Deben comprender lo que hacen

La mujer estaba sentada en un banco de la Plaza Treinta y Tres mirando hacia las oficinas del INAU. Notaba que no había movimiento, que las ventanas y la puerta estaban totalmente cerradas. Igual tenía la esperanza intacta de que abrieran. Mientras tanto, su hija de 9 años de edad, jugaba en ese soleado día alrededor de la fuente principal de tan emblemático espacio público de nuestro medio.
Pero era semana de turismo, miércoles para ser preciso y la mujer temía que no trabajaran pero se vino igual desde uno de los barrios más lejanos de la ciudad para tratar de lograr su cometido, hablar con las autoridades y formular su pedido. Su hija ni se enteró de la preocupación que rondaba en la cabeza de su progenitora. Con una sonrisa pura, propia de una pequeña de esa edad, jugaba con algunos niños que estaban en grupo en ese lugar, disfrutando de las vacaciones.
Aunque la madre miraba el reloj y se convencía que no se cumpliría la apertura de las oficinas. Y así fue. Se acercó hasta alguien que estaba sentado en el lugar y le preguntó, cuando se desayunó que no tendría chances, se dio cuenta que no le quedaba otra que volver a su casa, donde la esperaban sus otras dos hijas, también mujeres, de 11 y 7 años de edad.
Se trata de una madre sola, que trabaja duro cada día en sus labores con el fin de sacar adelante a sus hijas. Las mismas concurren a la escuela del barrio donde viven, al Club de Niños y tienen grupos en la comunidad donde participan y hacen deportes.
El tema es que la mujer está sola y recibe una asistencia del Estado. Le dan en la mano unos 7.500 pesos aproximadamente por mes, poco más, poco menos. Con ello, les da de comer a cada niña, las viste, le compra los remedios cuando lo necesitan y encima les compra los útiles para ir a la escuela. Todo con ese monto. Es una administradora de primera.
Empero el problema que se le presentó en las últimas horas es que se sintió incómoda con la asistente social que la fiscaliza y le hace el seguimiento. Es que la funcionaria, una muchacha joven que muchas veces recita de memoria lo que aprendió en la Facultad como en la mayoría de los casos, le dijo que evitara gastos superfluos con el monto asignado y que tratara de ahorrar.
Ella es buena administradora, se considera así al menos. Su hija estaba bien vestida y hasta galletitas dulces estaba comiendo con una sonrisa de oreja a oreja el día que fue con su madre a ver si estaban trabajando en el INAU, pero sabe que por más buena administradora que sea, maga no es.
Cuando contó que a raíz de que con ese comentario se sentía incomprendida por la asistente social que la visita, todos los que estaban escuchándola, la comprendieron enseguida y uno le preguntó: ¿tiene hijos esa asistente social? ¿cuántos?.
Y la mujer atinó a decir “creo que no tiene ningún hijo todavía”. “Ah, por eso, no sabe de qué habla” dijo otro. “Es como cuando un sacerdote te habla del matrimonio y pretende explicarte cómo funciona, es ridículo, si ellos no saben cómo es porque no se pueden casar”.
Nunca escuché comentarios tan atinados de la gente. Todos cuestionaron que cómo el INAU iba a asignar a un caso de una madre sola con tres hijos que tiene problemas de todo tipo para sacarlos adelante, a una joven muchacha que vive con sus padres y que no tiene idea de los malabares que hay que hacer para criar a los hijos, incluso teniendo trabajo estable, casa y a los padres juntos, mucho peor es cuando se está solo, sin trabajo y viviendo de las magras y miserables ayudas y subvenciones que le da el Estado a las mujeres que intentan criar ciudadanos de bien para el futuro del país.
Para eso, que se supone que es lo más importante que podemos hacer, que es solventar como sociedad a gente así, porque con ellos está en discusión el futuro de nuestra comunidad y de la continuidad de la especie uruguaya, le damos el más mínimo ingreso que podamos y encima le asignamos un recurso humano sin experiencia sobre el desarrollo y la conformación de una familia, de cómo hace un grupo de personas que conviven bajo un mismo techo para conllevar con holgura las obligaciones de una casa y mantener una vida mínimamente decorosa, con los escasos pesos que le da el Estado, para que encima le pida después que ahorre.
Es una locura. Todo porque la mujer realizó una reparación en su casa, muy chica, para evitar un dislate con un vecino y poder vivir tranquila con sus hijas. Algo de lo que no debemos, ni podemos, ni queremos tener que renegar.
Hace mucho tiempo que el INAU trata de hacer lo que puede desde sus ámbitos de competencia. Me queda claro que las autoridades departamentales tratan de hacer lo mejor posible con el cuadro que tienen y como en todo equipo, a veces ganan y a veces pierden. En este caso están perdiendo, porque si una mujer que sufre este tipo de situaciones, llega al extremo de concurrir a las oficinas a pedir que le saquen de encima a una persona que se supone debe ayudarla y solamente molesta, porque no comprende una situación humana, para lo que encima le están pagando para que sí lo comprenda, es una derrota cantada.
No digo que para ser asistente social y ayudar a una familia, se deba haber vivido lo que esa familia vivió antes, porque entonces provendríamos del caos social y eso es irreal que haya ocurrido. Pero al menos nuestros profesionales estatales deberían tener un mínimo de comprensión de la realidad que les toca atender, con el fin de poder generar los resultados que la sociedad espera de ellos, y que lo que estudiaron y pretenden aplicar, de resultado.
Para eso deben saber cuál es el mundo en el que viven y después tratar de ayudar a quienes viven en la realidad. Porque solo de esa forma tanto ellos como la institución que representan, estarán cumpliendo los cometidos para los que se les paga y harán lo que todos esperamos de ellos, que ayuden a nuestros niños a que sean dignos para tener un mañana mejor.  politicas

HUGO LEMOS







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