Bien por el IMAE para la gente

¿Quién puede oponerse al IMAE? ¿Quién puede decir que el funcionamiento del mismo no es beneficio para la gente de Salto y la región, que en caso de sufrir un problema cardíaco puede llegar a tener atención inmediata y de esa forma salvar su vida? Nadie duda de esto y todos apoyamos su existencia, por necesaria y anhelada. Sobre todo porque mucha gente de nuestro departamento y la región lo añoró cuando más lo precisó y porque también lo necesitaron los familiares de los afectados que con el corazón en la boca, vieron cómo sus familiares al momento de sufrir un infarto de miocardio debieron ser trasladados a Montevideo para que los ayudaran a seguir viviendo.
Hay testimonios de sobra de salteños que, al verse en estos aprietes, llegaron a la capital casi sin saberlo y al abrir sus ojos vieron que quienes los estaban esperando para intervenirlos y tratar de salvarles la vida, eran médicos con quienes se conocieron de toda una vida por haber nacido y vivido en la misma ciudad. optimista
Todo esto y más, llevó a la alegría porque en Salto desde hace un tiempo puedan hacerse cateterismos e intervenciones de alta complejidad, con equipamientos con tecnología de vanguardia, cuando fuera necesario, desbordara en instituciones y en organizaciones sociales, así como en movimientos populares que apoyaran e instalaran una campaña para la instalación de un IMAE cardiológico, porque hablaban en clave de comunidad.
Siempre dijeron “Salto precisa un IMAE”, refiriéndose al departamento y a la población que lo comprende, sin excluir a quienes viven en la ciudad o el interior, ni tampoco a los que se atendían en el Hospital o en el Centro Médico.
Todo esto generó cierto aire de empoderamiento del reclamo, que tuvo a todos los salteños sumando a los vecinos de la región, para aunar esfuerzos adosados a una campaña que vimos hasta como heroica, donde todos dejaban de lado sus ocupaciones habituales para poder viajar a las localidades que fueran necesarias e informarle a la gente la patriada en la que estaban embarcados, diciéndoles que era una empresa que nos comprendía a todos y que no había quien no se pusiera esa camiseta porque nadie quería pasar por lo que dice la canción del célebre Pablo Estramín “Morir en la capital”, pudiendo ser atendidos acá nomás, a pocas cuadras de su casa y de la mía.
Por esa razón y mucho más, afloró el sentimiento de localía donde se le dijo al Estado que era importante tener un centro de atención altamente especializado en Salto, porque la gente lo necesitaba y además lo merecía. Y aparecieron los que estuvieron en otras luchas y dijeron que así como habían logrado tener una obra como la represa de Salto Grande o una Universidad de la República que le permitiera a los hijos de los que poblaban esta tierra acceder a la educación terciaria gratuita, ahora iban por logros para mejorar la calidad de atención de la salud, porque decían que teníamos recursos humanos y materiales adecuados para lograrlo.
Cuánto patriotismo en ese emprendimiento que nos tuvo a todos atrás del mismo y en cierto momento hasta cruzados con los gobiernos de turno, porque nos decían que era tan grande el “negocio” que no querían descentralizarlo desde la capital hacia el interior. Que ni siquiera el Hospital de Tacuarembó con todos los avances logrados en el campo de la neurocirugía había podido lograr un IMAE y eso que tenían respaldo médico y técnico para tenerlo.
Muchos se enfrascaron en discusiones cuasi técnicas médicas por más que no entendían un pomo de lo que estaban diciendo, pero el resultado de lo que querían decir era que en Salto tenía que existir un IMAE y punto.
Después que ese movimiento de masas convencido de que estaba en lo cierto, desbordó el teatro Larrañaga, agitado por quienes le decían a la gente que gritara tranquila nomás porque ellos ya tenían pronto el angiógrafo porque lo habían comprado hacía como dos años atrás y pagado por él una fortuna para hacerlo funcionar y además ya tenían contratados a los médicos que iban a operar a todo aquel que lo necesitara, la sociedad se convenció de que en su garganta y agitar de puños como pocas veces lo habían hecho en sus vidas, estaba el destino de ese centro de atención que ya urgía, y prácticamente lo necesitábamos todos (Dios me libre de tal cosa, aunque nadie sabe donde puede terminar).
Una vez esto, vino el Sí del gobierno, al que todos miraban con recelo por haber dilatado tanto el tema y la gente celebró. Casi hubo caravana por el centro, pero algunos cautos le dijeron que no daba para tanto. Que la atención de salud de una persona tenía que ser de una forma u otra. Entonces ¿cuál era el trasfondo?
Desde hace años hubo una intensa negociación entre los propietarios del equipamiento adquirido y el Estado por los cánones que estos debían percibir al momento de venderle servicios de salud a toda la población. Sabido es que desde la vigencia del sistema nacional integrado de salud, el Estado marca una fuerte presencia en las políticas de salud y ha generado para los operadores privados del sector, cierto estado de intervención que ellos por supuesto, rechazan, porque entienden que tienen derecho a prestar salud con la política que ellos entiendan conveniente, y que los afiliados que les toquen en suerte, deberán adaptarse a ello, mediante el contrato de adhesión que celebran al afiliarse.
Al saberse que el Estado debe pagarle una suma importante de dinero por cada usuario de salud pública que se atienda en el IMAE, a los propietarios del equipamiento con el que el mismo funciona, aparece otra arista de toda esta lucha que llevó años y que terminó involucrando a la sociedad en su conjunto, que la única lectura que hizo fue la de la necesidad de que el mismo existiera, olvidándose del trasfondo que pudiera haber en este caso. Y que duró muchos años, sin que la sociedad conociera los pormenores hasta hoy, pero sí le endilgara a una de las partes, quizás injustamente, la dilatación del funcionamiento de ese bendito centro de asistencia.
Vuelvo al principio, nadie está en contra del IMAE per se, porque sería estúpido oponerse a algo que ayuda a curar gente y hasta puede salvar vidas. Pero sí es importante hacer una lectura mucho más profunda y meditada de cómo se dieron los hechos, y de quiénes se benefician con todo esto y entonces entenderemos mejor el porqué de su lucha. Y hasta los que nos entusiasmamos con las ciencias de la comunicación, quizás los felicitaremos por el buen manejo del lobby que hicieron con este tema.

HUGO LEMOS










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