EL DETERIORO DE NUESTRO PATRIMONIO

Por Dr. Adrián Báez
Estimados lectores. Nuestra hermosa ciudad de Salto posee muchos atractivos otorgados por la naturaleza, como el inigualable Río Uruguay y sus cascadas; las aguas termales que lo constituyen en uno de los mejores centros turísticos del ramo; la riqueza de sus suelos que posibilitan la agricultura y la ganadería de nivel, aunque muchos no lo reconozcan, con el intrínsico valor que ello tiene en el progreso del país; entre muchas virtudes.
A esa enorme riqueza que natura nos dio, se le suma indiscutiblemente la de la cultura, también muchas veces relegada a planos inmerecidos, siendo que éste terruño, ha sabido ser cuna de grandes hombres y mujeres que supieron dejar en vida y siguen haciéndolo tras la muerte, el nombre de Salto impreso en las mejores páginas de la cultura latinoamericana y mundial, con nombres como Quiroga, Amorím, Marosa, y tantos otros que, no por no nombrarlos, dejan de ser merecedores de reconocimiento y gratitud.
También poseemos un rico patrimonio arquitectónico, cuyo mayor caudal proviene de tiempos en los que el buen gusto y la elegancia, no eran sinónimos de consumismo o de “ostentación”, sino que era producto de un refinamiento civilizatorio que creía que con lo bello, lo bueno y lo “chic”, se apostaba al progreso y al porvenir, surgiendo entonces bajo ese influjo, obras que nos enorgullecen, como el Teatro Larrañaga, el Ateneo, el Mercado 18 de Julio, la Basílica Catedral, el Museo del Hombre y la Tecnología, la Plazoleta Roosevelt, el Palacio de Oficinas Públicas, el Museo María Irene Olarreaga, más conocido como el Palacio Gallino, y un largo etc.
Lamentablemente – y es uno de los grandes debe que como ciudad tenemos, más cuando nos consideramos o pretendemos considerarnos un polo turístico de alcurnia – algunos de dichos edificios no se encuentran en el estado en que deberían estar, detentando una preocupante dejadez que, de no asumirse a tiempo la conciencia de su urgente mantenimiento, peligran y con ellos parte de nuestras más lindas y profundas tradiciones e historia como sociedad.
Sabido es el calamitoso estado del enorme edifico de la esquina de Artigas y Treinta y Tres; inclusive el Ministro de Transporte y Obras Públicas, cartera a la que pertenece el mismo, manifestó en una reciente visita a la ciudad, su asombro ante dicha realidad, “comprometiéndose” a conversar con los organismos públicos que allí tienen oficinas, para llegar entre todos a un arreglo que posibilite su salvación, lo cual, sin ánimo de ser aguafiestas, nos parece muy poco práctico, a los efectos de que, hasta que conformen una casi segura comisión pro su remodelación, el gigante continuará su lenta pero segura y tenaz decadencia.
Otro de los clásicos lugares que nos sorprende ver, pues representa el señorío de aquellas antiguas familias patriarcales del siglo XIX, y que supo hasta hace poco tiempo albergar -y con buen criterio, apenándonos el cambio del mismo- la sede del Gobierno Departamental, es el Palacio Córdoba. Dicha construcción con vista al Río Uruguay, y que hoy se utiliza para determinadas actividades establecidas por la comuna, deja ver un descuido en su estructura, que lastima los ojos.
Invitamos a que pasen por delante del mismo y vean ustedes mismos, cómo la mampostería comenzó a caerse, y el descuido de la pintura de paredes y ventanales, le dan un aire de abandono tal, que no combina en lo más mínimo y por lo cual es totalmente contradictorio, con la hermosa Plazoleta Roosevelt, que a buen tiempo fue embellecida.
Indudablemente que muchos plantearán, y con razón, que existen cosas que tienen prioridad en ser tratadas y problemas que conllevan soluciones para ayer; sucede que, y forma parte también de nuestra esencia como pueblo, el patrimonio habla de nosotros, de lo que supimos ser en el pasado, y en los que podemos llegar a ser en el porvenir, si valoramos en éste presente nuestra historia y en ella nuestra idiosincrasia.
Pero lo que denunciamos en ésta columna con espíritu constructivo y no de reproche mañoso, acontece también en otros puntos del Uruguay, inclusive en la propia ciudad de Montevideo. En ellos vemos atónitos monumentos de nuestra más gloriosa arquitectura en absoluto abandono y decaimiento, que dice mucho de la decadencia de nuestros valores y prioridades culturales, y que niega en los hechos, el deseo de constituirnos en un atractivo de la industria turística regional, cayendo en el obsoleto, injusto y necio concepto, de que el Uruguay que debe y tiene que mostrarse al mundo, es el circunscripto a las verdaderamente hermosas y paradisíacas playas del este, y por ende es allí donde deben ser volcados todos los esfuerzos económicos.
Somos sabedores del denodado trabajo realizado por las Comisiones Honorarias del Patrimonio Histórico de cada Departamento, y de la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación; pero al mismo tiempo, consideramos que han sido insuficientes los recursos volcados y las voluntades políticas, las que en definitiva resuelven, puestas al servicio de recuperaciones, reconstrucciones, mantenimientos y adquisiciones.
Ya lo dijo ese gran rioplatense de las letras como lo fue Julio Cortázar: “La cultura es el ejercicio profundo de la identidad”; por lo tanto, debemos concientizarnos de su valor, y un paso interesante a dar, es comenzar por recalcar el penoso camino que ya viene transitando desde hace algún tiempo nuestra herencia edilicia, que desembocará, de no ponerse las barbas en remojo, en el vergonzoso y criminal deterioro de nuestro patrimonio.







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