La historia de un sindicalista que toleró la tortura en dictadura y vive sin ánimo de revancha

Entrevista a Julio César Píriz

6Julio César Píriz fue el tercero de cinco hijos, comenzó a trabajar a los nueve años en la sastrería de su padre y luego en FUNSA para pagar sus estudios en el liceo. Se recibió de maestro, pero su activismo sindical en la UTE a fines de la década del 60 lo llevaron a elegir desde dónde resistir el inminente golpe de Estado, su forma de pensar lo ayudó a sobrevivir la tortura y a seguir adelante sin revanchismos. Un testimonio duro y valiente dado a EL PUEBLO en una charla abierta por más de dos horas en tiempos que el país sigue discutiendo estos temas.

- ¿Dónde nació?

– Nací en Colonia, empiezo a trabajar al final del liceo porque en aquella época Preparatorio estaba separado del liceo, soy de Rosario y ahí no había Preparatorio, pero había en Colonia Valdense que queda a unos diez kilómetros, entonces, para pagar los viajes me pongo a trabajar.

- ¿Qué trabajo hacía en Rosario?

– Un hermano que se había ido a Buenos Aires me había dejado la atención de una oficina departamental de FUNSA (Fábrica Uruguaya de Neumáticos S. A.) de donde salían los vendedores, yo atendía el teléfono recibiendo pedidos. Empiezo a trabajar ahí en el 60, iba a cumplir 15 años. Después se abre una posibilidad en el gobierno de los blancos, estaba el capitán de marina Garat, que era de Rosario, fue uno de los presidentes de la UTE en el gobierno del 62 al 66, y uno de los secretarios de él era Pablo Bidegain, yo tenía mucha amistad con los hijos, sobre todo con Raúl, que éramos compañeros de basquetbol y a través de él conocí a un primo de él, Jean Paul, el famoso que había sido estudiante de cura, después se había quedado por acá, por el norte con los cañeros.

En ese momento, para tratar de dar una prueba pública tenías que conseguir una tarjeta de un político para que te inscribieran en la lista o podías entrar en algunos cargos como peón o limpiador o algo de eso que no ameritara pruebas de conocimiento.

- ¿O sea que en aquellos años había concursos, solo que para poder ingresar a los mismos tenía que tener “la tarjetita”?

– Eran concursos limitados (risas) para quien pudiera tener el comprobante de cierta amistad. El concurso existía, es medio ilógico lo que estamos diciendo. Suponte que había treinta puestos para distintos lugares y había sesenta o setenta aspirantes, había muchos que perdían la prueba, lo que pasa es que para entrar a la prueba tenías que tener a alguien que te pudiera ubicar en la lista y para eso tenía que tratarse de alguien de importancia política o comercial que tuviera peso político.

- ¿Había ido por la tarjeta de Bidegain?

– En realidad nunca me dio su tarjeta para que fuera a presentarme al concurso, es decir, él habló con el presidente de UTE para que me inscribieran, di la prueba y entré en la UTE en octubre del 66. En el 67 empiezo en el sindicato. En ese momento además, se abre magisterio nocturno. Yo trataba de terminar Preparatorio, hago un test vocacional y aunque me faltaba un par de materias para terminar me sale que tenía que trabajar dentro de la enseñanza, en ese momento, se podía hacer una prueba de ingreso a Magisterio. Yo andaba relativamente bien, hago la prueba e ingreso, tenía 25 años.

- ¿Ya en ese momento había dejado de ser blanco?

– Entre el 66 y 67 con Raúl Bidegain habíamos hecho las últimas reuniones del Partido Nacional donde se empezaron a vaciar los clubes de dirigentes, fue un fenómeno que pasó. En ese momento estábamos discutiendo aquellos proyectos de ley de reforma agraria de (Wilson) Ferreira Aldunate que había presentado siendo ministro, que era la reorganización del país, era el primer análisis general con otra intención que se había hecho del país hacia el desarrollo, se trataba de aquellas teorías desarrollistas de aquel tiempo de (Raúl) Prebisch de la CEPAL. Entonces, cuando quedamos ahí solos, porque se suponía que esa era la gente que nos iba a dar un apoyo conceptual, ni los locales nos habrían (risas), quedamos acéfalos de todo, así que empezamos a buscar por nuestra cuenta porque veíamos que no había salida, entonces nos metimos los dos en las organizaciones sindicales, yo me quedé en la UTE y aquel en AEBU. Después él se casa y un tiempito después en unos allanamientos que hacen descubren que estaba vinculado al MLN (Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros), a partir de ahí comienzan para mí unos largos años de complicación (se ríe) porque me empiezan a sindicar de la doble filiación.

- ¿Por su amistad con Raúl Bidegain?

– Seguro, porque nosotros habíamos vivido un año en una pensión y después nos mudamos solos para un hotel. En la pensión ya había caído gente del MLN, que yo creo inclusive que fueron los que lo integraron a él en el MLN. Por otro lado, en el 68 nosotros hacemos una serie de movidas contra las medidas prontas de seguridad de Pacheco Areco, ahí es mi primera detención…

- 30 de agosto de 1968 (se lee en un documento propiedad del entrevistado).

– Ahí estábamos introduciendo propaganda en el Palacio de la Luz con el periódico oficial del sindicato con un ataque muy fuerte contra lo que significaban las medidas prontas de seguridad para el país y lo que significaba la militarización de los funcionarios públicos.

- ¿Por qué civiles militarizados?

– Porque en esa época para ser funcionario público tenías que pasar por el enrolamiento, había que ir a un cuartel, en el caso nuestro que éramos de Colonia íbamos al cuartel de ahí. El certificado de buena conducta y el enrolamiento eran condiciones previas. Quedábamos en categoría de reserva, no en tiempo común, pero ante las medias prontas de seguridad uno era parte de la reserva del ejército.

- ¿Quien era su esposa presentó un habeas corpus ante la Justicia?

– Sí, porque estuve seis meses desaparecido, entre diciembre del 75 y junio del 76 que me llevan para otro cuartel, permanezco encapuchado y atado.

- ¿Tuvo miedo?

– Nooo (risas), estábamos en un centro de tortura, con la misma ropa, todo m… y c… arriba. Cuando entramos el 15 de diciembre hasta el 24 de diciembre que cortaron para hacer Nochebuena, trabajaron las 24 horas corridas porque querían sacar unos arrepentidos en la televisión…

- ¿Cómo que trabajaron?

– Sí, sí, torturaban, sacaban una tanda y ponían otra, y en la navidad se fueron con la familia porque para ellos la Navidad… (risas) Si se va a los archivos de la televisión del año 75, posiblemente se vea aparecer a esos arrepentidos de haber participado en el enfrentamiento al ejército o de haber realizado actividades clandestinas contra el ejército.

- ¿Fue torturado?

– Sí, nosotros estábamos bajo la supervisión directa de Gavazzo y de “Pajarito” Silveira, teniente de artillería uno que se hacía llamar capitán. Ellos se hacían llamar Oscar 1, Oscar 7, tenían una forma de comunicarse entre la base y los vehículos para saber quién estaba en el operativo.

- ¿Qué querían saber cuando torturaban?

– Te decían lo siguiente, “usted integraba esta célula de cinco, si no firma y los demás firman usted va en negativa, por lo tanto nosotros le vamos a aplicar como mínimo seis años y dieciocho es la pena que está fijada”.

- ¿Y si confesaba lo liberaban?

– Ellos ofrecían cambiarte años por la confesión…

- ¿Pero seguía preso?

– Ah si, el tema es que ellos decían que nos comíamos dieciocho años de prisión pero que si confesabas te daban solo tres, mucha gente creyó en eso, pero resulta que después que vos firmabas… porque ellos decían que formabas parte de una célula con preparación militar, entonces luego que firmabas que habías integrado esa célula de cinco te decían que esa célula estaba mandada por un jefe militar, que era el presidente del sindicato, entonces ya firmabas contra seis, luego te decían, “¿pero quién le dio instrucción guerrillera?”, un militar, así armaban una cadena y las iban cruzando. Entonces, ¿cuál era la única solución? No firmar, si no firmaba tenían que firmar otros, por eso ellos hacían ir de a cinco donde dos podían mandar en cana a los cinco.

- ¿Pegaban en todos lados?

– Seguro, y nos dejaron de plantón, o sea, parados. El plantón consistía en una hora parado y cinco minutos sentados, las primeras tres o cuatro horas es un alivio sentarse, cuando pasa de un día ya no te podés parar. Luego estaba la paliza, el plantón, el gancho, que consistía en pasarte una cuerda por las muñecas con una especie de nudo doble, y por el centro de ese nudo te levantaban con los brazos atrás, lo que produce un fenómeno de asfixia, el propio peso te ahoga, no te deja respirar, te dejaban a un centímetro del suelo, te empezás a descoyuntar vos porque querés hacer base. Ahí venían a preguntarte, te decían que tenían la confesión del otro, “aceptá porque si seguís en negativa vas peor”. En el caso mío, ¿qué sucedía? Quien era mi suegro era un militar, un mayor, yo estaba muy relacionado con los militares, y mi señora que se había recibido de partera trabajaba en el Hospital Militar, era muy complicado para mí firmar aunque parezca medio traído de los pelos porque no caía solo yo.

Si era yo solo podía vacilar un poco, firmo y cambio unos años y salgo de este ambiente, pero además de eso, por el 73 o 74 habíamos empezado los trámites para la adopción de un niño, estábamos terminando esos trámites, entonces era muy complicado firmar algo, se caía una estantería muy grande, además, ya habían comenzado la cacería de brujas en el ejército que terminaron destituyendo como a trescientos oficiales.

- ¿Y cómo resolvió la situación?

– Cuando me van a sacar, me dicen que salgo bajo la vigilancia de las Fuerzas Armadas.

- ¿No firmó?

– No, primero porque tenía treinta años y no estaba dispuesto a ir ni cinco ni quince años para adentro, segundo por esas condiciones que conté, porque si yo firmaba condenaba a todos. Si vos estás trabajando para sacar gente adelante no podés condenarla al hambre, o sea, caían todas las estructuras. Este hombre que te digo que era militar (el suegro) tenía una esposa y dos hijas, entonces ahí nomás decía, firmo y me llevo a estos cuatro que están conmigo pero con ellos van diez más para adentro y mi familia.

- ¿Así que resistió la tortura?

– Me aguanté ahí nomás, es como todo. Estoy convencido que el torturador es como cualquier persona que va adquiriendo una experiencia. Por ejemplo, el submarino me lo hicieron dos veces, y cuando se dieron cuenta que no me causaba efecto porque lograba tranquilidad bajo el submarino no me lo hicieron más. El submarino consiste en ahogarte, entonces te empezás a enloquecer, te ponían una capucha para que no los vieras y te sumergían en agua, el aire que hay dentro de esa capucha serían tres bocanadas… y después la otra consistía en estrangularte con una bolsa de nylon, ese era el que llamaban submarino seco. Todo dependía de si lograbas volver a la serenidad dándote cuenta que todavía estabas vivo solo que sufriendo.

Entrevista de Leonardo Silva

Por que nó hay resentimiento

- ¿Cómo se logra salir de una situación extrema como le tocó vivir sin resentimiento?

– Nosotros hacíamos algo bueno para mucha gente y en realidad era lógico que por otro lado hubiera la defensa de sus derechos, la defensa de los derechos de los ricos la hicieron ejercer a través de otras manos, digo, los ricos no se envilecieron con esas cosas de la tortura. Entonces, está mal el dicho del ojo por ojo, diente por diente, en realidad, en la ley del talión si la seguís leyendo termina todo en compensaciones económicas y de acercamiento entre las familias, no es que dice que tenés que ir a cortarle la pierna a fulano porque el caballo de él le piso la pierna a tu hijo, en realidad dice que vas y discutís la compensación por el daño. Entonces, ¿cuál es el tema?

Si vos no venís a propender el mal, si venís a tratar de que una enorme cantidad de gente viva en mejores condiciones y que éstas se las ganen en base al trabajo, no podés quedar con resentimiento porque vos sabías que ibas a tocar zonas muy complicadas y que iban a originar esa defensa.