El entorno también debe ser atendido

El niño levantó la mano, algo tímido desde el fondo del salón de clases. El profesor, que estaba hablando con ellos de un trabajo externo sobre la situación del tránsito y que ya había escuchado a varios de sus compañeros contar algunas experiencias que le habían tocado vivir respecto a los accidentes, le cedió la oratoria para oír qué tenía que decir.
El niño de 12 años de edad, le contó en esa oportunidad a su profesor y a toda la clase que tiempo atrás había sido testigo de un hecho que le ocurrió a quien era su “mejor amigo” y acto seguido contó un hecho desgarrador.
Dijo que cuando tenía 8 años y su amigo 5, estaban jugando a las escondidas en el barrio. Pero de repente, él le dice a su amigo para esconderse detrás de unos arbustos y este opta por irse cerca de la calle para lo cual lo sigue de atrás y cuando quiso acordar, un ómnibus que transportaba personal para trabajar en las chacras lo embiste causándole heridas que a las pocas horas le depararon la muerte.
El jovencito, notoriamente compungido por lo que había tocado vivir cuatro años atrás, relató que “se lamenta cada día porque ese hecho haya pasado y que no se pudo recuperar del mismo”. Ante el silencio estremecedor de todos sus compañeros de clase y la atenta mirada de su profesor, comentó que el día antes, iba caminando por el centro de la ciudad y volvió a ver el mismo ómnibus que años atrás había protagonizado ese infortunio que lo marcó de por vida, y al verlo se largó a llorar.
“Me pareció verlo a él de nuevo y otra vez el terrible episodio volvió a mi cabeza, contó el niño con lágrimas en los ojos. Todavía no sé porqué le pasó esto a él, solo era un niño jugando en la calle”, dijo con la mirada al piso y tomándose las manos temblorosas, nervioso y angustiado por lo que le tocó vivir. El profesor me confesó al rato, que el niño nunca había contado esa historia y que el suyo, era un caso para seguir de cerca.
Ese hecho, más allá de la tristeza que impone el hecho que un niño cuente una historia triste y lamentable como esa, desnuda algo que en cierta medida nadie lo mide a simple vista pero que es muy importante y a la vez muy grave que no exista. Y se trata de que las personas que viven en carne propia accidentes, como estos son cuasivíctimas de los hechos, deberían ser tratadas para superar el impacto de estos episodios.
Sin embargo, hay una ausencia de política de estas características ya que todo está centrado en el protagonista del accidente y muy de vez en cuando, en su entorno familiar. Dejando de lado a personas que estando vinculadas con el siniestrado, sufren los hechos ocurridos y terminan sufriendo el resto de la vida, con episodios traumáticos importantes que impactan en determinados aspectos de la personalidad.
En ese caso, el Estado debería crear instituciones de orientación psicológica para niños, adolescentes y adultos que participan de una manera u otra en accidentes de tránsito de estas características.
Conozco el caso de un amigo, que estando en la esquina de una estación de servicio hace muchos años, reunido en horas de la noche con otros grupo de amigos, vio en vivo y en directo como un joven que salía del lugar en su motocicleta aceleraba y se incrustaba detrás de un camión, perdiendo la vida en el acto.
Hasta el día de hoy, mi amigo recuerda con lujo de detalles la situación vivida y cada vez que ve una moto igual recuerda la cara del joven que salía sonriendo y terminó con su vida, casi sin darse cuenta segundos después de haber cruzado miradas con él.
Así también está el caso de una persona que le tocó observar cómo un pequeño voló por los aires al ser embestido por un automóvil en la avenida Manuel Oribe hace algunos años atrás y también cada vez que pasa por el lugar siente que va a revivir ese episodio. En fin, historias como estas hay muchas, pero lo que sigue sin haber es la acción del Estado de políticas orientadas a atender a quienes han sido víctimas de estos hechos, al ser testigos privilegiados de las tenebrosas escenas que terminan con la vida de una persona.
Este tipo de debate debería darse en la conformación de la creación de un centro de atención integral a la víctima del siniestro de tránsito y su entorno, donde quienes participaron de determinados hechos deberían concurrir a volcar sus experiencias y así tomar en cuenta que siempre debe haber recaudos a la hora de cruzar la calle, caminar por una arteria transitada o al conducir un vehículo.
Con fondos públicos tendría que permitirse que haya centros que trabajen con una serie de psicólogos, médicos, asistentes sociales y los profesionales que haga falta, podríamos ayudar a que la gente supere esos hechos y los traslade a algo positivo, como por ejemplo, tener su propia experiencia de cómo salvar vidas, tomando las precauciones necesarias para que eso ocurra.
Si ese tipo de centros existieran y si los fondos públicos fueran orientados para sustentarlos, seguramente ese niño de 12 años habría visto el ómnibus desde otra óptica, con una perspectiva quizás diferente de lo que le toca vivir. Los uruguayos ganaríamos más en salud mental y en una sanación interna que nos permitiría poder ocuparnos de otras cosas más importantes que estando insanos mentalmente y atormentados por las cosas que nos pasaron.
Por eso brego que ante tanta estadística, tanto estudio de números para saber si los mismos bajaron o si subieron en torno a los accidentes de tránsito, haya conclusiones eficientes que permitan a los tomadores de decisión poder hacer algo positivo, para que chicos como el de 12 años ya no tengan miedo y encaren la vida con ilusión y optimismo.

HUGO LEMOS







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