Apuntes en borrador

PALABRAS. Hay una serie de palabras fuerza que guían mi vida. La más importante de todas es “Libertad”. Pero hoy quiero referirme a otra, una de tantas, como es la de “Igualdad”, y para hablar de ella debo necesariamente remitirme al artículo 8° de nuestra Constitución de la República, cuando sentencia que “todas las personas son iguales ante la ley, no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos o las virtudes”.

La sabiduría fluye de una letra tan clara que define la igualdad en nuestra sociedad, donde nadie es más ni menos que nadie, y que ya no será por el color de nuestra piel o ideología o tarjeta política (para usar un término viejo pero no perimido dentro de las prácticas corruptoras de nuestra clase política) o género o religión o un largo etcétera, lo que nos diferenciará a la hora de relacionarnos en comunidad.

Pero a esto se agrega que ser “iguales ante la ley” implica también tratar de manera distinta a quienes son distintos. Es decir, por poner un ejemplo, se debe tener en cuenta el desarrollo de las capacidades de las personas llegada la hora de realizar un juicio sobre alguien. Notoriamente el desarrollo intelectual de quien nace en cuna de oro, donde además de la educación formal (y seguramente privada), se le puede pagar clases extras de materias extracurriculares como también de curriculares para reforzar (sumar, entender) conocimientos, que de quien nace en una cuna de trabajadores zafrales o desempleados, que se encuentran en una situación de absoluta precariedad y que el mayor esfuerzo que pueden realizar es tratar de alimentarse todos los días.

Claramente no son lo mismo y debe comprenderse esas diferencias. Es el Estado (decimos una vez más) quien debe tratar de emparejar las bases de donde parten ambas personas desde la cuna, ofreciendo a todos las mismas posibilidades de desarrollo personal. Como se ve, hoy en día no es más que una utopía que por definición, es difícil que algún día pueda concretarse tal idealismo que parte de un concepto de, justamente, igualdad social.

Otra palabra emparentada al de “Igualdad” es el de “Equidad”, y aquí me permito recurrir para mi auxilio al diccionario de la lengua española de la Real Academia.

Equidad:
1. f. Igualdad de ánimo.

2. f. Bondadosa templanza habitual,  propensión a dejarse guiar, o a fallar, por el  sentimiento del deber o de la conciencia, más bien  que  por las prescripciones rigurosas de la jus ticia o por el texto  terminante de la ley.

3. f. Justicia natural,por oposición a la  letra de la  ley positiva.

4. f. Moderación en el precio de las cosas o  en las condiciones de los contratos.

5. f.Disposición del ánimo que  mueve a dar a cada  uno lo que merece.

Como se observa, las distintas acepciones de la palabra “Equidad” son complementarias al de “Igualdad”, pero es mucho más que eso. Pongamos un ejemplo gráfico para entender ambas palabras.

Supongamos tres muchachos, uno de 1.70 de estatura, el del medio con 1.50 y el más chico de 1.20, que están mirando un partido de fútbol frente a un muro de 1.65 de altura. Para eso cuentan con tres cajones iguales de 25 centímetros de altura donde se paran para vencer la altura del muro. Igualdad es que por ley cada uno tenga su cajón. Mientras el muchacho del medio no tiene problema, equidad es que el más grande le ceda su cajón al más chico para así llegar a la altura de 1.70 y vencer así al muro.

¿Se entiende ahora por qué debemos valorar con mayor énfasis a la equidad que a la igualdad? En eso estamos fallando feo como sociedad. Hasta la semana que viene.

LEONARDO SILVA