Apuntes en borrador

DE CIENCIA FICCIÓN. Parece mentira, pero uno no se da cuenta de ciertas cosas o no le da la debida relevancia hasta que pasan.

Sin ir más lejos, este sábado entrada la noche (más bien sería domingo a temprana hora de la madrugada, tirando a las 2), terminando de leer algunos apuntes en mi tablet y preparándome para acostar, miro el reloj del aparato digital que me indica que son las 3 y algo. “¡Qué raro!”, me dije, “no estuve tanto tiempo leyendo”. Me fijo en el reloj del microondas y declara una hora menos. Voy a mirar mi reloj pulsera, el que cada día uso más de adorno que para uso efectivo y me dice la misma hora del microondas.

Pasada la zozobra existencial del tiempo, y cuando casi comenzaba a pensar en alguna historia de viajantes en el tiempo, caí en la cuenta de la fecha en la que estaba, primer domingo del mes de octubre, cuando justamente, al menos en los últimos diez años, la hora avanzaba 60 minutos por los siguientes seis meses en nuestro país.

Quien programa el sistema informatizado de la hora de nuestro país se olvidó de la derogación del referido decreto del Poder Ejecutivo o alguien de Presidencia de la República omitió hacer la notificación oficial a quien correspondiera.

La cuestión es que a las pocas horas, en las redes sociales, abundaban ejemplos de personas que habían tenido una sensación similar. Otros reclamaban que le habían vuelto a quitar una hora de sueño. Todos los portales noticiosos se hicieron eco.

Esto me hizo notar la dependencia que tenemos de nuestros teléfonos celulares, donde ya no solo tenemos todos nuestros contactos en el aparatito sino que además agendamos nuestras tareas de cada día y ponemos el despertador. Lo básico.

Entonces recordé la novela (llevada al cine) de Stephen King (“Maximun Overdrive”, 1986) cuando las máquinas se rebelaron contra la Humanidad. O de la película de John Badham del 83, “Juegos de Guerra”, cuando la súper computadora del NORAD decidía iniciar un bombardeo nuclear masivo contra la Unión Soviética porque la máquina pensó que se trataba de un juego. Más acá en el tiempo, me vino a la mente la saga de “Terminator”, que más allá de los músculos de Arnold (y de apellido difícil), realiza el planteo de la dependencia que tenemos con las computadoras y las máquinas. Todo ciencia ficción, todo fantasía…

Sin embargo, nuestra vida, sin que nos demos cuenta, es ya dominada por los programas de computadoras y por las máquinas. El que un sistema mal programado cambiara equivocadamente la hora en el país en el que vivimos es solo una muestra.

Recientemente he hecho notas a empresarios que nos dicen que están trayendo a Salto las casas inteligentes, donde no solo podemos programar con anticipación las alarmas o graduar la temperatura ambiente o medir la intensidad de la luz de nuestros hogares desde el teléfono celular o desde una computadora desde nuestras oficinas, sino que ya podemos pagar nuestras facturas sin movernos de casa, sea también a través de la computadora o del mismo teléfono celular.

Ya estamos viviendo en un mundo donde dependemos de máquinas; es decir, que el futuro anunciado en aquellas películas y novelas ya está entre nosotros. Solo esperemos que aquello de la inteligencia artificial donde las máquinas se vuelven paranoicas, al mejor estilo de HAL 9000 de “2001, odisea del espacio” o la Skynet de “Terminator”, sigan siendo por unos cuantos años más mera especulación de ciencia ficción y parte de nuestra fantasía.

(Nota: esta columna la escribí tempranito, tras despertarme una hora antes de lo pensado y teniendo presente en todo momento a la familia del responsable del sistema del uso horario en nuestro país, pese a no saber de quién se trata).

LEONARDO SILVA