La ilusión de las agujas del reloj

Otra vez olvidé adelantar la hora. Estaba viviendo en el pasado hasta que me di cuenta que el mundo iba más rápido. El mundo uruguayo claro está, que ya es decir bastante. Cuando enciendo el televisor veía que estaban dando los programas que usualmente se emiten una hora más tarde de la acostumbrado y yo en principio, pensé que estaba soñando, que por el momento era un mero espectador de la vida y que estaba viviendo en un presente que no era tal.

Lo bueno era que me sentía como Marty, el personaje de la inolvidable saga de Steven Spielberg, Volver al Futuro, entonces ya sabía qué era lo que iba a pasar una hora después. Pensé, con esto puedo hacer unos mangos, porque voy a adivinar qué números van a salir en el 5 de Oro y entonces jugarle antes.

Pero también me las puse de héroe, sabía qué cosas iban a estar pasando como a las diez y pico de la mañana, siendo recién las nueve, por lo cual iba a poder intervenir para evitar que ocurriera una catástrofe, que alguien se accidentara o incluso que pasara mejor vida, porque yo podría evitarlo diciéndoselo.

Entonces dije, esto de conocer el futuro tiene una gran ventaja, uno vive adelantado a los demás y no precisa seguirles el ritmo, sino observarlos, aunque esto me quedó con un dejo de soberbia, algo que no es bueno, pero que habla bien de la humanidad, porque todo aquel que se cree mejor que los demás, debe creer que puede ayudar y no considerarse alguien adelantado para sí, y para los suyos, que puede ser el núcleo íntimo, sino para resolver los problemas que acucian a la sociedad y que nunca terminan.

En ese sentido, me acordé de inmediato en nuestra clase política, que precisa bastante de esto, de saber que son meros ciudadanos que se postulan a ser servidores públicos, con todo lo que esto implica, y sobre todo porque quieren hacerlo ya que supuestamente tienen la vocación innata de ayudar a los demás, de querer mejorar las cosas que están mal, de buscar dar aportes a una sociedad que por momentos se cae a pedazos por su mala construcción, ya que no cuenta con el apoyo de líderes que generen valores de bondad, humildad, generosidad y honestidad. Algo que en el mundo en el que vivimos ya es decir bastante.

Pero ¿quiénes podrían ser los adelantados del momento, los que tendrían que estar pendientes de todo lo que pasara, porque son los que sienten el llamado interior para ser los salvadores de los más desprotegidos? Los candidatos, pensé. No pueden ser otros que ellos mismos, los que seguramente entre gira y gira, asado y asado, caravanas, procesiones casi idólatras, arribos heroicos a los distintos puntos del país y enamoramientos efímeros de sus seguidores, los que se diluyen con el tiempo, sobre todo cuando éstos no alcanzan el objetivo, son los que creen que van a salvar a la humanidad en su conjunto, desde cada acto con micrófono y que los que estamos abajo, mirando, agradeceremos su bondad y estilo altruista.

Ellos sí que son unos adelantados, porque haber salido de un barrio cualquiera, rico o pobre, de esta sociedad y a pura cháchara nomás convencer a un pueblo de que son los elegidos de la vida para conducir los destinos de un pueblo, mamita querida, me dejaron chato.

Pero ahora sabía que podía pelearles el protagonismo, porque yo estaba adelantado, una hora, pero por lo menos era algo, podía ver todo lo que pasaría dentro de los próximos sesenta minutos y ahí pasaría a ser yo el que tendría el sartén por el mango. Ya que serían ellos los que iban a venir a pedirme los consejos de cómo actuar en los minutos venideros para no equivocarse.

Les dije que ya sabía que iban a venir a mí, a pedirme ayuda, a preguntarme cómo torcer la voluntad de los que no los apoyan y sobre todo, lo más difícil, cómo convencer a todos los que se declaran indecisos, que son los que complican todo el esquema, son la piedra en el zapato del candidato, son los que rompen el molde, los que les mojan la oreja, los que les hacen saber que no han podido convencerlos y que el discurso que tienen, el jingle amistoso y casi navideño que se mandaron a hacer, no les llega en lo más mínimo. Que son como las canciones de León Gieco, muy lindas pero nadie paga por escucharlas y si pueden evitarlas mejor. Y que además el merchandising que tienen con todos esos colores bonitos y brillantes, y con letras felices de tarjeta de cumpleaños, no les mueven un pelo.

Los candidatos saben que ahí está su punto débil y que ya no son todo lo adelantado que ellos creían que eran. Porque hay alguien más adelantado que ellos, no solamente yo, que viviendo una hora menos sabía lo que pasaría en el futuro, sino que los más adelantados son esos personajes, los indecisos, los famoso “no sabe no contesta”, que son una suerte del “ni, ni” del sistema político. Los que al preguntarles a quién votarán, les paran bien el carro a los encuestadores que son los que les soplan al candidato cómo viene la mano en el examen que tienen que dar el 26 de octubre y les mandan decir que tienen que cambiar de estrategias, de maneras de pensar y de decir las cosas, y hasta de peinado si se quiere.

Los no sabe no contesta son la revolución del sistema político, porque son los que hacen dudar al candidato de si el discurso es el adecuado o se pasó de rosca con tanta promesa, y hasta les fijan algo tan trivial como si debe usar saco o campera, si tienen que poner cara de buenos tirando a estúpidos para la foto, o si tienen que fruncir el ceño casi con gesto de estreñimiento y hacerse el enojado para hacer pesar su convicción de que lo que dicen es realmente lo que quieren decir, cuando en realidad la mayoría de las cosas que dicen ya no se las acuerdan a los dos minutos de finalizado el acto y besado al último de los babosos que se les tiró encima.

Son esos que se hacen llamar indecisos, que algunos dicen que son el 12 por ciento del electorado y otros apenas el 5, los que les están marcando la cancha a los comandos de campaña, donde están todos los técnicos contratados de ocasión porque supuestamente también eran adelantados y sabían cómo hacer para que al candidato le fuera bien, y sacara los votos necesarios para que después ellos pudieran verse en escritorios de alguna institución del Estado, cobrando un sueldo sin aportar mucho. Pero antes se están rompiendo la cabeza para saber cómo hacer que los indecisos se vuelquen a su favor y definan la campaña.

Mientras todo esto estaba pasando, un montón de indecisos se juntaban y formaban el partido del No sabe No contesta, y decían que como a ellos el Estado nunca les contesta sus reclamos, de tener más sueldos y menos impuestos, o en el de lograr una rebaja en el precio de las tarifas públicas, ellos ahora se negaban a contestar la petición de los actores políticos de que los acompañaran para que siguieran siendo políticos de ocasión y gobernantes de turno, donde todos los vieran ganando un salario alto sin hacer mucho para cambiar la realidad. Entonces ellos tampoco contestaban nada y encima formaban un partido para captar a más indecisos que al final de cuentas no decidieran nada, porque como son indecisos no saben qué decisión tomar y eso ya se volvía un problema en sí mismo, como para estar diciéndoles a los candidatos qué lista iban a terminar poniendo. Algo que aún no estaba decidido.

Todo eso que ya estaba visto que iría a pasar me ponía contento, porque confirmaba mi teoría de que las cosas no iban a cambiar mucho, eso me di cuenta creyendo todo el tiempo que lo estaba viendo una hora antes de que sucediera, hasta que le alcancé un vaso de agua a mi mujer y antes de servirle el almuerzo, me dijo sutilmente “otra vez no adelantaste la hora, a vos no se te pueden pedir dos cosas a la vez”, y ahí volví a la triste realidad, y supe que no tendría suerte con que las cosas cambiaran para bien y entonces no me quedaba más chance que tener que esperar como todos los demás, el azar en los números del 5 de Oro.

HUGO LEMOS

tra vez olvidé adelantar la hora. Estaba viviendo en el pasado hasta que me di cuenta que el mundo iba más rápido. El mundo uruguayo claro está, que ya es decir bastante. Cuando enciendo el televisor veía que estaban dando los programas que usualmente se emiten una hora más tarde de la acostumbrado y yo en principio, pensé que estaba soñando, que por el momento era un mero espectador de la vida y que estaba viviendo en un presente que no era tal.
Lo bueno era que me sentía como Marty, el personaje de la inolvidable saga de Steven Spielberg, Volver al Futuro, entonces ya sabía qué era lo que iba a pasar una hora después. Pensé, con esto puedo hacer unos mangos, porque voy a adivinar qué números van a salir en el 5 de Oro y entonces jugarle antes.
Pero también me las puse de héroe, sabía qué cosas iban a estar pasando como a las diez y pico de la mañana, siendo recién las nueve, por lo cual iba a poder intervenir para evitar que ocurriera una catástrofe, que alguien se accidentara o incluso que pasara mejor vida, porque yo podría evitarlo diciéndoselo.
Entonces dije, esto de conocer el futuro tiene una gran ventaja, uno vive adelantado a los demás y no precisa seguirles el ritmo, sino observarlos, aunque esto me quedó con un dejo de soberbia, algo que no es bueno, pero que habla bien de la humanidad, porque todo aquel que se cree mejor que los demás, debe creer que puede ayudar y no considerarse alguien adelantado para sí, y para los suyos, que puede ser el núcleo íntimo, sino para resolver los problemas que acucian a la sociedad y que nunca terminan.
En ese sentido, me acordé de inmediato en nuestra clase política, que precisa bastante de esto, de saber que son meros ciudadanos que se postulan a ser servidores públicos, con todo lo que esto implica, y sobre todo porque quieren hacerlo ya que supuestamente tienen la vocación innata de ayudar a los demás, de querer mejorar las cosas que están mal, de buscar dar aportes a una sociedad que por momentos se cae a pedazos por su mala construcción, ya que no cuenta con el apoyo de líderes que generen valores de bondad, humildad, generosidad y honestidad. Algo que en el mundo en el que vivimos ya es decir bastante.
Pero ¿quiénes podrían ser los adelantados del momento, los que tendrían que estar pendientes de todo lo que pasara, porque son los que sienten el llamado interior para ser los salvadores de los más desprotegidos? Los candidatos, pensé. No pueden ser otros que ellos mismos, los que seguramente entre gira y gira, asado y asado, caravanas, procesiones casi idólatras, arribos heroicos a los distintos puntos del país y enamoramientos efímeros de sus seguidores, los que se diluyen con el tiempo, sobre todo cuando éstos no alcanzan el objetivo, son los que creen que van a salvar a la humanidad en su conjunto, desde cada acto con micrófono y que los que estamos abajo, mirando, agradeceremos su bondad y estilo altruista.
Ellos sí que son unos adelantados, porque haber salido de un barrio cualquiera, rico o pobre, de esta sociedad y a pura cháchara nomás convencer a un pueblo de que son los elegidos de la vida para conducir los destinos de un pueblo, mamita querida, me dejaron chato.
Pero ahora sabía que podía pelearles el protagonismo, porque yo estaba adelantado, una hora, pero por lo menos era algo, podía ver todo lo que pasaría dentro de los próximos sesenta minutos y ahí pasaría a ser yo el que tendría el sartén por el mango. Ya que serían ellos los que iban a venir a pedirme los consejos de cómo actuar en los minutos venideros para no equivocarse.
Les dije que ya sabía que iban a venir a mí, a pedirme ayuda, a preguntarme cómo torcer la voluntad de los que no los apoyan y sobre todo, lo más difícil, cómo convencer a todos los que se declaran indecisos, que son los que complican todo el esquema, son la piedra en el zapato del candidato, son los que rompen el molde, los que les mojan la oreja, los que les hacen saber que no han podido convencerlos y que el discurso que tienen, el jingle amistoso y casi navideño que se mandaron a hacer, no les llega en lo más mínimo. Que son como las canciones de León Gieco, muy lindas pero nadie paga por escucharlas y si pueden evitarlas mejor. Y que además el merchandising que tienen con todos esos colores bonitos y brillantes, y con letras felices de tarjeta de cumpleaños, no les mueven un pelo.
Los candidatos saben que ahí está su punto débil y que ya no son todo lo adelantado que ellos creían que eran. Porque hay alguien más adelantado que ellos, no solamente yo, que viviendo una hora menos sabía lo que pasaría en el futuro, sino que los más adelantados son esos personajes, los indecisos, los famoso “no sabe no contesta”, que son una suerte del “ni, ni” del sistema político. Los que al preguntarles a quién votarán, les paran bien el carro a los encuestadores que son los que les soplan al candidato cómo viene la mano en el examen que tienen que dar el 26 de octubre y les mandan decir que tienen que cambiar de estrategias, de maneras de pensar y de decir las cosas, y hasta de peinado si se quiere.
Los no sabe no contesta son la revolución del sistema político, porque son los que hacen dudar al candidato de si el discurso es el adecuado o se pasó de rosca con tanta promesa, y hasta les fijan algo tan trivial como si debe usar saco o campera, si tienen que poner cara de buenos tirando a estúpidos para la foto, o si tienen que fruncir el ceño casi con gesto de estreñimiento y hacerse el enojado para hacer pesar su convicción de que lo que dicen es realmente lo que quieren decir, cuando en realidad la mayoría de las cosas que dicen ya no se las acuerdan a los dos minutos de finalizado el acto y besado al último de los babosos que se les tiró encima.
Son esos que se hacen llamar indecisos, que algunos dicen que son el 12 por ciento del electorado y otros apenas el 5, los que les están marcando la cancha a los comandos de campaña, donde están todos los técnicos contratados de ocasión porque supuestamente también eran adelantados y sabían cómo hacer para que al candidato le fuera bien, y sacara los votos necesarios para que después ellos pudieran verse en escritorios de alguna institución del Estado, cobrando un sueldo sin aportar mucho. Pero antes se están rompiendo la cabeza para saber cómo hacer que los indecisos se vuelquen a su favor y definan la campaña.
Mientras todo esto estaba pasando, un montón de indecisos se juntaban y formaban el partido del No sabe No contesta, y decían que como a ellos el Estado nunca les contesta sus reclamos, de tener más sueldos y menos impuestos, o en el de lograr una rebaja en el precio de las tarifas públicas, ellos ahora se negaban a contestar la petición de los actores políticos de que los acompañaran para que siguieran siendo políticos de ocasión y gobernantes de turno, donde todos los vieran ganando un salario alto sin hacer mucho para cambiar la realidad. Entonces ellos tampoco contestaban nada y encima formaban un partido para captar a más indecisos que al final de cuentas no decidieran nada, porque como son indecisos no saben qué decisión tomar y eso ya se volvía un problema en sí mismo, como para estar diciéndoles a los candidatos qué lista iban a terminar poniendo. Algo que aún no estaba decidido.
Todo eso que ya estaba visto que iría a pasar me ponía contento, porque confirmaba mi teoría de que las cosas no iban a cambiar mucho, eso me di cuenta creyendo todo el tiempo que lo estaba viendo una hora antes de que sucediera, hasta que le alcancé un vaso de agua a mi mujer y antes de servirle el almuerzo, me dijo sutilmente “otra vez no adelantaste la hora, a vos no se te pueden pedir dos cosas a la vez”, y ahí volví a la triste realidad, y supe que no tendría suerte con que las cosas cambiaran para bien y entonces no me quedaba más chance que tener que esperar como todos los demás, el azar en los números del 5 de Oro.