FIDEL MURIÓ, LA DICTADURA CONTINÚA

Por Adrián Baez
Estimados lectores. Jamás celebraremos una muerte, pues nuestra condición de cristianos nos lo impide; pero, tampoco ensalzaremos a quienes en vida combatimos, de una manera u otra, con un estado de constricción que sería harto hipócrita e iría a contramano de nuestros valores.
La muerte de Fidel Castro es en sí mismo un hecho histórico, por todo lo que el caudillo caribeño representó y continuará representando, para bien o para mal, en la historia de nuestro continente, y por qué no del mundo, pues si ha existido un personaje contradictorio, amado y odiado al mismo tiempo y con la misma intensidad, debemos mirarlo a él, sin lugar a dudas.
Eso sucede cuando una figura alcanza la estatura de epopeya en vida; muchos lo respaldan y se sienten atraídos por su hipnótica y carismática personalidad; y otros lo retractan, sin dejar de reconocer esas “virtudes”, que a aquéllos deleitan y a ellos les provocan repudio, por el fin último con el que las utiliza.
Nadie duda a estas alturas de la incidencia que Fidel tuvo en los acontecimientos políticos de América Latina desde el mismo año en que asumió el poder en Cuba, en 1959; directa o indirectamente fue un artífice clave de las marchas y contra marchas de muchos hechos que marcaron a fuego los destinos de varios países, y marcaron un derrotero cuyas consecuencias, aún hoy, encienden pasiones, discusiones y quizás con menor profundidad, provocan divisiones y variopintas concepciones de la libertad, la democracia y la justicia social.
Cuando alguien fallece, se prende el colectivo acto retrospectivo de la obra que el difunto dejó; de la grandeza de espíritu que el mismo tenía; de las bondades y bienhechoras acciones en pro de la humanidad; y lo allegado y buen amigo que era del que lo recuerda. Eso es así, y es una típica actitud uruguaya que la realizamos diríamos que hasta por instinto, pero en el claro entendido de que hay que hablar bien del muerto.
Obviamente, hay quienes se merecen eso y mucho más: homenajes, editoriales, monumentos, y un largo etc; pero, ¿qué sucede cuando el “celebrado” ha sido una persona que mató, torturó, persiguió, encarceló, dividió con rencor y odio a un país entero, separando padres de hijos, esposas de esposos; cuando sometió a casi 11 millones de personas a una precariedad inobjetable, que sería considerada en cualquier otro país “civilizado” del mundo como inhumano; cuando intentó desestabilizar las democracias de otras naciones, a favor de lo que consideraba mejor a la forma de gobierno que despreciaba?
Esas preguntas nos las hacemos y se la efectuamos a todos los que con legítimo derecho a pensar así, sienten profundamente la muerte de Castro, agregándoles otras interrogantes, ¿por qué los derechos humanos conculcados en Cuba son aceptados y justificados y los violados en otros lugares, como sucedió en Uruguay, son denunciados y repudiados?, ¿será que en el fondo de sus conciencias son tan autoritarios y totalitarios como el tirano más longevo de la historia reciente, y que si se violan derechos de los que piensan igual, hay inhumanidad, pero si se violan los de los adversarios, valen, por ser “el enemigo”?, y para terminar, ¿qué diferencia a Fidel de Pinochet, Franco, Videla y el Goyo?
Esa doble moral e hipocresía a ultranza las hemos visto desde siempre y resurgieron en los últimas días, desautorizando, lamentablemente, a muchos compatriotas y otros tantos extranjeros como la Sra. Hebe de Bonafini y su venerable Madres de Plaza de Mayo, quienes luchando hace tantos años contra las atrocidades hechas por las dictaduras, han salido a llorar por alguien que le hizo al hijo de otro, lo que sus tiranos le hicieron a los suyos; o nuestros respetados Pit Cnt y Frente Amplio, quienes consideran ser la misma encarnación de la humanidad, pero han insistido últimamente en ser bastiones de defensa de todo tirano o tiranuelo que ande a la vuelta.
Muchos lo habrán querido y lo querrán, pero no pueden impedir que quienes adoptamos la Democracia y la República como forma de vida, no lo lloremos; pues en la vida se es, o no se es, y hoy dudamos de muchos que han enarbolado la bandera
de la libertad, y hoy se sienten deudos; recordando, por otro lado, que aún fallecido, “el Comandante” continuará planeando sobre un pueblo que es el verdadero acreedor de esperanzas, vidas, libertades, oportunidades y un futuro incierto, aunque será solamente Cuba, la encargada de luchar por ellos, porque si bien Fidel murió, la dictadura continúa.







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