Apuntes en borrador

EVOLUCIÓN. La actual generación digital está en cuestionamiento por quienes se resisten a los cambios (la generación analógica), de la que muchos formamos parte. La resistencia pasa básicamente por la cantidad de tiempo que los jóvenes y niños de hoy pasan concentrados en aparatos tecnológicos como el celular, la tablet o la computadora, “perdiendo el tiempo en vaya uno a saber qué”.

Cuando yo tenía la edad de mi hijo, entrando lentamente a la adolescencia, recuerdo que en mi casa también hubo una revolución tecnológica al llegar el televisor a colores con control remoto. En ese entonces, esos cambios radicales en los usos familiares del televisor, no fueron tan dramáticos en la relación padres e hijos comparado con lo que está ocurriendo hoy, que en algunos casos verlos tan concentrados durante tantas horas sin interactuar con otro ser vivo, lanza una señal de alerta.

Preocupa ver a su hijo en esa interacción con jueguitos y videos sacados de YouTube, donde los famosos influencers entran en sus cabecitas cambiando hasta la forma de expresarse con palabras centroamericanas. Es juntar a varios jóvenes de la misma edad en una habitación y podrá observarse a cada uno con su celular aislándose en su propia complacencia. En esa habitación nadie habla, entonces uno se da cuenta que este problema –si es que lo es-, no está pasándole en forma específica a mi hijo, sino a todos.

Aunque parezca exagerado, ellos están creando su propia cultura y adquiriendo mayor conocimiento, se están planteando dudas, tratan de responder temas existenciales que uno no llegaba a plantearse a esa edad. Ya lo adelantó en 1980 Alvin Toffler cuando escribió la continuación del “Shock del futuro”, con su obra más destacada, “La Tercera Ola”, marcando sin hacer futurología lo que hoy está pasando en nuestras familias y en la forma de relacionarse las personas por los avances tecnológicos, donde penamos por la pérdida de valores cuando en realidad lo que está ocurriendo es una transformación de nuestra escala de valores. Nos estamos adaptando a estos tiempos, y los dolores que estas transformaciones hacen a nuestra civilización, se hacen sentir porque son acompañadas de incertidumbre y escepticismo.

Pero este sábado a la noche, mi hijo de 14 años me sorprendió cuando de pronto me preguntó qué es el libre albedrío, lo que derivó en un rico intercambio filosófico de manual por casi una hora. Estuvo bueno poder charlar con mi hijo porque fue un tiempo libre de la computadora y de su celular. Cuando dimos el tema por suficientemente conversado le pregunté de dónde había sacado esa pregunta, “de un juego utópico que estoy jugando donde a sus personajes se les concede el libre albedrío”.

A veces los veteranos analógicos prejuzgamos equivocadamente lo que nuestros hijos hacen en sus aparatos, porque a través de los videos y juegos que consumen han descubierto otra forma de generar la sana inquietud de aprender y avanzar. Pero aún no pueden hacerlo solos, necesitan de nuestra guía y comprensión, por lo que debemos estar alertas y siempre disponibles a sus requerimientos intelectuales porque el intercambio entre las personas es y será siempre irremplazable e imprescindible.

Tras la charla con mi hijo, surgió en mí algo parecido a una crisis existencial que me llevó a cuestionarme qué hacía yo a mis 14 años. Mientras mi hijo se pregunta qué es el libre albedrío, ¿dónde estaba yo? ¿En qué andaba? ¿Qué me preocupaba a esa edad?

Eso, queridos amigos lectores, se llama evolución.

Hasta la semana que viene.

LEONARDO SILVA