EN URUGUAY TAMBIÉN EXISTE EL JUICIO POLÍTICO

Por Dr. Adrián Báez
Estimados lectores. El juicio político instaurado a la Presidente Dilma Rousseff, no puede ni debe contentarnos, cuanto menos hacernos caer en la irresponsable idea de sostener, antes que el mismo se desarrolle, que la mandataria es culpable; pero al mismo tiempo, no existe razón para que se sostenga, que el proceso por el que atraviesa, es un Golpe de Estado, pues pecaríamos de ignorantes y de oportunistas, frente a una situación que empaña a la democracia del continente entero, pues detrás de él, existen evidentes confrontaciones que nada tienen que ver con el bienestar del pueblo brasileño, y sí mucho de corrupción y pase de facturas a causa de la misma; situación de la que ningún país está librado de padecer.
La Presidente – que continúa siéndolo pues ha sido suspendida del ejercicio presidencial, no destituida, dentro de los 180 días indicados por la ley para que sea pronunciada la “sentencia” a respecto de los delitos que se le imputan, la cual la absolverá, caso en el que reasumirá sus funciones, o la condenará, caso en el que ahí sí será destituida, tendrá la posibilidad de pelear y de demostrar a la Justicia, a su pueblo y al mundo, su inocencia; gozará de las garantías del debido proceso estipulado por las leyes brasileñas, como cualquier ciudadano común y corriente a quien se le acusa de un delito, y del cual se hayan reunido elementos de convicción suficientes como para enjuiciarlo.
Muchas veces escuchamos las quejas de que los políticos son todos iguales y que piensan solamente en sus intereses a expensas del pueblo, lo que los transforman en corruptos, pero cuando a un político se le exige que rinda cuentas, se le somete a una auditoría para controlar su desenvolvimiento en la administración de los recursos públicos, o cuando, como en el caso que nos ocupa, se le inicia un juicio para que se dilucide si cometió tal o cual delito que amerite su remoción del cargo, no son pocas las voces que se alzan denunciando intencionalidades antidemocráticas o golpistas; esos mismos que los tildan de inmorales si son de determinada ideología, los defienden si son de la suya, tirando por tierra, los legítimos reclamos de transparencia y honestidad que debe de caracterizar a los gobernantes, sean estos de izquierda o derecha, de una pequeña localidad, como de un gigante como Brasil.
Entristece y asusta ver como la política ha venido decayendo a niveles tan bajos de mediocridad y deshonra; preocupa, que no se establezcan parámetros éticos, morales e intelectuales, que no precisamente deben de ser discriminadores, para poder acceder a cargos que manejan nada más y nada menos que el erario de todos los ciudadanos, desde el más humilde, que con zozobras y dificultades paga religiosamente sus obligaciones, hasta el encumbrado que invierte y genera mano de obra y riqueza; desmoraliza, pero se comprende a regañadientes, que personas de bien, capaces y limpias de malos vicios sociales, se aparten de la política por considerarla plagada de pusilánimes y sucia de toda suciedad.
Lo que sucede en Brasil, podría llegar a trasladarse a cualquier otra Nación que permita, cobije, justifique, o lo que es peor aún, se resigne a sostener en el poder, a “representantes” inmorales; lo que sucede en Brasil, guerra entre dos clases de corrupción: la económica y la moral, puede llegar a instalarse en toda comunidad que se desinterese de sus propios intereses, y ociosa en comprometerse, deje que los oportunistas al acecho, logren su objetivo.
Deseamos que Brasil encuentre su rumbo y que la Presidente Rousseff pueda probar su inocencia; y en caso de ser culpable, que pague junto a los no pocos condenados e investigados, por estafar a sus conciudadanos.
Pero repetimos: nadie está libre de pasar por una coyuntura similar, así que se recomienda a los pseudos políticos que pululan por todos lados, que pongan las barbas en remojo y cuiden sus pasos, pues en Uruguay, también existe el juicio político.







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