suya. “Yo quería ser el capitán, el patrón, el número uno de Bilardo, era lo que siempre había soñado ser: representar a todos los futbolistas argentinos, a todos”.
Argentina sacó chapa de candidato tras vencer 2-1 a Inglaterra en cuartos de final, en un partido que, como reconoce Maradona, tuvo ingredientes extrafutbolísticos: “Si bien nosotros decíamos que el fútbol no tenía nada que ver con la Guerra de las Malvinas, sabíamos que habían muerto muchos pibes argentinos allá, que los habían matado como a pajaritos. Y el partido del Mundial era una revancha. De alguna manera hacíamos culpables a los jugadores ingleses de todo lo sucedido. Sé que parece un disparate, pero era más fuerte que nosotros”.
Desde su perspectiva, Maradona hizo justicia, con dos goles que lo describen: viveza y magia. “El primero lo definí en su momento como ‘la mano de Dios’. También fue como robarle la billetera a los ingleses”, rememora sobre aquel tanto en el que utilizó su puño izquierdo para ganarle al portero inglés Peter Shilton en lo alto y enviar la pelota a la red, una trampa tan perfecta que ni siquiera se advirtió con claridad en la televisión.
“No fue correcto lo que hice”, reconoció más tarde. “Pero la ‘mano de Dios’ se transformó en gol porque Dios lo quiso y porque el árbitro no lo vio”.
Después llegaría lo mejor, su obra más sublime, cuando se lanzó desde su propio campo en una carrera imparable de apenas diez segundos, en los que dejó por el piso a medio equipo rival antes de tocar al gol. “Todavía hoy me parece mentira haberlo logrado. En serio, te parece que no se puede hacer un gol así, que lo podrás soñar pero nunca lo vas a concretar. Ya es un mito”.
El Mundial de México 1986 instituyó como nuevo Dios del fútbol a Diego Armando Maradona, un ilusionista del balón que apareció para ocupar el trono dejado vacante por el brasileño Pelé y conducir a la selección de Argentina a la gloria. Maradona anotó, ante Inglaterra, el que se considera como mejor gol de la historia de los Mundiales.
“Fue el momento más sublime de mi carrera”, subraya el argentino Diego Armando Maradona, mientras las imágenes se suceden en su mente: los goles ante Inglaterra -la “mano de Dios” y la obra de arte donde eludió a medio conjunto británico-, la asistencia magnífica para que Jorge Burruchaga definiera la final ante Alemania anotando el definitivo 3-2 y el alocado festejo en el estadio Azteca levantando la Copa del Mundo.
“No fui yo solo, hubo un equipo. Argentina fue campeón no solo por mí. Yo aporté, otros me ayudaron y todos ganamos. Agradezco que me consideraran como el mejor jugador del Mundial, pero yo triunfé con Argentina, no gané solo”, aclara Maradona en su libro “Yo soy El Diego”.
Sin embargo, el peso individual de Maradona en aquel equipo dirigido por Carlos Bilardo -no solo por sus cinco goles en el torneo- superó quizá cualquier otro antecedente histórico de la influencia de un solo jugador sobre un conjunto.
“No quiero desmerecer al resto de los jugadores de Argentina, pero no recuerdo a otro futbolista tan decisivo para ganar un título como lo fue Maradona en México 1986”, aseguró el español Emilio Butragueño, quien disputó aquel Mundial.
“ERA UNA OBLIGACIÓN”
En la semifinal ante Bélgica, Maradona anotó los dos goles que valieron el pasaporte a la gran final. “El Mundial lo tomé como una obligación. Quería hacer goles, distribuir juego, tirarme a los pies, ordenar, marcar… Me lo prometí como un deber, no lo hice para que dijeran que Maradona era una estrella. Lo hice para que Argentina fuera campeón”, afirma.
“El Pibe de Oro” llegó al Mundial en su plenitud futbolística: tenía 25 años y ya era ídolo en el Nápoli de Italia. Sin embargo, antes del inicio, la mayoría de los críticos profetizaba que el próximo “rey” sería el francés Michel Platini o el brasileño Zico.
Hasta entonces, los mundiales habían sido un recuerdo doloroso para Maradona: en Argentina 1978 fue excluido del plantel a último momento, y en España 1982 debió absorber la eliminación en la segunda fase y tras ser expulsado en el último partido ante Brasil. Pero en México 1986 todo cambiaría.
EL ÚNICO TITULAR
Tres años antes, el flamante entrenador argentino Carlos Salvador Bilardo le aseguró a Maradona que era el único titular seguro y que la capitanía sería suya. “Yo quería ser el capitán, el patrón, el número uno de Bilardo, era lo que siempre había soñado ser: representar a todos los futbolistas argentinos, a todos”.
Argentina sacó chapa de candidato tras vencer 2-1 a Inglaterra en cuartos de final, en un partido que, como reconoce Maradona, tuvo ingredientes extrafutbolísticos: “Si bien nosotros decíamos que el fútbol no tenía nada que ver con la Guerra de las Malvinas, sabíamos que habían muerto muchos pibes argentinos allá, que los habían matado como a pajaritos. Y el partido del Mundial era una revancha. De alguna manera hacíamos culpables a los jugadores ingleses de todo lo sucedido. Sé que parece un disparate, pero era más fuerte que nosotros”.
Desde su perspectiva, Maradona hizo justicia, con dos goles que lo describen: viveza y magia. “El primero lo definí en su momento como ‘la mano de Dios’. También fue como robarle la billetera a los ingleses”, rememora sobre aquel tanto en el que utilizó su puño izquierdo para ganarle al portero inglés Peter Shilton en lo alto y enviar la pelota a la red, una trampa tan perfecta que ni siquiera se advirtió con claridad en la televisión.
“No fue correcto lo que hice”, reconoció más tarde. “Pero la ‘mano de Dios’ se transformó en gol porque Dios lo quiso y porque el árbitro no lo vio”.
Después llegaría lo mejor, su obra más sublime, cuando se lanzó desde su propio campo en una carrera imparable de apenas diez segundos, en los que dejó por el piso a medio equipo rival antes de tocar al gol. “Todavía hoy me parece mentira haberlo logrado. En serio, te parece que no se puede hacer un gol así, que lo podrás soñar pero nunca lo vas a concretar. Ya es un mito”.






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