LA IZQUIERDA QUE LULA PUDO FORJAR

Por Dr. Adrián Báez

Estimados lectores. La prisión del ex presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, no es un hecho para conmemorar, si divisamos el bosque y no el árbol.
Que un dirigente político de la envergadura del brasileño, lo cual no hay que negar, culmine (o no, en política todo es sumamente dinámico) una apoteósica carrera política en un país como Brasil, más, teniendo en cuenta su procedencia obrera y perteneciendo a una clase social no acomodada, quien supo lucir un abrumador apoyo popular traducido en millones de votos; no deja de ser para la democracia, una verdadera pena.
Lula pudo haber pasado a la historia de su país, de la región y del mundo, como un político inteligente; popular, pero no populista; que llevaría a la vetusta izquierda latinoamericana al siglo XXI; que usó la política como debe de ser usada, como herramienta para igualar las oportunidades de todos y permitir la superación de los más desvalidos (lo que en gran parte hizo). Lástima que, esa corrosión que tanto combatió, como es la corrupción (quienes vivimos años en la frontera lo escuchamos en reiteradísimas oportunidades), pudo más que su antigua lucha, y lo zambulló a lo más profundo.
Con un Lula en prisión por corrupción -pues ese es el motivo y no otro, por más que sus simpatizantes traten de justificarlo y achaquen conspiraciones internacionales para impedirle ser electo nuevamente Presidente de la República Federativa do Brasil-, es el sistema político todo (ya más que salpicado y cuestionado por el estrafalario Mensalao y Lava Jato), el que recibe un nuevo y fuertísimo cimbronazo; y con él, en parte, el sentimiento republicano.
Decimos en parte, pues -mal que le pese a muchos, a esos mismos a los que no se les movió ni se les mueve un pelo por la sí dictadura chavista que padece Venezuela en manos del infame Maduro-, en Brasil, aun hoy, existe un Poder Judicial, único de los Poderes del Estado que hasta el momento no cayó en la red de la corruptela en la que sí lo hizo el Ejecutivo y el Legislativo, y por lo cual muchos de sus integrantes, han sido colocados donde deben de ir los delincuentes, sean de cuello blanco, de derecha o de izquierda: la cárcel.
Lula ha sido y continuará siendo para muchos, un ícono. También lo fue y es el Che Guevara, a pesar de sus ilimitados actos de desprecio sistemático contra la democracia. La comparación sirve, pues, tanto uno como el otro, pudieron ser lo que pregonaron, y no lo supieron o quisieron ser.
Brasil obtuvo durante los años de gobierno del expresidente, reivindicaciones necesarias y de larga data, para una enorme cantidad de ciudadanos que, por décadas, estuvieron relegados del sistema; es una realidad que nadie puede ni debe desconocer.
Lula y su PT (Partido de los Trabajadores), otorgaron la posibilidad de revertir dicha injusta condición, llevando dignidad y progreso a dichos compatriotas. Esa es la razón por la que todavía ejerza una enorme influencia sobre una mayoría que de ser hoy las elecciones, lo volverían a elegir.
Pero, cuando se está bajo le égida del Estado de Derecho, no existe buena acción, por más que haya beneficiado a millones, que justifique la violación de la ley; tampoco, que quien la concrete, se escabulla de su alcance.
Las ideologías, sean del lado que fueren, y las colectividades que las representan, no están, señores, o no deberían de estar, en un pedestal desigual respecto al resto de los ciudadanos.
Un ejemplo simple y claro: ¿por qué quien hurta una motocicleta debe de ir a prisión por violar la propiedad privada; y quien comete cohecho, estafa, lavado de activos, abuso de funciones (aunque se esté en desacuerdo con dicho delito, el que mientras no se derogue, está vigente y hay que castigar su concreción), por el sólo hecho de ser político, debe de ser absuelto y protegido a más no poder?
Para muchos, nos incluimos, Lula fue un buen gobernante para su pueblo. Al mismo tiempo, fue el mayor responsable de haber defraudado a dicho pueblo, al caer él, quien debía dar el ejemplo, en la más ruin de las maniobras a las que puede acceder un gobernante: la corrupción.
Él, Lula, ha hecho que personas de buena fe y principios –como ocurre en Uruguay-, justifiquen en él, por ser ideológicamente afines, lo que no le tolerarían a cualquier hijo de vecino.
En esto, en la doble moral, se le va la vida a una concepción política que, por muchísimos años, señaló con el dedo y satanizó algo que sus principales referentes terminaron por volver moneda casi corriente. Argentina, Perú, Venezuela, Ecuador, han sido ejemplo de ello; esperamos, deseamos, por el bien de nuestro país y consolidado sistema de partidos, que Uruguay sea la excepción.
Si es verdad que todo tiene su ciclo; nos quedamos sin ver la izquierda que Lula pudo forjar.







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