Caluroso y frío final

Final de diciembre. Calor. Pero a pesar de él, pensar en el final del año nos trajo a la mente un verso de la salteña Margarita Muñoa, que habla de una sensación “fría como un final”. Y realmente cerramos este año, en muchos aspectos, con una sensación de triste frialdad. Esa misma que a veces se cuela impunemente en el calor o la calidez de una fiesta deportiva. Para finalizar el Campeonato Uruguayo de Fútbol (símbolo o emblema de nuestra tradición cultural), después del clásico en que Nacional resultó campeón, el Uruguay vivió otro hecho de violencia gravísimo: fue asesinado un joven que iba a festejar el triunfo de su cuadro. Abundaron entonces los discursos de la gente en la calle pero también en medios de prensa, oral y escrita, referidos a que “la sociedad está conmovida por este hecho”. Discrepo. No toda la sociedad está conmovida. Es cierto que “queda lindo” decir: “como sociedad estamos conmovidos”, pero en verdad, no es tan así. CONTRATAPA Hay gente a la que no se le mueve ni un pelo con estas cosas. Más aún: lamentablemente cada vez hay más gente que se conmueve menos con estos hechos. ¿O acaso no son hechos que se dan cada vez más? ¿O acaso no anda cada vez más gente con armas dispuesta a matar sin ningún pudor, como si un niño anduviera con un caramelo? La sociedad está infectada de estos energúmenos que también forman parte de ella, de esta, de nuestra sociedad; y sin embargo ¡¿qué se van a conmover?! Pero este asesinato no puede verse como hecho aislado, sino como parte de algo mucho más grande y complejo, un eslabón más de una larguísima cadena de tragedias que vivimos desde hace varios años (un crimen cada 20 horas) y que vienen en aumento. Y que tiene, por supuesto, muchas aristas, muchos frentes que atacar. Nadie tiene la receta para terminar con esto; si así fuera, ya se la hubiese aplicado. Lo que nos queda es tomarnos unos minutos aunque sea, y pensar qué podemos hacer, desde nuestra casa, nuestro barrio, nuestro trabajo. El asesinato del hincha fue premeditado. Quien lo cometió –mandatado por otro- fue con el objetivo de matar a alguien. Pero más allá de si el fallecido era de tal o cual cuadro, lo que queda en evidencia es algo elemental y fácil de percibir: la falta de tolerancia, respeto y valor por la libertad y la vida ajena. Por eso, si hay gente ¡a la que le importa un corno la vida de otro!, ¿vamos a pensar que toda la sociedad está conmovida? No seamos ingenuos. Ni hipócritas. No hablemos para la tribuna (y no precisamente del Estadio Centenario). Este hecho es un reflejo clarísimo de la decadencia que nuestra sociedad (ahora sí hablo de la sociedad toda) como tal viene experimentando. Ha ido perdiendo los valores fundamentales. ¿Alguien duda de eso? Pero lo que es peor: nos hemos ido resignando a ello. Hemos ido renunciando a ir al estadio con niños por miedo, nos hemos ido enrejando por miedo, ponemos alarmas por miedo, tenemos perros guardianes por miedo, los días de partidos hay quienes viven en determinadas zonas que no pueden salir ni entrar de sus casas con tranquilidad y lo han asumido como cosa natural. Tenemos miedo y nos hemos resignado a tenerlo. ¿Quiénes no lo tienen?: los mismos que no se conmueven cuando matan a un ser humano. Los demás tenemos miedo: de las “barras bravas”, de ciertos grupos, de “locos sueltos” que andan por ahí y nos pueden matar o lastimar o robar lo que tanto trabajo nos costó conseguir. El deporte, al menos hasta hace unos años, fue un pasatiempo, actividad para compartir en familia o con amigos de la que todos podían disfrutar. Ahora no, y lo hemos naturalizado, nos hemos acostumbrado, desgraciadamente. En los jardines de infantes, escuelas, liceos, y también en la familia, es donde se fomentan los valores de sentimiento de equipo, respeto por el prójimo, de inclusión. Pero después, cuando llegamos al estadio, a la cancha, ¿qué pasa? ¿Nada de esos valores existen? Conclusión: estamos fallando, tanto en el ámbito educativo como en el seno del hogar. Porque por más que los operativos policiales sean cada día más sofisticados, si no se soluciona el problema de fondo, siempre tendremos incidentes como este o peores. Hay que recuperar la sociedad uruguaya. Que en ella los inadaptados vayan siendo cada vez menos y no más; recuperar el respeto al otro, a su trabajo, al progreso de cada uno por mérito propio y a su libertad. Hay que terminar con el resentimiento, el revanchismo, la envidia. Hay que recuperar la sociedad de personas que entendían, que respetaban y que valoraban a los demás. Tiene que volver a tener peso aquello de que “Mis derechos terminan donde comienzan los de los demás”. A ese proceso habrá que apostar. No es solución suspender el fútbol por seis meses, o un año. Se haría mucho daño con eso.
Por ejemplo, se perdería una gran cantidad de trabajo. Como dijo una vez Ricardo Faccio: hasta el que fabrica el piolín para los chorizos de los choripanes que se venden afuera de las canchas perdería trabajo. Y no es justo que eso pase por algunos energúmenos seres que se han enquistado entre nosotros, como el que mató recientemente al hincha en Montevideo.
Pero a pesar de todo hay que confiar. Hay que no bajar los brazos y elevar la esperanza en un tiempo nuevo, la esperanza en que nuestro país, a partir del 1º de marzo, pueda al menos iniciar un proceso (porque nada de esto se arregla de la noche a la mañana) de recuperación y restauración de lo perdido.
Es algo que pide a gritos “casi” toda la sociedad (porque los delincuentes no, y también la integran) y permítasenos decir finalmente que en gran medida, este proceso de cambio se logrará sólo si se empieza a cambiar el nefasto asistencialismo de hoy -que sólo promueve falta de buenos hábitos- por una mejor educación, algo que se prometió siempre (“educación, educación y educación”, ¿se acuerda?) y que no se ha cumplido. Al contrario, la decadencia educativa y cultural parece, desafortunadamente, que no tiene fondo, ni frío final.

POR: JORGE PIGNATARO