CLINTON O TRUMP

Por Dr. Adrián Báez
Estimados lectores. La elección presidencial en Estados Unidos, será sin lugar a dudas la más importante de los últimos años, debido a la enormidad de principios que están en juego. Sencillamente, lo que resuelvan los ciudadanos de ese país, tendrá más repercusiones de las que normalmente tiene, pues se trata del perfil del mandatario de turno de una potencia que directa o indirectamente, regirá el funcionamiento del mundo entero, en circunstancias especiales por las que atraviesa la humanidad.
La disyuntiva que se esclarecerá en el mes de noviembre próximo, deberá transitar por 100 días en los que los Demócratas tendrán que dar una firme y ardua lucha para convencer a sus compatriotas de que concurran a las urnas, primero, ya que allí las elecciones no son obligatorias como en Uruguay, y en segundo lugar, hacerles comprender lo imperioso que es el cerrarle el paso hacia la Casa Blanca, a un ególatra, misógino, racista, homofóbico, y xenófobo, como lo es el magnate inmobiliario de Wall Street, Donald Trump, que por demagogia pura reniega de su procedencia, arremetiendo contra quienes le han permitido y continuarán haciéndolo, ganar miles de millones de dólares, que por cierto, jamás beneficiaron ni lo harán a ninguno de los crédulos que lo ven como a un salvador, y menos aún a los trabajadores que bajo su patronato, no fueron precisamente respetados en sus derechos laborales, no divisándose en el horizonte de que vayan a serlo.
En frente a esta rara avis de la política estadounidense, que sorpresivamente se hizo con la nominación del Partido Republicano, ese mismo que supo cobijar a Lincoln, Theodore Roosevelt, a Reagan, y que blandió en su larguísima historia el respeto a la familia, a la Patria, al Libre Comercio, a las Fuerzas Armadas y al relacionamiento entre las naciones aliadas, y que ve socavar su legado ante un oportunista con carisma, se encuentra la ex Primera Dama, Senadora, y Secretaria de Estado Hillary Clinton.
Dicha dirigente Demócrata formada en Princeton y en la Facultad de Derecho de Yale, reconocida como una de las mejores abogadas de su tiempo, ha construido, no sin muchas resistencias y cuestionamientos, un liderazgo refrendado a nivel mundial, que contrasta abismalmente con su oponente, y le otorga por lo tanto, credenciales por más que suficientes para ejercer el poder de la nación más poderosa económica, militar y políticamente hablando.
Muchos se preguntarán qué importancia puede llegar a tener esa instancia electoral; y la respuesta es: un montón.
No sería la primera vez en la historia del hombre, que seres oscuros de espíritu, que ambicionan el poder por el poder mismo y sin ningún escrúpulo se embarcan en la travesía para alcanzarlo, se envuelven en las banderas de la democracia, y una vez conseguido su objetivo, la derriban sin más, y de muchas maneras, por haber sido siempre rechazada, pero utilizada para lograr lo que de otra forma no podrían haberlo hecho sin ser llamados, Golpistas, aunque luego lleguen a ser algo peor.
Trump representa, y depende de la sensatez de los habitantes del país continente que no llegue a su buscado destino, lo peor de la denigración de la política; inclinándose sobre todo hacia un populismo peligroso y rastrero, pero que no será como el de Chávez, Maduro, o los Castro, nefastos en sí mismos, sino que se asemeja más al de un Adolf Hitler, un Benito Mussolini o un Francisco Franco, cuyo odio, grieta o fanatismo, y utilización del miedo como arma de convencimiento, hicieron temblar al mundo en el no tan lejano Siglo XX.
Muchas diferencias hemos tenido y seguramente tendremos con el gigante del norte; pero reconocemos en él, al primer pueblo en darse una democracia liberal y plasmar los derechos fundamentales del hombre, realizando una revolución de todos, para que no fuera un solo hombre el que decidiera por ellos, opción que de triunfar el déspota afín a los reality show, sucederá.
El país de Washington, Jefferson, Smith, Lincoln, los Roosevelt, Matin Luther King, entre otros grandes, no puede sucumbir ante la impronta de un ser peligroso y altanero.
Hay una máxima de la política que reza: “Hacer política es ser parte de un propósito más grande que uno mismo”. Esa convicción muy republicana que sostiene que es entre todos como se debe de edificar el futuro, no puede ser derribado en este Siglo XXI, por nostálgicos de los tiempos en los que prevaleció la inmundicia humana.
Aunque parezca exagerado o irrelevante, estamos obligados a sentir preocupación, pues lo que se decidirá en poco tiempo, puede marcar el futuro mismo de todos. Qué Dios ilumine a los responsables de discernir entre Clinton o Trump.







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