La historia de los Mundiales

La providencia le dio mucho a Ronaldo, pero también le quitó: le otorgó una habilidad envidiable para resolver ante los arqueros rivales, pero después le envió una serie de lesiones que lo condenaron a vivir el lado más amargo del fútbol. Por eso el triunfo en Corea/Japón 2002 fue, ante todo, personal.

“Ni en mis mejores sueños ocurrió así. Fue un sueño maravilloso el que me tocó vivir en 2002. Mi felicidad era muy grande. Todo lo que ocurrió lo fui entendiendo muy de a poco”, aseguró el brasileño Ronaldo, que hoy tiene 37 años.
Ronaldo vivió un mes de ensueño en territorio asiático. No solo conquistó junto a sus compañeros el título del mundo, sino que además se alzó con el trofeo de máximo goleador con ocho dianas, dos de ellas en la final ante Alemania. Nadie había sumado tantos goles en un Mundial desde que el alemán Gerd Müller anotara 10 en México 1970.
Ronaldo quedó segundo, por detrás del arquero alemán Oliver Kahn, en la votación del mejor jugador del torneo -concluida antes de la final-, pero después la FIFA hizo justicia y le entregó su tercer premio al mejor jugador del mundo, el primero después de sus lesiones y problemas físicos.
“Mi gran victoria fue volver a jugar al fútbol, a hacer goles. La victoria coronó el esfuerzo del grupo maravilloso que logramos formar, pero también coronó mi lucha por la recuperación. Lo tomo como una victoria personal”, agregó.
EL SUFRIMIENTO PREVIO
La vida de Ronaldo había cambiado en otra final, la del Mundial de Francia 1998. Antes de la noche fatídica en el Stade de France todo había sido gloria: campeón mundial en Estados Unidos 1994 (aunque no jugó ningún minuto), mejor jugador del mundo en 1996 y 1997 y Balón de Oro en 1997, entre otros premios.
Pero la noche previa al gran partido ante Francia, Ronaldo sufrió un ataque epiléptico nunca bien aclarado, que lo anuló en la final. Su equipo fue borrado de la cancha y perdió 0-3. A partir de ese día, la luz del astro se fue apagando, hasta que en noviembre de 1999 sufrió la rotura parcial del tendón rotuliano de la rodilla derecha defendiendo al Inter de Milán.
Seis meses más tarde, en lo que debía ser su triunfal reaparición, se hizo la oscuridad total: rotura completa del mismo tendón. Siguieron 17 largos meses de recuperación prácticamente en solitario. Cuando llegó el Mundial 2002, Ronaldo había jugado solo 16 partidos con su club en toda la temporada, y la anterior la había pasado en blanco. Había estado en lo más alto, y había caído hasta lo más bajo. Por eso su alegría tras la final de Yokohama era indescriptible.
GOLES Y MÁS GOLES
Su torneo fue impecable, y por eso él fue el líder de un plantel brasileño plagado de estrellas: Rivaldo, Ronaldinho, Roberto Carlos, Kaká, Denilson, Cafú… Con su estrafalario corte de pelo (toda la cabeza rapada excepto un mechón en la frente), que su hijo le pidió que se quitase en cuanto regresó a casa, Ronaldo escribió todo un manual del buen delantero.
En la primera fase marcó ante Turquía (2-1), China (4-0) y dos goles ante Costa Rica (5-2). En octavos de final sumó de nuevo ante Bélgica (2-0), y solo Inglaterra (2-1) en cuartos de final pudo impedir que igualara el récord de su compatriota Jairzinho, que en México 1970 se convirtió en el único jugador que marcó en todos los partidos de un Mundial.
“No pensaba batir ningún récord. Solo quería marcar goles para ganar por quinta vez la Copa Mundial”.
Como los más grandes de la historia, Ronaldo sacó toda su magia en los momentos decisivos. En semifinales anotó el gol del triunfo ante Turquía (1-0), un tanto antológico tras regatear a varios contrarios y sacar un furioso remate imprevisto.
Y la redención definitiva estaba al alcance de su mano: solo quedaba la final. Y allí respondió a lo grande, con dos tantos ante el gigante Oliver Kahn, el hombre que casi en solitario había llevado a Alemania a la final.
Brasil era campeón y todas las cuentas estaban saldadas. “No diría que pagamos una deuda. Pero creo que nos sacamos un peso de nuestras conciencias. Los que habíamos estado en Francia 1998 no podíamos creer lo que habíamos vivido en aquella final. Pero en nuestro destino estaba escrito que debíamos esperar hasta 2002″.

“Ni en mis mejores sueños ocurrió así. Fue un sueño maravilloso el que me tocó vivir en 2002. Mi felicidad era muy grande. Todo lo que ocurrió lo fui entendiendo muy de a poco”, aseguró el brasileño Ronaldo, que hoy tiene 37 años.

Ronaldo vivió un mes de ensueño en territorio asiático. No solo conquistó junto a sus compañeros el título del mundo, sino que además se alzó con el trofeo de máximo goleador con ocho dianas, dos de ellas en la final ante Alemania. Nadie había sumado tantos goles en un Mundial desde que el alemán Gerd Müller anotara 10 en México 1970.

Ronaldo quedó segundo, por detrás del arquero alemán Oliver Kahn, en la votación del mejor jugador del torneo -concluida antes de la final-, pero después la FIFA hizo justicia y le entregó su tercer premio al mejor jugador del mundo, el primero después de sus lesiones y problemas físicos.

“Mi gran victoria fue volver a jugar al fútbol, a hacer goles. La victoria coronó el esfuerzo del grupo maravilloso que logramos formar, pero también coronó mi lucha por la recuperación. Lo tomo como una victoria personal”, agregó.

EL SUFRIMIENTO PREVIO

La vida de Ronaldo había cambiado en otra final, la del Mundial de Francia 1998. Antes de la noche fatídica en el Stade de France todo había sido gloria: campeón mundial en Estados Unidos 1994 (aunque no jugó ningún minuto), mejor jugador del mundo en 1996 y 1997 y Balón de Oro en 1997, entre otros premios.

Pero la noche previa al gran partido ante Francia, Ronaldo sufrió un ataque epiléptico nunca bien aclarado, que lo anuló en la final. Su equipo fue borrado de la cancha y perdió 0-3. A partir de ese día, la luz del astro se fue apagando, hasta que en noviembre de 1999 sufrió la rotura parcial del tendón rotuliano de la rodilla derecha defendiendo al Inter de Milán.

Seis meses más tarde, en lo que debía ser su triunfal reaparición, se hizo la oscuridad total: rotura completa del mismo tendón. Siguieron 17 largos meses de recuperación prácticamente en solitario. Cuando llegó el Mundial 2002, Ronaldo había jugado solo 16 partidos con su club en toda la temporada, y la anterior la había pasado en blanco. Había estado en lo más alto, y había caído hasta lo más bajo. Por eso su alegría tras la final de Yokohama era indescriptible.

GOLES Y MÁS GOLES

Su torneo fue impecable, y por eso él fue el líder de un plantel brasileño plagado de estrellas: Rivaldo, Ronaldinho, Roberto Carlos, Kaká, Denilson, Cafú… Con su estrafalario corte de pelo (toda la cabeza rapada excepto un mechón en la frente), que su hijo le pidió que se quitase en cuanto regresó a casa, Ronaldo escribió todo un manual del buen delantero.

En la primera fase marcó ante Turquía (2-1), China (4-0) y dos goles ante Costa Rica (5-2). En octavos de final sumó de nuevo ante Bélgica (2-0), y solo Inglaterra (2-1) en cuartos de final pudo impedir que igualara el récord de su compatriota Jairzinho, que en México 1970 se convirtió en el único jugador que marcó en todos los partidos de un Mundial.

“No pensaba batir ningún récord. Solo quería marcar goles para ganar por quinta vez la Copa Mundial”.

Como los más grandes de la historia, Ronaldo sacó toda su magia en los momentos decisivos. En semifinales anotó el gol del triunfo ante Turquía (1-0), un tanto antológico tras regatear a varios contrarios y sacar un furioso remate imprevisto.

Y la redención definitiva estaba al alcance de su mano: solo quedaba la final. Y allí respondió a lo grande, con dos tantos ante el gigante Oliver Kahn, el hombre que casi en solitario había llevado a Alemania a la final.

Brasil era campeón y todas las cuentas estaban saldadas. “No diría que pagamos una deuda. Pero creo que nos sacamos un peso de nuestras conciencias. Los que habíamos estado en Francia 1998 no podíamos creer lo que habíamos vivido en aquella final. Pero en nuestro destino estaba escrito que debíamos esperar hasta 2002″.







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