BALTASAR BRUM

Por Dr. Adrián Báez
Estimados lectores. Salto ha sabido darle al Uruguay y al mundo, una brillante cosecha de hombres y mujeres que grande lo han hecho: escritores, músicos, deportistas, intelectuales y también políticos; siendo el más reconocido de estos últimos, el Dr. Baltasar Brum.
Nació el 18 de Junio de 1883 en la localidad de Cuaró, actual Departamento de Artigas, en el seno de una familia con ancestros flamenco holandeses por parte de padre y brasileño por el lado materno.
Su infancia transcurrió mayormente en el campo, el que abandonó para trasladarse a la capital salteña y comenzar sus estudios en el Politécnico Osimani y Llerena, graduándose de bachiller, y donde fuera docente de filosofía y literatura, una vez obtenido el título de Abogado y haberse radicado nuevamente en la ciudad a ejercer la profesión, como también el periodismo.
Tras haber conocido a Don José Batlle y Ordóñez en la ciudad de Paysandú y quedar sorprendido por el entonces Presidente, comenzó su carrera política, llegando a ocupar la vicepresidencia de la Junta Económico Administrativa en 1911, siendo su nombre manejado para ser el primer Intendente Municipal del departamento, lo que no se concretó. Cuentan, que fue protagonista de un acalorado debate en el Teatro Larrañaga, de una altura intelectual de primer nivel, con el director del diario “La Prensa”, Luis A. Thevenet, lo que lo situó indudablemente en un lugar de liderazgo poco común para un joven de su edad.
En 1913, el Dr. Feliciano Viera lo recomendó ante Batlle para ocupar el cargo de Ministro de Instrucción Pública, pero al no contar con la edad necesaria de 30 años, no pudo ocupar esa dignidad, haciéndolo recién el 30 de Junio, siendo realizaciones notorias de su gestión, el establecimiento de bibliotecas municipales en todos los departamentos del país, y la eliminación de la matrícula para ingresar a secundaria, equiparándola así a primaria, dándoles igualdad de condiciones a todos los habitantes del Uruguay, sin depender de la centralización capitalina.
Ocupó también el Ministerio del Interior y el de Hacienda, pero sus logros más sobresalientes, que lo convertirían en un Estadista, fueron al frente de la cartera de Relaciones Exteriores, desde donde bregó a nivel internacional por el arbitraje ante conflictos entre naciones, y por la solidaridad continental, impulsando el Panamericanismo.
En 1918 es proclamado como candidato a Presidente de la República, asumiendo de forma poco convencional, en el Paraninfo de la Universidad, compartiendo el poder con el recientemente creado Consejo Nacional de Administración, tras la reforma constitucional de 1917. Contaba tan sólo con 35 años de edad.
Durante su gobierno se creó la Caja de Jubilaciones y Pensiones para Funcionarios Públicos; se promulgaron las leyes de descanso semanal obligatorio y de indemnización por accidentes de trabajo; se autorizó al Banco Hipotecario a otorgar los primeros préstamos para viviendas; fieles demostraciones de su abnegada lucha en favor de los derechos de los trabajadores y sus familias, que reflejaban la primera consigna del Batllismo: la Justicia Social; entendida ésta, como la dignificación del hombre, partiendo del otorgamiento de igualdad de oportunidades, con las que podrían construirse su propio futuro, y el no flagelo de los derechos de quienes con su trabajo y esfuerzo, construían asimismo el futuro del Uruguay, principios que deben regir aún hoy, a casi 100 años de aquél episodio, y que ningún gobernante que se jacte de serio y responsable, debe de olvidar.
Así lo plasmó en su discurso de asunción el 1 de Marzo de 1919, que lo definen como un gran Oriental y para nuestro orgullo, como un salteño ejemplar.
“Debemos al obrero, no sólo la ayuda terapéutica de amplias leyes de asistencia social sino, además, un constante esfuerzo reparador, para sacarlo de la inferioridad intelectual y económica en que ha sido colocado por virtud de una mala organización secular que hizo posible, como en el suplicio del “hard labour”, el cruel absurdo de que entregando al trabajo toda su vida de privaciones y penurias y, contribuyendo de ese modo al engrandecimiento de la sociedad recogiera, como única compensación a sus sacrificios extenuantes, apenas lo indispensable para no morirse de hambre”.







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