La víctima en el proceso penal, doblemente víctima

La víctima es la figura más desamparada de todo el proceso penal. Y si bien el Estado puede llegar a resarcir el daño

Hugo Lemos

Hugo Lemos

causado en algunos casos puntuales y después de un largo proceso, no ocurre así en la mayoría de los hechos donde las víctimas que son el sujeto pasivo (y central diría yo) por excelencia del proceso penal, debido a que es sobre quien el ofensor comete el hecho delictivo y hace que el mismo se consume y por ende, que exista, deben soportar ser la cenicienta de los casos penales.
“A las víctimas hay que hacerles un monumento”, dijo una vez el entonces juez penal (hoy Ministro de un Tribunal de Apelaciones) Luis Charles, en un curso realizado en Montevideo en la sede de la Asociación de la Prensa Uruguaya sobre el marco legal y el rol de los distintos actores en el proceso penal uruguayo, porque decía que las mismas encima de haber sido abusadas por un sujeto que quebrantó una norma contra ellas, deben comerse tremendos plantones en los juzgados para que alguien atienda sus reclamos y encima nadie pueda garantizarle que nada de lo que acaba de sufrir, no le vaya volver a ocurrir.
Las víctimas no son las que salen más que a hacer una denuncia, pero muchas veces ni siquiera se animan a ir a reconocer al posible autor del delito cuando los mismos son detenidos por la Policía y ellos son convocados a un juzgado, básicamente por el temor que sienten por lo ocurrido, algo que se llama daño psicológico y que el Estado no atiende en lo más mínimo, pero también porque temen ser reconocidas, y por sobre todas las cosas porque tienen mucho miedo de que como siempre sucede, su dedo acusador no sea “mérito suficiente” para dictar un procesamiento con prisión contra quien les hizo daño y el mismo tome revancha rato después de irse caminando de la puerta del juzgado.
Sin embargo, el nuevo Código del Proceso Penal, plantea un cambio de paradigma, una transformación cultural sin precedentes en nuestra sociedad para la cual, como es de estilo en todas las cosas que hace el Estado, no hay un plan B si falla, ni saben tampoco como implementarlo por lo tanto ya varios jueces y fiscales han dicho que el mismo fracasará. Se trata de enfrentar en una misma sala de audiencia y hasta en algunos casos con público incluido, a la víctima con el victimario. Algo que solo puede llegar a pasar en las películas y con mucho más cuidado de lo que encima se pretende hacer en la vida real.
Ese cambio cultural habla de exponer aún más a las víctimas y hacerlas sentirse doblemente vulneradas. Pretende que después de incinerarlos en una audiencia ante un juez, un fiscal, un abogado defensor y el público presente, la víctima salga caminando tranquila para su casa y el ofensor, si sale libre, vaya a buscarla nuevamente, o si va preso, espere el momento de hacerlo, cuando no pase que algún allegado a él tome represalias.
El espíritu de la norma es bueno y tiene las mejores intenciones, pero la realidad colide con todo esto y las transformaciones culturales deben cumplir un tiempo para poder cumplirse de lo contrario son nada sin resultado alguno. Como último dato, la llamada ley de humanización del sistema carcelario (una de las primeras pretendidas transformaciones de la izquierda) del año 2005, prevé la creación de un Centro de Atención a la Víctima del Delito. 12 años después en Uruguay no se ha creado ni uno solo.










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