EL ORGULLO DE SER ORIENTALES

Por Dr. Adrián Báez
Estimados lectores. Nos debíamos a nosotros mismos hablar del tema que trataremos en éste artículo, al considerarlo necesario para el sostenimiento y el recuerdo de nuestras tradiciones como Nación y República.
Cuando éramos niños y adolescentes, concurríamos orgullosos a los actos patrios, conscientes de que era una obligación hacerlo, y más cuando se nos elegía como el orador en representación de la institución educativa a la que pertenecíamos, ya sea declamando un poema patrio, leyendo una reseña histórica, o cuando hacíamos entrega de la ofrenda floral al pie del monumento que correspondiera en la ocasión; imagínense, por ende, lo que significaba, ser portadores de los Pabellones o ser escoltas de los mismos.
Claro, tanto en nuestros hogares como en las aulas de clases, el precepto era el de inculcarnos el respeto, admiración, sensibilidad y honor, de cumplir con una de las más bellas obligaciones que debe de tener el ciudadano de un país: honrar a su Patria.
Lamentablemente, tristemente y peligrosamente, en los últimos tiempos han caído en desuso tantas tradiciones que nos unen como pueblo, y que hablen de nuestra idiosincrasia, la que viene desde la etapa misma de nuestra fundación como Nación, allá en los tiempos del glorioso Éxodo, donde decidimos ser ante todo, libres de todo poder extranjero, fuese este de ultramar o de los linderos.
Hoy vemos con desazón como pasan inadvertidas las fechas claves del calendario epopéyico de nuestra historia; como la memoria ha girado hacia lo utilitario, obsecuente con intereses político – partidarios, en detrimento de la ante todo, memoria colectiva que nos identifica y nos amalgama por encima de los espúreos y manipulables criterios divisionistas.
Los jóvenes conocen más de los líderes y héroes impuestos por los amigos momentáneos de un gobierno que reniega del pasado de la tierra que gobierna, en vez de saberse compatriotas de grandes hombres que sí dieron todo de sí para crear, no sin errores y problemas, una Patria seria, donde se pudiera vivir en libertad en su máxima expresión y ejercicio, y que supo darnos muchas satisfacciones y reconocimientos a nivel internacional, rayando en muchas oportunidades con la sana envidia.
Uruguay supo ganarse un lugar entre los países más respetados y respetables del planeta, por la educación de sus ciudadanos, por la responsabilidad de sus gobernantes, y por la coherencia de su trayectoria.
Que se les niegue a las nuevas generaciones el derecho de comprender la historia de su gente, que es la suya propia, cerrándoles de esa manera el acceso al otro derecho que poseen, el de discernir entre las distintas visiones que comprenden el pensamiento nacional y plegarse a uno o a otro legítimamente, sin falsos estigmas, ni verdades a medias; es el atropello más repudiable y contra el que hay que revelarse en defensa de la moral de nuestro querido Uruguay.
Si permitimos que se pierda por omisión, el sentir nacional, el sentido de pertenencia que nos identifica y nos define como País; nuestro futuro y nuestra esencia, se verán afectados de muerte.
Podríamos comenzar, como lo hacen otras Naciones altivamente, por enseñarles a nuestros hijos qué se celebra en cada fecha, quienes fueron los Padres Fundadores de la Patria, y colocar con gallardía en nuestros balcones, la Bandera Bicolor; y que nuestros hijos festejen con la misma, no sólo los logros deportivos, sino que lo hagan por la memoria de sus antepasados, y por el orgullo de ser ORIENTALES.







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