Ahora sé dónde va a aparecer

Ahora sé dónde va a aparecer

El otro día me encontré con Brian (se llama Braian, pero él está inscripto así) un chico de 17 años al que conocí una noche cuando salía del diario. Cruzaba la Plaza Artigas camino a mi casa como lo hago seis de las siete noches que tiene la semana, cuando pude verlo. Él corría de un Policía que vestido todo de negro y fuertemente armado extendió su brazo y lo golpeó con el palo de amasar humanidades que usan los uniformados.
Al ver esa escena y quedar sorprendido por lo que estaba pasando, siendo testigo del golpe sufrido por este adolescente, de su llanto, de su queja, de su postura de resignación ante la vida y al observar cómo el policía que lo había golpeado no lo detuvo, no lo condujo a la Seccional, ni tampoco le pidió los documentos, solamente lo golpeó y se retiró del lugar raudamente como si estuviera en infracción, me acerqué al joven para ver quién era y cuál había sido el motivo de ese ataque.
El adolescente me dijo que se había peleado con su familia, que estaba en la calle, que no tenía qué comer y que por eso cuidaba autos de noche frente al Hotel Salto donde se hacía de algún peso. Pero que la Policía ya le había dicho que se fuera de allí y “que no molestara”, algo que Brian no entendía cómo podía estar molestando, él sabía que lejos de hacer eso, en cierta medida “prestaba un servicio”. Aunque estos agentes del orden social lo que le estaban queriendo decir era que un adolescente, sucio, mal vestido y en estado de decadencia no podía afear el paisaje que brindaba uno de los hoteles más lujosos de la ciudad. Por eso le pegaron para que entendiera que era considerado una escoria.
Después que escribí su historia, Brian siguió durmiendo en la calle, tratando de “rescatarse” un lugar para no pasarla mal. Porque tener 17 años y dormir a la intemperie, es exponerse a cualquier cosa. Al cabo de un tiempo no lo vi más. Y cuando leí un reporte del Ministerio de Desarrolo Social del 2016 que decía que en el interior del país no se habían constatado adolescentes en situación de calle, me quedé tranquilo porque pensé que había recibido una ayuda del Estado.
Cuando averigüé y me dijeron que el informe se había hecho en base a datos estadísticos pero que a ellos no les constaba la existencia de ningún Brian, me preocupé profundamente. Pensé que se había ido a Montevideo o al exterior, o peor aún, que se había ido de este mundo.
Pero ni una cosa ni la otra. Brian todavía existe, sigue en la calle, vive en un asentamiento, se armó una carpa de bolsa y trata de sobrevivir cada día. Con su familia sigue peleado, se ha vuelto adicto a la pasta base porque fue con lo único que lo convidaron en la calle y nunca nadie ha ido a preguntarle qué necesita.
Nunca se enteró del informe, tampoco fue hasta el Mides para saber cómo lo podían ayudar, pero dijo que nadie le preguntó jamás nada, ni cómo podían ayudarlo. Solamente dice que sus padres no lo reciben en su casa y que él no quiso pedirles nada de nada. Se fue al asentamiento que existe hace muchos años y que está cercano a la avenida Reyles.
El jueves de tarde me lo encontré en la calle. Estaba parado en la esquina de Artigas y Larrañaga. Desaliñado como siempre, en mal estado y con una bolsa pequeña con fideos secos. “Hace dos días que no consumo”, me dijo en relación a la maldita pasta base que es un veneno que mata sin pudor. “Ahora voy a ver si me ‘rescato’ y me cocino algo porque tengo mucha hambre”, me contó. Allí supe dónde estaba viviendo y en qué estadística podía aparecer esta vez. En la de los adolescentes que consumen sustancias y que viven en la calle pidiendo ayuda todos los días, esa que ninguno de nosotros sabe darle y que pasa por algo muy distinto a una moneda, sino a la contención emocional que es lo que más necesitan.
Traté de alentarlo, diciéndole que aún tiene mucho por hacer, pero que debe quererse a sí mismo y creer que puede lograr lo que se proponga, que busque ayuda. Aunque como todo joven que se encuentra en ese estado de abandono, hace lo propio consigo mismo y se deja estar hasta verse morir.
Ojalá que las políticas sociales sean activas en este mes de enero y que después de hablar todo el año de empoderamiento y conceptos por el estilo, no estén de vacaciones y lleguen hasta dónde más lo necesitan, como es el caso de este adolescente que clama por ayuda y contención para salir adelante y no ser otro joven perdido. Siendo que en él se representa a decenas de adolescentes de nuestro medio que están en ese mismo punto de inflexión en sus vidas sin saberlo, donde no saben ya qué rumbo tomar.
Lamentablemente no creo que Brian tenga un resultado al corto plazo, por más que lo hayan querido ayudar, son más las exigencias que le imponen y la responsabilidad que le cargan que la contención que le dan y en ese sentido, como todo adolescente dolido con la vida se resiente y probablemente no la acepte así nomás porque desconfía de quien le tiende una mano sin pedirle nada a cambio.
Lo bueno para mi, es que temía que Brian se hubiera ido de este mundo, pero por suerte apareció, está vivo, aunque lamentablemente sigue pidiendo ayuda y perdiendo vida cada día que pasa.
Pero seguramente será algo positivo el hecho de que una institución oficial o una ONG puedan asistirlo y reconocer que en las estadísticas oficiales del año 2016 se les pasó algo y fue que sí hay un caso de un adolescente en situación de calle y que ese es Brian, que sigue (por ahora) en ese mismo estado desde que empezó el año y que está abandonado en un asentamiento de nuestra ciudad.
Ahora, si queremos realmente hacer algo por los jóvenes para sumarlo a las políticas de inclusión que practica el gobierno, esta es la oportunidad de hacerlo.

HUGO LEMOS







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