BATALLA DEL RINCÓN

Por Dr. Adrián Báez
Estimados lectores. Varios hechos heroicos constituyeron la marcha hacia la creación del Uruguay como nación libre e independiente, uno de ellos, no tan recordado o por lo menos no de la manera en que debiera serlo, fue la Batalla del Rincón, cuyo desarrollo pasamos a contarles.
Una vez producido el desembarco de los Treinta y Tres Orientales en la Agraciada, de a poco se fue conformando un contingente de patriotas, que constituyó el ejército cuyo objetivo primordial era derrotar a las fuerzas ocupantes del Imperio del Brasil, y obtener la independencia del territorio, con la clara idea de sumarse a las Provincias Unidas del Río de la Plata.
La incorporación más importante que tuvo el naciente movimiento, fue la del Gral. Fructuoso Rivera, “Don Frutos”, quien se reconcilió con el Gral. Lavalleja en el célebre “abrazo del Monzón”, y quien sin duda era el hombre que mejor conocía el territorio Oriental hasta en sus mínimos detalles, gozando además, desde los tiempos de Artigas, de un extendido prestigio entre los paisanos de la Provincia.
La fuerza imperial ostentaba algo más de 700 soldados, comandados por los coroneles Mena Barreto y Jardim, y se dirigía al encuentro del grupo comandado por Lavalleja, el cual se encontraba acampado en la ciudad de Durazno, aproximadamente en el centro del territorio. Para el ejército brasileño, resultaba de enorme importancia disponer de una gran cantidad de caballos que estaban concentrados en la estancia situada en la confluencia de los ríos Negro y Uruguay, hacia el sur, en la zona llamada “Rincón de Haedo” o “Rincón de las gallinas”, debido a que por allí abundaba una especie autóctona de aves, conocidas como las pavas de monte.
De tal manera, Rivera se propuso apoderarse de esas caballadas, lo que significaría un grave trastorno para la posibilidad de movimiento del contingente enemigo, y en cambio aportaría iguales medios al Oriental. Con tal propósito, llevó a cabo diversas operaciones de distracción de aquél, logrando atravesar con sus 250 hombres el río Negro, utilizando unas pocas canoas, en el llamado “paso de Vera”, ocultándose en los montes aledaños al río durante toda la jornada del 23 de septiembre de 1825.
Mientras el grueso de las tropas imperiales había sido alejado del lugar, en la madrugada del 24 de septiembre, los combatientes de Rivera sorprendieron al pequeño grupo de centinelas que cuidaba de los caballos, a los que hizo prisioneros, volviendo el caudillo hacia el campamento de Lavalleja. Sin embargo, pasadas las ocho de la mañana, recibió el aviso de que tres divisiones enemigas, desconociendo las circunstancias, se aproximaban al Rincón para tomar posesión de las caballadas.
Ante dicha disyuntiva, Rivera organizó sus fuerzas en tres frentes, una al centro, constituida por las fuerzas provenientes de Durazno que comandaba el Cnel. Julián Laguna; a la izquierda, las milicias provenientes de Soriano al mando del Cap. Miguel Sáenz; y a la derecha, el propio Rivera comandaba sus dragones, destacando además, una pequeña fuerza de 40 fusileros, al mando de los Caps. Gregorio Más y Manuel Benavídez, con la misión de adelantarse sobre la columna brasileña simulando ser un pequeño piquete de guerrilleros.
Conocedor preciso del terreno, Don Frutos logró que las tres columnas brasileñas se concentraran y debieran replegarse para caer en un terreno pantanoso, los llamados “bañados”, donde les era extremadamente dificultoso desplazarse. En esa posición fueron atacados por el ejército patriota en pleno, que pese a su inferioridad numérica y de armamento, aprovechando la sorpresa y en medio de la confusión e inmovilidad que enfrentaron los norteños, les infligió una grave derrota.
Los soldados brasileños se replegaron en total desorden, siendo perseguidos por los Orientales, quienes hicieron cientos de prisioneros, incluyendo una veintena de oficiales, sufriendo además entre sus bajas más de cien muertos, incluso el Cnel. Mena Barreto y más de quince de sus oficiales, capturándose también, un importante parque militar que comprendía armas y municiones que fueron un valioso aporte, sumado a la caballada inicialmente capturada.
Tal hazaña, además de su significado estrictamente militar, que permitió al ejército oriental colocarse en excelentes condiciones para presentar batalla en Sarandí y así fortalecerse ante un poderoso Imperio del Brasil que vio en los bravos gauderios un hueso duro de roer, propiciando con el tiempo el camino a la conformación del Estado Oriental; al mismo tiempo, otorgó a Rivera un crédito cuya importancia pudo ser el germen de las profundas rivalidades con Lavalleja, que volvieron a reverdecer en los meses posteriores, y que finalmente pautaron de manera decisiva la vida política de la República Oriental del Uruguay luego de su independencia, apenas un lustro después, con el surgimiento de las divisas y el inicio de La Guerra Grande.







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