Al menos por un día

Cuando era niño esperábamos con ilusión que llegara el domingo. Era el día en el que nos reuníamos con nuestros amigos, con la familia y con quienes poco veíamos durante la semana, por las distintas ocupaciones que cada uno tenía. Aunque siempre era lindo ese despertar a la mañana que tenía hasta un color distinto, más allá de los rayos de sol que pocas veces eran opacados por lo nublado que pudiese estar ese día.

El hecho de compartir momentos agradables con nuestros padres, nuestros hermanos y luego del almuerzo ir a buscar a los amigos del barrio para ir a la cancha, son los recuerdos más gratos que tengo. En mi encuentro con ellos charlábamos de todo, pero principalmente de fútbol, mientras en el boliche de enfrente, el humo del asado que estaba a la venta inundaba nuestro estómago desde los varios parrilleros donde se asaba a brasa y calor, sonando de fondo siempre el folclore de nuestra tierra o cuando no, alguna que otra murga, incluso algún cassette de las incipientes agrupaciones de Salto.

Y todo eso siendo niños era algo que nos educaba, porque aprendíamos de la vida, de las cosas que veíamos, donde hasta escuchábamos charlas con interesante contenido. Que si los militares estaban imponiendo el voto amarillo o que si Lacalle podía ser presidente y para aquel entonces significaban vientos de cambio para una realidad gris del país. Aunque el tiempo demostró otras cosas muy distintas no mucho después, pero es harina de otro costal.

Recuerdo que cuando iba a la escuela en las frías mañanas de otoño, invierno y primavera, las que en aquel momento también tenían temperaturas más frescas que templadas, aunque las de hoy son lisa y llanamente cálidas, íbamos con entusiasmo por lo que podríamos ver en la clase ese día, pero también entrábamos con el debido respeto ante el maestro/a que nos tocara, a quien le decíamos fuerte y claro Buenos Días, de lo contrario no podíamos ingresar a clase. Me pasó una vez que quizás entré dormido a las 8 de la mañana, con 6 años de edad y mi maestro de primero me hizo quedar afuera por espacio de 10 minutos, por no haber dado el saludo de rigor.

Tiempo después lo volví a ver, le apodan Coco y siempre me acuerdo de la gripe que me hizo agarrar ese día, y por eso supe después que se ganó el malestar de mis padres, pero claro, en ese momento nunca me lo hicieron saber, yo no entendía nada de lo que pasaba, porque esa relación era entre los grandes. Si ellos decidían manifestar su molestia por algo en lo que no estaban de acuerdo con el centro escolar o tal o cual docente, lo hacían entre ellos sin dejarnos saber nada, porque el respeto que debíamos profesar por nuestros mayores, nuestros educadores y nuestras autoridades era absoluto.

No porque haya vivido en tiempos post dictadura, donde aún quedaban algunos resquicios de aquella época, sino porque la palabra respeto implicaba responsabilidad, esa derivaba en disciplina, éste concepto daba lugar al de organización, éste se traducía en compromiso y así, había una concatenación de valores que nos lo enseñaban en la escuela pública, a la que íbamos con túnica pulcramente blanca, más allá de que nos ensuciábamos como cualquier niño y de moña azul brillante como ofrenda a la escuela vareliana.

Pero en los recreos disfrutábamos como locos de jugar a la Rayuela, a la Quemada, al “25” que era el más agresivo de los juegos, porque el que hacía el gol número 25 tenía derecho a tomárselas con el que estaba en el arco en ese momento y en un momento de frenesí, la energía que no se gastaba en el picadito, se volcaba contra el deudor de la prenda.

No soñábamos con una computadora portátil ni a palos, lo más parecido y envidiado que veíamos desde lejos en la sala de la Dirección de la escuela, eran las TK 90, que funcionaban con un sistema operativo que a nosotros nos parecía una maravilla en aquel tiempo y tener una en casa sería más que un lujo.

Nuestros compañeros, los más privilegiados, tenían un Atari con juegos de palitos que apenas se movían y era todo un avance, algo que sería incomprensivo para un niño de la edad de mi hijo que maneja figuras, colores y hasta la posibilidad de darles órdenes verbales para que jueguen por él mientras se toma un jugo. Pero a ese Atari, lejos de la playstationmanía, sus padres los dejaban jugar apenas una hora por día y después de haber hecho los deberes, siempre y cuando éstos estuvieran prolijos y sin errores.

No había Plan Ceibal, pocas veces había calculadora para hacer las multiplicaciones, pero esto después que las maestras ya las habían controlado y nos exigían que tuviéramos bien hechas porque esas calificaciones sí pesaban a la hora de darnos el carné. Pero había una estricta razón por la que nos aplicaban tanta rigurosidad, a la escuela no se iba a hablar de política, de sindicalismo, de consumismo, término que estaba lejos del uruguayo promedio en aquella época y los días de paro, siempre había un maestro que asistía igual e iba a dar sus clases. ¿Alguien se paraba en la puerta y le gritaba carnero?, no. ¿Alguien dejaba de saludarlo con el debido respeto más allá de que no estuviera de acuerdo con las ideas que ese docente profesaba a contrapelo del resto? Tampoco.

Eran épocas en las que imperaban cosas muy importantes que hoy ya se han perdido por completo y que siento que mi generación, la de los que nacimos a finales de los años 70 y a principios de los 80, somos los principales responsables de que esté sucediendo. Lo que allí imperaba no era otra cosa que el respeto, la amabilidad, la cordialidad y el verdadero espíritu de tolerancia. Donde nadie nos obligaba a decir esto o aquello y a mirar de costado al que piensa distinto, lo hacíamos de esa manera porque así lo habíamos mamado de nuestros padres, de nuestras familias y de nuestros centros educativos.

Si veo una foto de cuando era alumno de la escuela y otra de la misma aula hoy, se me cae el alma. Los niños aprenden poco y nada, tienen el hábito de no estudiar, hablan mal, leen pésimo y nada, se expresan horrible, deforman el lenguaje y prácticamente no piensan, porque quien no sabe leer ni escribir, prácticamente piensa mal o no lo hace, que es lo peor que le puede pasar a una persona.

Está bárbara la aplicación de la tecnología en los centros escolares, porque estoy de acuerdo con el discurso de la inclusión y todo lo demás, pero quienes estamos en la población económicamente activa y pagamos impuestos al Estado, vemos en qué se gastan y me parece que una cosa es dar el recurso y otra es tirárselos por la cabeza.

Veo siempre que la mayoría de los chicos usan la computadora del Plan Ceibal, mayormente para entrar a Internet y ocuparse de cosas que son de este tiempo y muy importantes, como las redes sociales, algo que no puede dejar de estar presente en quienes habitan este presente y sobre todo en quienes pronto, en un futuro cercano, serán los tomadores de decisión en la sociedad desde el rol que decidan ocupar, pero que debería ser optimizado su uso desde el aula y desde la casa con un aprovechamiento mejor de los recursos que pueden obtener de esa fuente inagotable de materiales de conocimiento de todas las ciencias, como también lo es Internet.

Por eso recordaba ayer, en el día de todos los niños, cuán importante es para mi generación, que son hoy los educadores de los niños y adolescentes que los sucederán el día de mañana, que practiquen al menos por una jornada de trabajo desde su rol de educadores, parte de la educación que recibimos nosotros en el aula en nuestro tiempo, al menos como forma de rendir tributo a quienes nos educaron en su momento, tanto en la escuela, como afuera de ella. Y de esa manera ya estaríamos aprovechando un día para dar lo mejor de nosotros mismos y tratar de cambiar el sistema desde adentro, como lo dijimos en alguna manifestación estudiantil a partir de los 90, bregando por una educación de calidad, pero sobre todo, por una educación de verdad.

uando era niño esperábamos con ilusión que llegara el domingo. Era el día en el que nos reuníamos con nuestros amigos, con la familia y con quienes poco veíamos durante la semana, por las distintas ocupaciones que cada uno tenía. Aunque siempre era lindo ese despertar a la mañana que tenía hasta un color distinto, más allá de los rayos de sol que pocas veces eran opacados por lo nublado que pudiese estar ese día.
El hecho de compartir momentos agradables con nuestros padres, nuestros hermanos y luego del almuerzo ir a buscar a los amigos del barrio para ir a la cancha, son los recuerdos más gratos que tengo. En mi encuentro con ellos charlábamos de todo, pero principalmente de fútbol, mientras en el boliche de enfrente, el humo del asado que estaba a la venta inundaba nuestro estómago desde los varios parrilleros donde se asaba a brasa y calor, sonando de fondo siempre el folclore de nuestra tierra o cuando no, alguna que otra murga, incluso algún cassette de las incipientes agrupaciones de Salto.
Y todo eso siendo niños era algo que nos educaba, porque aprendíamos de la vida, de las cosas que veíamos, donde hasta escuchábamos charlas con interesante contenido. Que si los militares estaban imponiendo el voto amarillo o que si Lacalle podía ser presidente y para aquel entonces significaban vientos de cambio para una realidad gris del país. Aunque el tiempo demostró otras cosas muy distintas no mucho después, pero es harina de otro costal.
Recuerdo que cuando iba a la escuela en las frías mañanas de otoño, invierno y primavera, las que en aquel momento también tenían temperaturas más frescas que templadas, aunque las de hoy son lisa y llanamente cálidas, íbamos con entusiasmo por lo que podríamos ver en la clase ese día, pero también entrábamos con el debido respeto ante el maestro/a que nos tocara, a quien le decíamos fuerte y claro Buenos Días, de lo contrario no podíamos ingresar a clase. Me pasó una vez que quizás entré dormido a las 8 de la mañana, con 6 años de edad y mi maestro de primero me hizo quedar afuera por espacio de 10 minutos, por no haber dado el saludo de rigor.
Tiempo después lo volví a ver, le apodan Coco y siempre me acuerdo de la gripe que me hizo agarrar ese día, y por eso supe después que se ganó el malestar de mis padres, pero claro, en ese momento nunca me lo hicieron saber, yo no entendía nada de lo que pasaba, porque esa relación era entre los grandes. Si ellos decidían manifestar su molestia por algo en lo que no estaban de acuerdo con el centro escolar o tal o cual docente, lo hacían entre ellos sin dejarnos saber nada, porque el respeto que debíamos profesar por nuestros mayores, nuestros educadores y nuestras autoridades era absoluto.
No porque haya vivido en tiempos post dictadura, donde aún quedaban algunos resquicios de aquella época, sino porque la palabra respeto implicaba responsabilidad, esa derivaba en disciplina, éste concepto daba lugar al de organización, éste se traducía en compromiso y así, había una concatenación de valores que nos lo enseñaban en la escuela pública, a la que íbamos con túnica pulcramente blanca, más allá de que nos ensuciábamos como cualquier niño y de moña azul brillante como ofrenda a la escuela vareliana.
Pero en los recreos disfrutábamos como locos de jugar a la Rayuela, a la Quemada, al “25” que era el más agresivo de los juegos, porque el que hacía el gol número 25 tenía derecho a tomárselas con el que estaba en el arco en ese momento y en un momento de frenesí, la energía que no se gastaba en el picadito, se volcaba contra el deudor de la prenda.
No soñábamos con una computadora portátil ni a palos, lo más parecido y envidiado que veíamos desde lejos en la sala de la Dirección de la escuela, eran las TK 90, que funcionaban con un sistema operativo que a nosotros nos parecía una maravilla en aquel tiempo y tener una en casa sería más que un lujo.
Nuestros compañeros, los más privilegiados, tenían un Atari con juegos de palitos que apenas se movían y era todo un avance, algo que sería incomprensivo para un niño de la edad de mi hijo que maneja figuras, colores y hasta la posibilidad de darles órdenes verbales para que jueguen por él mientras se toma un jugo. Pero a ese Atari, lejos de la playstationmanía, sus padres los dejaban jugar apenas una hora por día y después de haber hecho los deberes, siempre y cuando éstos estuvieran prolijos y sin errores.
No había Plan Ceibal, pocas veces había calculadora para hacer las multiplicaciones, pero esto después que las maestras ya las habían controlado y nos exigían que tuviéramos bien hechas porque esas calificaciones sí pesaban a la hora de darnos el carné. Pero había una estricta razón por la que nos aplicaban tanta rigurosidad, a la escuela no se iba a hablar de política, de sindicalismo, de consumismo, término que estaba lejos del uruguayo promedio en aquella época y los días de paro, siempre había un maestro que asistía igual e iba a dar sus clases. ¿Alguien se paraba en la puerta y le gritaba carnero?, no. ¿Alguien dejaba de saludarlo con el debido respeto más allá de que no estuviera de acuerdo con las ideas que ese docente profesaba a contrapelo del resto? Tampoco.
Eran épocas en las que imperaban cosas muy importantes que hoy ya se han perdido por completo y que siento que mi generación, la de los que nacimos a finales de los años 70 y a principios de los 80, somos los principales responsables de que esté sucediendo. Lo que allí imperaba no era otra cosa que el respeto, la amabilidad, la cordialidad y el verdadero espíritu de tolerancia. Donde nadie nos obligaba a decir esto o aquello y a mirar de costado al que piensa distinto, lo hacíamos de esa manera porque así lo habíamos mamado de nuestros padres, de nuestras familias y de nuestros centros educativos.
Si veo una foto de cuando era alumno de la escuela y otra de la misma aula hoy, se me cae el alma. Los niños aprenden poco y nada, tienen el hábito de no estudiar, hablan mal, leen pésimo y nada, se expresan horrible, deforman el lenguaje y prácticamente no piensan, porque quien no sabe leer ni escribir, prácticamente piensa mal o no lo hace, que es lo peor que le puede pasar a una persona.
Está bárbara la aplicación de la tecnología en los centros escolares, porque estoy de acuerdo con el discurso de la inclusión y todo lo demás, pero quienes estamos en la población económicamente activa y pagamos impuestos al Estado, vemos en qué se gastan y me parece que una cosa es dar el recurso y otra es tirárselos por la cabeza.
Veo siempre que la mayoría de los chicos usan la computadora del Plan Ceibal, mayormente para entrar a Internet y ocuparse de cosas que son de este tiempo y muy importantes, como las redes sociales, algo que no puede dejar de estar presente en quienes habitan este presente y sobre todo en quienes pronto, en un futuro cercano, serán los tomadores de decisión en la sociedad desde el rol que decidan ocupar, pero que debería ser optimizado su uso desde el aula y desde la casa con un aprovechamiento mejor de los recursos que pueden obtener de esa fuente inagotable de materiales de conocimiento de todas las ciencias, como también lo es Internet.
Por eso recordaba ayer, en el día de todos los niños, cuán importante es para mi generación, que son hoy los educadores de los niños y adolescentes que los sucederán el día de mañana, que practiquen al menos por una jornada de trabajo desde su rol de educadores, parte de la educación que recibimos nosotros en el aula en nuestro tiempo, al menos como forma de rendir tributo a quienes nos educaron en su momento, tanto en la escuela, como afuera de ella. Y de esa manera ya estaríamos aprovechando un día para dar lo mejor de nosotros mismos y tratar de cambiar el sistema desde adentro, como lo dijimos en alguna manifestación estudiantil a partir de los 90, bregando por una educación de calidad, pero sobre todo, por una educación de verdad.

HUGO LEMOS.